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Todología con bigote
9. Viscerales

VV.AA. – Mario Crespo y José Ángel Barrueco (editores)
Ediciones del Viento, 2011

He terminado Viscerales, el proyecto de Crespo y Barrueco que contiene cuarenta relatos cortos de otros tantos jóvenes escritores con un sólo punto en común: han de salir de las entrañas. Al menos esta era la idea de sus editores, para la cuál se dedicaron a buscar (a “fichar”, si les parece) por internet a autores que ya han tenido cierta repercusión dentro de la propia red. Algunos ya más o menos consagrados, otros casi desconocidos, y otros que de vez en cuando despuntan de aquí y de allá; pero todos ellos arrojándose de boca a este invento con resultados muy dispares.

Viscerales tiene de todo, aunque tres temas predominan sobre el resto: el amor (y el odio, que en el fondo acaban siendo lo mismo), el sexo en su vertiente más salvaje y la muerte, presente de un modo u otro en casi todos los textos. Quizá por la propia idea de visceralidad, el pesimismo flota en cada página y sólo en un par de ocasiones se cambia por una lírica más suave, menos desgarrada, pero lo cierto es que el conjunto destila vitriolo y cabreo, mucho cabreo. No sé muy bien si considerarlo rebeldía (en algunos casos sí, sin duda) o si, sencillamente, es un producto de cuarenta desahogos individuales. La sensación que sí se me ha quedado al leerlos es que sus autores, más que escribir, han vomitado (“potado”, por usar un término más gráfico) sus palabras hacia la pantalla, absteniéndose luego conscientemente de pasar la fregona. Que no se me malinterprete, que esto no lo digo con sentido peyorativo; al contrario, me parece que es justamente lo que debía de hacerse en una recopilación como ésta.

Dejando eso claro, encontramos aquí hombres y mujeres, besos y hostias, risas y tacos, pollas y coños, culos y tetas, bebés sin dientes y abuelos desdentados. Hay sangre y semen. Y hay miedo, mucho miedo. Y mierda, mucha mierda. Metafórica y literal. Casi no hay relato que no la exalte. En algunos casos, se hace protagonista.

Viscerales debe leerse haciéndose cargo de su misma concepción, y por eso es necesario tener siempre presente la génesis de ese conjunto de relatos, que al primer golpe de vista resultan chocantes e incluso incómodos. Superado ese bache y dado que los cuentos son bastante cortos, es fácil acabarse el libro en un par de horitas si se dispone de ellas; en parte, también, porque la temática de los textos se llega a hacer recurrente y uno comprueba cómo el escritor canaliza sus —con permiso— visceralidades en direcciones muy parecidas, ya sea un hombre o una mujer e independientemente de la edad. Y esa es la primera pega que le pondría al libro: se hace repetitivo; donde tantas contribuciones deberían sumarse, acaba sucediendo que se superponen unas a otras.

La segunda pega puede ser una cuestión del lector más que del autor: no me enganchan la mayoría de los relatos, no me llegan, no me emocionan. No quiero caer en el “no me dicen nada”, porque en muchos casos no es cierto, pero a pesar de lo visceral encuentro que muy pocos consiguen revolverme las entrañas. Igual es porque soy —¿me parece ser?— bastante mayor que muchos de sus autores y quizá he superado un escalón que sólo se sube con la edad, o bien porque siento lejana una forma de expresarse que no vi en su debido momento y que ahora me queda a trasmano. Pero tampoco puedo descartar que los relatos sean, simplemente, malos. Sí tengo la sospecha de que el valor del texto va a depender mucho de quién se lo lea y en qué momento. Cuestión de perspectiva, supongo.

En cualquier caso, Viscerales es un proyecto que merece que se valore, ya que es un riesgo lanzarse a la piscina de la edición con autores en su mayoría desconocidos y, además, mostrando el lado más rugoso de éstos. Por ello considero que el tiempo dedicado a leer este libro es tiempo bien empleado. Y también una buena oportunidad para ver cómo se mueve una generación de escritores de la que, es justo decirlo, conozco realmente poco. Claro que el resultado de esa observación no me ha sido muy satisfactorio, pero no me atrevería a desrecomendar una idea semejante. Quizá a alguno de ustedes le sirva esta reseña, aunque sea para querer mostrarme en un futuro que yo estaba equivocado. En cualquier caso, hay que agradecer a Crespo y Barrueco su propia pasión y su gran atrevimiento.



Unas notas al pie:

1. El libro se abre con un prólogo de Mario Crespo y se cierra con un epílogo de José Ángel Barrueco, explicando o más bien divagando sobre la idea, su propósito y su resultado. Si también pueden considerarse ambos textos como relatos viscerales es algo para preguntarse durante un ratito, al menos.

2. Enrique Vila-Matas abre la recopilación con un relato suyo inédito, seguramente más cuidado que el resto, que trata sobre el rechazo a los escritores; aunque está dentro de su línea más metaliteraria, que es por la que más me gusta, he encontrado el relato algo soso. De todos modos, el papel de Vila-Matas en este libro es más de “padrino” de la maraña de jovenzuelos que aparecen en las siguientes páginas.

3. Aunque hablemos siempre de “relatos”, lo cierto es que algunos de los textos contemplan otros géneros que el de la narrativa: hay un par que son poemas en verso libre y otro par que utilizan el lenguaje del teatro. Pero en esencia es lo mismo; simplemente el autor ha querido utilizar herramientas literarias distintas, y se agradece.

4. Aunque el precio del volumen es algo caro para su tamaño, lo excuso porque la editorial es pequeña. La edición,en rústica, está magníficamente cuidada incluyendo una portada sobria pero muy apropiada. Igualmente los textos, que contienen poquísimos errores tipográficos, algo de lo que deberían aprender las editoriales grandes, cada vez más dejadas a la hora de supervisar lo que publican.

5. Y para terminar, si se fijan verán que uno de los autores lleva un apellido sospechosamente idéntico al del autor de este cuaderno (el real, no el del bigote). Y no es porque sea quien es, pero su relato está entre los destacables de la recopilación, con diferencia. Claro que también es el que menos visceralmente redactado parece :-)

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