título
Todología con bigote
38. Dejando atrás los vientos. Memorias 1982-1991.

Alfonso Guerra
Booket

(Reseña de la primera parte aquí)

Poco más de lo que dijimos en su día se puede comentar de esta segunda parte, de menor calidad que la primera. Obviamente no era fácil: En este segundo volumen el PSOE ya ha ganado las elecciones, Guerra es su vicepresidente y, sobre todo, la cara visible del PSOE como partido y como gobierno. Básicamente, al que le van a partir la cara, metafóricamente hablando. Y, como de Alfonso Guerra se ha dicho y escrito mucho durante esa década en el poder, este tomo de memorias está dedicado, sobre todo, a matizar, desmentir y corregir mitos y dichos sobre su persona y su vicepresidencia. Es también donde más se dedica a hablar de su familia y al esfuerzo que hace por poder estar cerca de sus hijos a la vez que ejerciendo de vicepresidente. Y, por supuesto, la amargura es patente en su relato de divorcio ideológico con Felipe González, con el que se le nota profundamente desencantado ya entonces, desencanto que se agudiza con la retrospectiva. Fundamentalmente le acusa de haberse apartado poco a poco de la realidad española ya desde el momento de tomar posesión. Lo que, visto por este lector ahora, puede que sea un análisis más que acertado.

El enfoque del libro, por tanto, es necesariamente defensivo, y Guerra sólo se defiende de una manera: atacando. Es por ello que primero se dedica a aclarar hechos que suscitaron gran polémica —como el famoso escándalo del avión Mystère—, a explicar tareas de gran desgaste —la campaña del referéndum de la OTAN—, a negar citas que se le atribuyen —“El que se mueva no sale en la foto”— y, en la medida que puede, a minimizar la magnitud del caso Juan Guerra, que acabó con su salida del Gobierno. Y, una vez hecho esto, se dedica a tirar perdigonadas contra sus propios monstruos, empezando por su manifiesta enemistad con José Bono y terminando, por supuesto, con los diarios El Mundo y ABC, en particular con sus editores (por entonces ABC lo dirigía Luis María Anson), con Fraga, con José María Aznar y con tantos otros protagonistas del circo político-mediático de los ochenta.

Quien espere autocrítica (yo lo esperaba) quedará decepcionado, como digo. Guerra reconoce algunos errores y muy, muy, muy tímidamente parte de responsabilidad en el escándalo de su hermano, pero ni en ese ni en ningún otro asunto se le ven signos de arrepentimiento por alguna de sus acciones u omisiones. Ya les decía en la reseña de la primera parte que las autobiografías, sobre todo de políticos, es raro encontrar algo distinto a la imparcialidad o la mesura. En este volumen, donde el autor pasa de fiscal en la oposición a formar parte de los acusados en el gobierno, uno es todavía más responsable de lo que hace y, además, le hacen muchas veces responsable de lo que no ha hecho. Cuánta verdad puede haber en la autodefensa de Alfonso Guerra es algo que quedará, por fuerza, a criterio del lector.

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