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Todología con bigote
50. Ahora que aún me acuerdo de todo (o casi)

Carlos Romeu
Editorial Astiberri (Enlace)

Si tierna y sosegada era la autobiografía de Labordeta (que reseñaremos en su momento), la del dibujante Carlos Romeu es beligerante, sarcástica y desgarrada. Romeu cuenta su vida y su obra desde la perspectiva del que ya no tiene absolutamente nada que perder y que, si no calló por circunstancia alguna (salvo que lo amordazaran) mientras estuvo en activo y sano, ahora, aferrándose a vivir contra los deseos de su propio cuerpo, menos iba a callarse todavía.

Por eso la narración de este humorista gráfico (denominación que seguramente se queda corta) es aristada y amarga, aun salpicada por trocitos de humor, de retranca catalana si es que eso existe. Romeu no renuncia a contar nada, ni sus orígenes burgueses y de niño rico que podrían haberle proporcionado una existencia mucho más acomodada o más segura. Sin dejar de aprovecharse de ello, la decisión de pasarse a lo combativo a través de los monigotes y, mucho más importante, mantenerse en ello aun viniéndole de malas, define el carácter del autor y, en buena medida, también lo redecora de cinismo.

A pesar de lo rápido que se lee el libro, donde el texto adquiere protagonismo sobre los dibujos (que, como sucedía en las Historias de Miguelito, funcionan más de apoyo expresivo que otra cosa), resulta difícil seguirle los pasos, pues la narración salta incesantemente hacia adelante y atrás e intercala momentos históricos generales entre los personales, a veces como marco de sus circunstancias, a veces como paralelismo de éstas… y, a veces, simplemente porque sí. La incredulidad emana continuamente de sus palabras, quizás algo lógico viniendo de alguien acostumbrado a tener que cambiar de planes y a iniciar proyectos tan efímeros que en muchos casos resulta complicado distinguirlos de los sueños. De salto en salto nos contagiamos del estrés del dibujante, escritor, guionista, productor, pensador, editorialista, que además saca tiempo para ser padre, esposo y amo de casa, robándole horas a lo único que puede, que es el sueño. En consecuencia estas memorias incluyen, con lujosos detalles, momentos de cruda enfermedad y bailes de salón con la muerte. Aunque, siendo esos momentos muy dramáticos, los cuenta de tal manera que uno no puede evitar —a veces, ojo— soltar la carcajada como si estuviera viendo a Woody Allen haciendo de Boris Grushenko mientras lo llevan al paredón. Que me perdone Carlos si llega a leer esto, porque no pude evitarlo y no sé si esa fue su intención.

Menos divertido es el último capítulo del libro, un ajuste de cuentas que explica muchas cosas y que a quien esto escribe le ha parecido muy necesario y la razón por la que hay que agradecer que exista una editorial como Astiberri. Por supuesto me refiero al infame asunto de su expulsión de El País a raíz de la ya famosa viñeta crítica con Israel, algo que meses después y por circunstancias más livianas se conocerá como “que te hagan un Vigalondo”. Una de las primeras acciones impulsadas por los nuevos dueños del diario, comienzo de una caída libre del rotativo, ética y estética, que a día de hoy está por cumplir otro ignominioso episodio y de la que no se ve el final. A Carlos Romeu le supuso abandonar por la puerta falsa el medio en el que había trabajado durante 33 años; no sería el único.

Y no obstante lo dicho, a Romeu aún le quedan buenas palabras —buenas viñetas— para antiguos jefes suyos en el rotativo, así como alguna que otra frase directa y mordaz para otros, a pesar de que con éstos ni siquiera haga toda la sangre que podría. El autor cierra con un pequeño epílogo sobre la elaboración del propio libro y una mini-colección de fotografías en las que le hallamos, pasada la pubertad, tras su flamante bigotazo repartiendo risas e ideas. Ahí encontramos el fallo de estas memorias: sus autorretratos, mal que nos pese, no hacen justicia a ese bigote.

A Carlos Romeu, por estas memorias y por todo lo de antes, muchas gracias.
Y sigue, como la vida…

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