título
Todología con bigote
31. Batman, el regreso del Señor de la Noche

Frank Miller (guión, dibujos, entintado)
Klaus Janson (entintado)
Lynn Varley (color)
DC/Ediciones Zinco

He de confesar que Frank Miller me toca mucho los huevos con esa manía suya de coger a los personajes y sacar lo peor y lo más oscuro de ellos. Me toca los huevos eso y que, además, se acabara convirtiendo en tendencia y fuese adoptado por otros autores que vinieron detrás de él. Pero justo es reconocer que tiene un público amplio a quien gustan esos giros que dan los superhéroes pasando de aventureros a desgraciados en uniforme que reciben más hostias de las que reparten. No es mi tipo, la verdad.

Tras esta primera confesión, viene la segunda: El regreso del Señor de la Noche me parece una novela cojonuda. A secas, sin la coletilla de gráfica que ponen aquellos a los que parece avergonzar que les vean leyendo tebeos. Es ni más ni menos que una novela negra en la que el protagonista lleva un traje con capa y orejas, pero no por ello deja de ser un detective. Si quieren ponerle una etiqueta, la podemos apellidar como crepuscular, que es un término que no me gusta por lo obvio. Aquí Bruce Wayne es más viejo, Batman lleva años oficialmente muerto y los viejos enemigos del hombre murciélago están en prisión o tan hechos polvo como él. Y, ante la ausencia de vigilantes, el mal vuelve a apoderarse poco a poco —si es que alguna vez llegó a irse— de las calles de Gotham City. El regreso del señor de la noche parece inevitable y, efectivamente, las circunstancias obligan a que se produzca.

Estructurada en cuatro capítulos que sumados forman una estructura clásica, la novela de Miller es opresiva hasta en el formato de las viñetas. La presencia de villanos clásicos, que resultan en realidad reflejos deformes de la zona siniestra del murciélago (y regresa la pregunta: ¿el Joker o Dos Caras existen a causa de Batman o en contraposición a éste?) no trae nostalgias ni esperanzas de acción en la forma del Batman primigenio. No son esa némesis cuasi divina de las coloridas historias de los cincuenta y sesenta que querían dominar el mundo sin ensuciarse las manos. Son, por el contrario, personajes que mueven al asco, al desprecio, incluso a la pena si no fuera por la maldad que exhalan. Miller aleja intencionadamente cualquier atisbo de humanidad que pudiera quedar en los antagonistas, pero igualmente lo hace con su protagonista, dentro del límite que siempre se impone en que Batman (que ya no Bruce Wayne) sea “de los buenos”. Su Batman aquí podría ser un Philip Marlowe o un Sam Spade a los que ya nadie quiere y que se empeñan por seguir haciendo su trabajo, dentro de ese extraño sentido del deber que no les abandona por más que lo deseen y que les empuja, incluso, a quebrantar la ley precisamente para que ésta prevalezca. Es una posición moral mil veces repetida en la literatura, especialmente en la norteamericana, y que aquí se aplica al héroe sumido en la incomprensión de aquellos a los que ha jurado defender a toda costa. Batman está cansado, harto, se refugia en un Bruce Wayne que lo mató deliberadamente para no tener que sentirse atado a su juramento de lucha contra el mal. Pero ahí está, ahí vuelve, vuelve asqueado de su propia naturaleza pero ese sentimiento nunca puede superar el peso sobre su conciencia que supondría dejar al diablo suelto, si él puede evitarlo. Y quizá, sólo quizá por eso, en esta novela el Batman de Miller supera cuantitativamente a Marlowe o a Spade. Y, a lo mejor, si cambiamos los leotardos y la máscara por una gabardina gris y un sombrero gastado, lo veríamos de otra forma.

Porque la gran diferencia es que los héroes de Chandler y Hammett no quieren salvar al mundo, sino sus veinticinco diarios más gastos; pero eso no les hace moralmente inferiores, solamente abarcan a un público más escaso.

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