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Todología con bigote
37. 123 motivos para no visitar Sevilla

Jorge Molina
Ed. Jirones de Azul

Por razones que no vienen al caso (de las cuales algunas podrían ya constar en este cuaderno, a poco que rasquen), quien esto escribe huyó escopetao de la muy noble y muy leal allá por el año 2002, tras 28 años de impenitente sevillaneo. Como escarmentar no es una de mis actividades favoritas, regreso cada X meses para asegurarme de que todo está en su sitio. Y un par de paseos bastan para darse cuenta de que, efectivamente, todo-todito está exactamente igual que como lo dejé. Incluso los sevillanos. Descorazonador, ¿verdad?

Despegarse del sevillanismo no es obligatorio, desde luego, pero sí muy complicado. Se necesita un humor casi a prueba de bomba que requiere grandes dosis de reírse de uno mismo, y que no tiene absolutamente nada que ver con la conocida “gracia” (falso, tópico, incierto: nosotros le llamamos “guasa”) sevillana. Es el caso del autor de este librito de reciente publicación (según leemos, primero de una serie) en el que sobrevuela, con textos más cortos de lo que uno desearía, prácticamente todos y cada uno de los tópicos-típicos que caracterizan la idiosincrasia hispalense, contados con muchísimo humor y, por supuesto, su miajita de mala leshe. Si el lector es sevillano-sevillanísimo más le vale respirar hondo porque se va a reconocer en cada párrafo aunque no lo admita. Si es sevillano en fase de desintoxicación, probablemente se ría a carcajadas al comprobar que podría poner una foto suya ilustrativa en casi cada uno de sus 123 apartados. Y si es forastero, “guiri” con conocimientos del idioma o simplemente curiosón, seguramente no entenderá de la misa la media pero, eso sí, retendrá esa información en su subconsciente para rescatarla como un rayo a poco que tome el primer taxi desde el aeropuerto de San Pablo.

El libro, de fondo humorístico pero, como dicen en Antena 3, “basado en hechos reales”, puede servir de contrapunto perfecto a las guías Lonely Planet y similares como un compendio de advertencias en voz baja. Si se mira desde el ángulo correcto, podría ayudar al incauto viajero a no sentirse (y mostrarse) tan anonadado, cuando lo idílico de lo descrito en su guía se parezca sólo por aproximación infinitesimal a lo que se topa en la calle. Si se toma como un simple divertimento, dejará un buen rato de lectura divertida y un puntito inquietante conforme se aproxime a la ciudad. De las poquitas cosas reprochables al texto y a su autor, diría que es una pena que no haya profundizado más en cada apartado, entrando más en detalles y descripciones. Pero ahí se ve que me sale todavía el sevillano que llevo dentro: quedarse corto al hablar de Sevilla es, para uno de los nuestros, un pecado casi mortal ;-)

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