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Todología con bigote
15. Store Front: The disappearing face of New York

James T. and Karla L. Murray
Gingko Press Inc.
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James y Karla Murray son una pareja de fotógrafos urbanos que decidieron retratar estas sociedades desde un punto de vista diferente al de las fotos de paseantes o de arquitectura, y se centraron en aspectos a priori menos llamativos de la vida cotidiana en una gran ciudad como Nueva York. En 2007 publicaron el libro Store Front: The Disappearing face of New York, un monumental compedio de frontales de comercios de barrio (las llamadas familiarmente “Mom & Pop stores”) que permanecían en la ciudad como parte indiscutible del paisaje. Durante varios meses recorrieron los cinco distritos de Nueva York (Manhattan, Bronx, Brooklyn, Queens, Staten Island) fotografiando las entradas de los locales y recogiendo las historias que acompañaban a la fundación y supervivencia de cada tienda o cada restaurante.

El resultado es un retrato casi perfecto de una de las ciudades más cambiantes de los Estados Unidos y, posiblemente, de todo el mundo, visto a través de quienes han crecido y vivido con ella, recogido en un libro emotivo pero sin caer el lo plañidero, aunque sí con cierto regusto a denuncia ante los efectos nada secundarios del proceso llamado gentrificación; algo relativamente nuevo en nuestras ciudades europeas (en Madrid empiezan a conocer sus desagradables consecuencias), pero que en la ciudad de los rascacielos lleva décadas formando parte de su razón de existir. Cierto es que el proceso se aceleró con las políticas de Rudolf Giuliani y Michael Bloomberg, quizá hasta un extremo ya irreversible.

Porque cuando uno lee las breves palabras que los autores recogen de los actuales propietarios de los negocios, se da cuenta de que existen muchos puntos en común para que un local perviviera o desapareciese; fundamentalmente el desaforado crecimiento del precio de los alquileres (la mayoría de los comerciantes del libro que han conseguido sobrevivir adquirieron en algún momento el edificio donde tienen el local), pero también crecientes normativas e impuestos municipales que acaban resultando insostenibles en forma de tasas y multas para propietarios cuyo único “pecado” ha sido tratar de mantener su negocio como quieren sus clientes. Hay casos tan absurdos como tener un letrero de neón, que obliga a pagar una tasa (nada barata), aunque el letrero no funcione porque tenga las luces rotas y su dueño decida no arreglarlas por el coste que le supone. Cada comercio es un mundo, desde luego, pero las historias acaban siendo muy parecidas entre sí.

El volumen se divide en cinco capítulos, uno por cada distrito. El más grande de ellos está dedicado a Manhattan, seguido a distancia por Brooklyn, quizá porque son los que más fama tienen, y sorprende que se ocupe tan poco de Queens, de largo el borough más grande de la ciudad. Cada capítulo contiene varias secciones, una por cada barrio fotografiado, que en el caso de Manhattan van de Sur a Norte, empezando por el Lower East Side y terminando en Harlem. En la cabecera de cada capítulo y sección, unas breves líneas nos situan a los barrios geográficamente y dan una pequeña historia de la evolución demográfica de éstos. Luego vienen las fotos de los comercios, a veces con los dueños posando junto a ellos, y se escogen algunos para incluir comentarios de sus propietarios o de sus gestores, en los que cuentan cuándo se hicieron con el negocio, bajo qué circunstancias, a qué se dedican y cuál sería su situación actual. Todo en muy pocas palabras, pero suficientes para comprender el significado que tienen para ellos el lugar donde forjaron su vida. La mayor parte de los comercios son empresas familiares cuyos dueños lo son ya de segunda o tercera generación, y especialmente en la rama de alimentación se muestran muy orgullosos de los productos que venden, en su mayoría elaborados en la propia tienda.

El libro tiene la gran virtud, además, de que huye de lo pintoresco y de lo exótico, sino que muestra una realidad; limitada, eso sí, a una fachada y unos pocos metros de acera, pero realidad al fin y al cabo, fuera de la representación “chic” y esnob del neoyorkinismo de las series de televisión. Es, por supuesto, una obra esencialmente gráfica con fotos a toda página, en panorámica de doble página que muestra varios locales, e incluye cuatro desplegables que muestran aceras completas de barrios significativos. Las fotos no pretenden ser espectaculares ni disfrazar nada: tanto si hay una pintada como un desconchón, como si al rótulo de neón se le han caído dos letras o si es un frontal impecable de un restaurante pijo, la sucesión de imágenes es un reflejo literal de lo que allí sucede. La selección de textos y protagonistas es impresionante por su diversidad y preciosa por el amor que profesan esos pequeños comerciantes hacia su medio de vida, que en no pocos casos va más allá y se convierte en su vida, a secas.

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