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Todología con bigote
19. CT o la cultura de la transición: Crítica a 35 años de cultura española.

VV.AA. (Coordinación de Guillem Martínez)
Random House Mondadori

Guillem Martínez, periodista, acuñó hace algún tiempo el término Cultura de la Transición (abreviadamente, CT) para referirse a una serie de… digamos, actitudes, reflejadas en todas y cada una de las expresiones culturales, periodísticas, políticas, sociales, etcétera, que ha habido en España más o menos desde la muerte de Francisco Franco y que perviven hasta hoy, especialmente las culturales. A lo largo de artículos, entrevistas, actividades en redes sociales y fuera de ellas, Guillem ha intentado explicar en qué consiste ese concepto, que él no ha inventado pero tiene el acierto de englobar bajo un nombre, y cuáles son las consecuencias que todavía hoy padecemos por su culpa. Diversas personalidades y colectivos se han apuntado a la idea e investigan y divulgan aquellos posibles orígenes y sus secuelas hoy, donde de acuerdo con esta teoría, pervive esa CT e impregna no pocos aspectos de nuestra vida.

Dentro de esa labor divulgativa se encuentra la publicación de este libro, trabajo colectivo donde varios brillantes escritores (otros, no tanto) ensayan en pocas páginas su definición de CT en forma de textos aplicados. Encontramos firmas como Guillermo Zapata, Carlos Acevedo, Belén Gopegui, Pep Campabadal, Jordi Costa o Pablo Muñoz. Es interesante porque buena parte de los autores nacieron durante o después (a veces, bien después) de la susodicha transición política y, no obstante, son capaces de percibir los tics de la CT en la actualidad; no necesariamente por epifanía o ciencia infusa, sino partiendo del propio concepto de CT y buscando indicios de ella dentro de su amplio bagaje cultural. Quizá ésta sea la primera tara a hacer notar del libro: en algunos textos se nota el intento de ajustar a la conclusión de partida los datos encontrados como si fueran premisas (permítanme la maldad: hay mucho de “peones negros” en esta técnica, y personalmente no la apruebo).

¿Significa esto que, realmente, no existe la CT? Pues miren, ahora mismo les diría que no es eso; sí que existe, y probablemente es gente como Guillem Martínez o casi cualquiera de los que escriben este libro la que nos hace darnos cuenta de que buena parte de la cultura que vivimos durante los años setenta, ochenta… por qué no, también los noventa, estaba fundamentalmente dirigida y regulada. No por un organismo oficial, pero sí por cierto pacto tácito (o no tanto) de que “había que hacer las cosas así y no de otra manera”. Pero claro, el problema, como todo, está en el exceso, y el propio concepto de la CT ha sufrido un pico de intensidad tal que puede acabar colapsando de la propia saturación. Al menos dentro de las redes en las que me muevo (hablamos de internet, se entiende), llega un momento en que parece que todo se acaba identificando con la CT, como esa novia con la que acabas de salir (o de romper), cuando todo absolutamente te recuerda a ella. Y se corre el riesgo de que la CT acabe convirtiéndose en la novia de la (permítanme el concepto aunque sea injusto) Anti-CT, de manera que lo que era primero divulgativo y ciertamente útil para comprender nuestra historia reciente, acabe convirtiéndose en un mantra.

Entiendo que el libro no es una sentencia, sino que sus textos han de abrir un debate, pero —y he aquí la segunda tara de la obra— más de uno está precisamente escrito como una verdad absoluta; o al menos cierra, quizá inconscientemente, la posibilidad de ese debate, impregnando de la CT a prácticamente todos los puntos que toca. Lógicamente la pléyade de autores que en él se incluye hace que cada texto se vuelque hacia aquellos temas en los que el escritor está más informado, especializado, si lo prefieren así. Y por ello sorprende que en tanta variedad de temas la CT esté presente, aunque en algunos casos lo sea agarrada con pinzas, lo que acaba por restr solidez al texto y eso tampoco es bueno para el libro en su conjunto. Igualmente hay un par de autores que da la sensación de haber ido a hablar “de lo suyo”, sea eso lo que sea.

Iba a colocar eso último como la tercera tara del libro, pero probablemente es más personal que objetivo, así que no lo tengan en cuenta. Ya que estamos, permítanme recomendarles los textos en particular de Pablo Muñoz, a quien siempre es una gozada leer; de Pep Campabadal (alias Popota), incansable activista de la autodeterminación y más guasón de lo que él mismo cree; de Guillermo Zapata, que tiene la manía de intentar conciliar diversos puntos de vista y por eso no va a ser nunca presidente del gobierno o del propio Guillem, papá de la idea, que establece las líneas básicas del concepto CT en su extensa introducción a la obra. Me dejo algunos por no extenderme más, pero basten estos para recomendar el libro; eso sí, no como biblia sino como parte de una serie más amplia de lecturas que permitirán contrastar el alcance real y la influencia actual de la CT.

Para mí la gran cualidad de este libro o, mejor dicho, de haber puesto en palabras este concepto, es que está consiguiendo que se haga preguntas la gente que ya vivió como adulta ese proceso de transición y que desde ahí forjó su vida en las dos décadas posteriores. Ese cuestionamiento de la Arcadia, sin tener por qué destrozarla, seguramente es necesario para relativizar narrativas absolutas sobre aquella época tan complicada. La conciencia de que todo lo que fue igual pudo haber sido de otra manera, y de que quizá ahora estemos mucho más constreñidos culturalmente como consecuencia de la CT, sirve como poco para poder reaccionar con tiempo ante nuevos intentos de establecer una cultura oficial (y eso creo que sí se está consiguiendo). Para las generaciones más jóvenes, para las que la transición ya es un apartado aburrido en las clases de Ciencias Sociales (o como se llame eso ahora), sirve, o debería, como enseñanza de lo que no se debe permitir: la exclusión cultural por salirse de los canales oficiales. Y por ello el libro reseñado no es un fin, sino un medio (perdonen el lugar común), dado que el esfuerzo de documentación e identificación de la CT prosigue sin descanso. Salvo que lo Anti-CT muera de éxito, como indicábamos un poco más arriba, será interesante observar qué puede surgir de ello. Culturalmente no lo sé; políticamente, quizá sí esté teniendo ya consecuencias.

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