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Todología con bigote
13. Ausser Dienst: Eine Bilanz (Fuera de Servicio: Un Balance)

Helmut Schmidt
Pantheon Verlag

Helmut Schmidt es un histórico del Partido Socialdemócrata de Alemania (SPD) que desempeñó diferentes cargos dentro de la política alemana desde el final de la II Guerra Mundial, como parlamentario federal, como ministro de Economía y Hacienda y, finalmente, como canciller federal entre 1974 y 1982, sustituyendo a Willy Brandt y reemplazado por Helmut Kohl; curiosamente, en ambos casos tras votaciones de confianza fallidas hacia el canciller en activo. Obligado a gobernar en coalición durante sus mandatos, Schmidt siempre ha sido un político defensor de diálogos y pactos como solución preferente a cualquier clase de conflicto, además de un europeísta convencido. Famoso en Alemania por sus artes oratorias, que dieron lugar a la expresión “Schmidt Schnauze” (traducible por “hocico de Schmidt” o “pico de Schmidt” en el sentido español de “pico de oro”), tras su paso por la cancillería continuó estudiando la política nacional e internacional basándose en sus propias experiencias, de donde surgen multitud de libros en los que explica su propia postura ante los acontecimientos políticos y económicos de cada momento. Aún hoy, con más de 90 años, Schmidt sigue escribiendo y dando lecciones de política y, si bien hace mucho tiempo que dejó su actividad, continúa siendo una referencia dentro del pensamiento socialdemócrata.

En “Ausser Dienst: Eine Bilanz”, Helmut Schmidt repasa diferentes aspectos de los temas mencionados arriba, tratando de enlazar los hechos que ocurrían en el mundo en sus últimos años de mandato y después de dejar la cancillería con sus paralelos de principios del siglo XXI. El abanico de temas a tratar es amplio, separando con claridad la política nacional alemana de la internacional, especialmente la que afectaba entonces a Europa y Oriente Medio. Así, se habla de economía, de protección social, de ética, de inmigración, de conflictos bélicos, de las relaciones con Estados Unidos (un tema siempre delicado en la República Federal) y también, con cierta profundidad, de religión y moral. No trata acerca de la crisis, pues el texto es de 2006, pero en muchos puntos la anticipa, lo que tiene sentido teniendo en cuenta su currículum. Y, sobre todo, muestra una honda preocupación por la dificultad creciente para mantener una sociedad en paz interna, no digamos ya en paz con sus vecinos.

Con estos mimbres debería dar para un buen cesto, pues si no me equivoco se tratan temas recurrentes en otros libros del ex-canciller (en mi caso, es el primero que leo). Sin embargo, el libro es un soberano coñazo, con perdón. Tiene un gran problema a mi modo de ver, y es que en cada asunto que analiza se centra en una o dos únicas ideas y se limita a dar vueltas sobre ellas, pero siempre desde una perspectiva superficial, como si basase las premisas en una conclusión previamente enunciada, a la que de un modo u otro siempre acaba llegando. El resultado es que no profundiza en nada, no termina de cerrar ni completar un sólo argumento, y este esquema se repite a lo largo de los distintos capítulos, donde precisamente la principal virtud de Schmidt, esto es, su retórica, aquí resulta más un lastre que una virtud.

Sí que tiene momentos brillantes, relacionados casi siempre con su relación hacia gobernantes contemporáneos de su mandato pero de ideología opuesta, como Giscard d’Estaing o Henry Kissinger, a la postre grandes amigos del alemán. En esos párrafos, donde puede descender a un nivel más personal, más cercano a lo humano que a lo político, Schmidt muestra una sensibilidad fuera de lo común hacia quien no piensa como él, y eso impregna, es verdad, el resto de la obra. Igualmente pasa cuando entra de lleno en su definición de estado social, mucho más cercano al de la formación de la Bundesrepublik tras la guerra que al de su teórico compañero ideológico Gerhard Schroeder. Y dentro de la parte económica, sorprende y al mismo tiempo irrita una cierta deriva de su keynesianismo original a la supuesta necesidad de aplicar reformas como consecuencia de las crisis. Los argumentos que da para ello suenan casi idénticos a los que se están utilizando ahora por, entre otros, Zapatero en España… casi podría decirse que a zetapé le leyeron este libro en voz alta y calcó algunas de las frases par los debates parlamentarios. Quiero insistir en ello: cuando escribe este libro aún faltan dos años para el crack mundial de la economía, pero ya están en marcha parte de las reformas schroedianas que, a la larga, costarían el puesto a don Gerhardo y propiciarían la gran coalición entre SPD y CDU y la subida al poder de Merkel.

Para mi gusto el capítulo más interesante es el último, donde trata en pocas páginas tres temas con bastante seso: la religión, la ética del político y su correspondencia con la sociedad. El primero resulta curioso, pues concilia que un político pueda ser socialdemócrata y, al mismo tiempo, creyente. No es nada raro, pues la religión tiene una presencia constante en la vida diaria alemana, aunque sin esa presión proselitista que los españoles conocemos tan bien. Pero eso sí, Schmidt deja claro que su relación con dios es principalmente individual y alejada de cualquier tipo de organización eclesiástica y aprovecha para deslizar una nada velada crítica a la iglesia católica y a la jerarquía religiosa judía (Schmidt se declara protestante), así como a la utilización de dios como excusa para las decisiones políticas, en referencia directa y explícita a dirigentes como George W. Bush. Llaman la atención las múltiples menciones a Anwar el-Sadat como una persona que comprendía perfectamente la clave de las diferencias religiosas en la resolución del conflicto en Oriente Medio. En cierto modo, diría que Schmidt afirma que sólo Sadat entre todos los líderes conseguía definir el verdadero significado del factor religioso en las disputas, pero, sobre todo, la importancia de que las tres religiones del libro entendieran su pertenencia a una raíz común como condición necesaria para empezar un diálogo con futuro de paz. Una vez más, Schmidt se coloca en una posición mucho más íntima al explicar estos detalles y es entonces cuando el libro vuelve a enganchar por un ratito.

A continuación pasa a hablar de la política como profesión, y ahí descubro —confieso que lo ignoraba— que Alemania tiene el mismo problema que España con el sueldo de sus políticos: mientras que en la época de Schmidt como parlamentario y como ministro el sueldo era más bien justito1, en las últimas décadas éste ha subido de tal modo que los que entran en el Bundestag acaban saliendo poco menos que con la vida resuelta, mucho más si terminan como ministros de algún gobierno. Schmidt incide en el problema moral que ello supone, pues acaba implicando que no pocos políticos intentan conseguir uno de estos cargos por el ascenso económico que les produciría, antes que por el beneficio que en ese cargo pueden generar para su país.2 Es un buen remate a un libro aburrido porque su autor es, y nunca lo niega, un auténtico enamorado de la tarea política, y aquí abre su corazón acerca de cuál debe ser el rol de un cargo electo frente a la sociedad que le ha elegido. Y luego, que dirían Les Luthiers, “como anunciando el final, el concierto termina”.

Creo que nunca había dedicado tanto espacio a un libro que en el fondo no me ha gustado. Quizá porque a pesar de encontrarlo plomizo, lo cierto es que me ha puesto sobre aviso de una serie de cuestiones de política interior y exterior sobre las que ahora tengo más ganas de documentarme, si bien esta vez a través de otros protagonistas diferentes (Willy Brandt, allá voy). Quizá tras contemplar otros puntos de vista pueda volver a Herr Schmidt en uno de sus textos anteriores, más cercanos a sus funciones en el gobierno, para comprender qué es lo que se me ha escapado en esta ocasión. Por todo ello —y, lógicamente, porque me sirve para seguir aprendiendo el idioma—, no considero que su lectura, estirada durante demasiados meses a razón de pocas páginas cada vez, haya sido un tiempo desperdiciado. Creo que nunca se debe evitar el intento por conocer qué piensa la gente que ha estado gobernando el mundo en una época, ya demasiado lejana, en la que la política todavía tenía más valor que la moneda de curso legal.


1 El ex-canciller cuenta que salió del cargo con la misma hipoteca con la que entró y que viajaba en coche de Hamburgo a Bonn para poder cobrar las dietas y así poder pagar el propio coche (de segunda mano).

2 Sigo hablando de Alemania, digo para que no se me confundan ;-)

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