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Todología con bigote
9. El Director es la Estrella, vol. I

Who The Devil Made It
Peter Bogdanovich
T&B Editores

En las películas, lo importante son los nombres. No es interpretación per se, como se hace en el teatro. Traes a un chaval y resulta que hace arder la pantalla; un chico o una chica que te impactan al instante. Eso era lo que buscábamos; una cierta cualidad fotográfica, un algo misterioso y oculto que tienen algunas personas… Las grandes estrellas del cine aprendían la técnica y algunas poses y gestos y se convertían en una especie de ídolos del público. Si te gustaban, no podían equivocarse; no importaba lo que hicieran, no era el papel que interpretasen.

ALLAN DWAN

Primer consejo: si les es posible, cómprense este libro en inglés. Segundo consejo: si no les es posible, cómprenselo en español y traten de obviar el bosque de erratas que lo puebla (muchas, muchas, muchas, demasiadas), porque es un texto que merece la pena si les gusta el cine tanto como a mí.

Peter Bogdanovich (Kingston, New York, 1939) empezó su carrera como crítico de cine y acabó pasándose a la escritura de guiones y a la dirección, compaginándolo con un exhaustivo trabajo de historiador en el que se obsesiona por toda la información que recaba sobre las películas y sus creadores hasta el mínimo detalle. El grado de conocimientos que muestra sobre prácticamente cada disciplina del séptimo arte, así como los innumerables personajes que a lo largo de su vida ha tenido la suerte de conocer y tratar —en algunos casos, muy íntimamente— se refleja en todos sus libros, donde despliega un amor incondicional por el oficio de hacer películas.

Bogdanovich, considerado primero una especie de apéndice de los franceses de Cahiers du Cinéma, ha acabado desarrollando un estilo propio que se despliega en todo lo que hace, ya sea dentro de la pantalla con joyas como The Last Picture Show (1971) o ¿Qué me pasa, doctor? (What’s up, doc?, 1972), o fuera de ella, como en el texto que nos ocupa. En este primer volumen de entrevistas a directores clave de la Historia de Hollywood nos encontramos a cinco colosos de la realización, que a lo largo de extensas entrevistas-conversaciones desvelan tanto su punto de vista sobre lo que debería ser el cine (independientemente de la transformación que éste sufre a lo largo de su desarrollo) como trucos y técnicas que utilizaban para suplir carencias o inventar situaciones imposibles. Esta especie de tratado es, en cierto, un manual de estilos contrastados que otorga al lector una visión amplia y poderosa de las grandes posibilidades contenidas en la narración por la imagen.

Así, tendríamos para empezar al casi olvidado Allan Dwan, genio absoluto de la época muda al que Bogdanovich ha intentado constante y tercamente rescatar y colocar en su justo sitio, escribiendo incluso una monografía sobre él (Allan Dwan, The Last Pioneer) y colocando una cita suya al principio del libro, que es la que encabeza esta misma reseña. Dwan, responsable de muchos éxitos del mítico Douglas Fairbanks y de la novia de América, Mary Pickford (por ejemplo), concebía el cine casi exclusivamente a través de la imagen. Aunque pudo adaptarse al sonoro e hizo alguna que otra película que funcionó bien en taquilla, para Dwan los diálogos debían ser los justos, ya que impedían desarrollar las técnicas de imagen en favor de un intercambio de frases que podía hacerse sin nada alrededor. Es, quizá, la entrevista más interesante junto con la de Howard Hawks, puesto que Dwan fue, forzosamente, quien entró en el cine cuando éste andaba más en pañales y, por eso mismo, se hizo responsable de muchas invenciones que luego se han conservado o mejorado, manteniendo el concepto. Tal es así, que incluso era partidario de un número mínimo de rótulos entre escenas, de modo que al público no se le diera todo mascadito y pudiese implicarse más en el film en cuestión. Dwan, además, representa una época que ya no volverá a Hollywood, y es aquella en la que los directores gozaban de libertad casi absoluta para investigar, experimentar y montar sus películas más allá del yugo actual de los ejecutivos de los estudios.

A Dwan le siguen Raoul Walsh, maestro del cine de acción, principalmente, y quien lanzó a Humphrey Bogart al estrellato con El Último Refugio (High Sierra, 1941). Walsh se presenta como un hombre lleno de energía, lanzado y entusiasta, implicado hasta el fondo con sus actores y con el genio muy vivo, algo que también se puede palpar en sus trabajos. Al igual que con Dwan, tenemos a un cronista de la transición del mudo al sonoro, sólo que en este caso mucho más inmerso en las películas habladas. Gracias a ello, podemos disfrutar de una continuidad en el texto mientras nos lleva de la mano por la llamada “época dorada”.

El registro cambia, y mucho, con Fritz Lang. Ya nos lo advierte el propio autor: «He conocido a pocas personas que hablaran bien de Lang. […] Dicen que Spencer Tracy no fue el único actor que juró no volver a trabajar con él; Henry Fonda hizo el mismo juramento en dos ocasiones (después de Sólo se vive una vez y de La Venganza de Frank James)». Efectivamente, en esta tercera entrevista, fascina más, quizá, la personalidad del entrevistado que la indudable calidad de sus inquietantes films, impregnados en diferente medida de esa esencia expresionista alemana que nunca pudo ni quiso quitarse. Para Lang, la clave de la película siempre estaba en el fondo del protagonista, habitualmente un hombre corriente que acaba ejerciendo de héroe. La conversación con Lang, además, encierra varias sorpresas en las opiniones que tiene sobre algunas de sus películas más relevantes. No llega a quedar claro cuál es la verdadera visión de Lang en cuanto al cine como arte, pero quizá es que en ese aspecto pasa lo mismo con sus películas; siempre encierran una misteriosa neblina sobre sus intenciones.

Nos saltamos las dos páginas dedicadas a Josef Von Sternberg, que considero superfluas de todo punto. Si Sternberg no quiso realmente contar nada, si sus respuestas eran poco más que monosílabos y si al final resulta en decepción (mitigada, por otra parte, por el hecho de que Sternberg ya había dicho todo lo que quiso decir en sus propias memorias), incluir este pequeño trozo a mitad del libro para contar lo arisco que era suena a resentimiento por parte del autor. Innecesario.

La entrevista más larga se la hace a Howard Hawks, a todas luces el favorito de Bogdanovich y, por lo que parece, con quién más amistad trabó. Me gusta la descripción que da de él: «Don Siegel, quien mientras estuvo al frente del departamento de montaje de la Warner a finales de los años treinta y primeros cuarenta vio trabajar a casi todos los grandes directores, me dijo que Hawks era el que tenía más aspecto de director; alto y delgado, con sus cabellos canos, es verdad que tenía aspecto de director. Según Don, cuando uno llegaba a un rodaje de Hawks, sabía inmediatamente quién mandaba». Las fotos incluidas en el libro corroboran a mi entender esa impresión. Y queda muy claro a lo largo de la entrevista: Hawks tenía siempre meridianamente claro lo que quería; sus actores, sobre todo los que ya habían hecho alguna película con él, también. John Wayne, por poner un ejemplo significativo, le adoraba, con él funcionaba como una máquina perfectamente engrasada. Cary Grant hizo con él más películas que con nadie. Orson Welles le consideraba el más talentoso de todos. Y podríamos seguir (y de hecho, Bogdanovich sigue), pero la mejor prueba es que Hawks representa casi cinco décadas de cine americano en las que toco absolutamente todos los géneros. Y esas son seguramente las razones por las que las conversaciones con él ocupan nada menos que la cuarta parte del libro. Hawks representa, además, el punto de ruptura con los anteriores, ya que para él la eclosión se produce con el cine sonoro y posiblemente nadie como él ha sido capaz de conseguir diálogos tan valiosos y duraderos en las películas. Añádanle el descubrimiento de gente como Lauren Bacall o sus múltiples colaboraciones con William Faulkner y comprenderán el alcance de este genial director.

Se cierra este primer volumen con otro de los directores-fetiche de Bogdanovich, Alfred Hitchcock. Aunque la entrevista es larga, no es tan densa ni tan completa —lógicamente— como las que Truffaut le hizo para su conocidísimo libro, aunque es, con mucho, la más divertida. Empezando porque en ella Hitch ya nos dice que a Truffaut le coló un par de trolas en su momento. Es, también, muy enriquecedora porque complementa a las demás en el sentido de que el concepto de cine que el gordo Alfredo tenía era bien diferente al del resto. Hitchcock se caracterizaba por tener un control milimétrico sobre el diseño de sus películas, donde no había detalle sin contemplar, ni plano o diálogo improvisado, ni elemento de attrezzo sin su función claramente especificada. Por eso y por el indisimulado desprecio que mostraba hacia los actores, a los que consideraba meros instrumentos, el caso del británico es el más claro de un director cuyo nombre invade toda la película, plano a plano, algo que se ha dado muy pocas veces en la Historia del Cine, y mucho menos en directores que no son actores (quizá quien más se le parezca en este punto es Steven Spielberg, pero su estilo ni siquiera es tan marcado como el de Hitch). Para los que hemos leído el libro de Truffaut, no obstante, esta entrevista se queda muy descafeinada, ya que pasa —más bien corre— por encima de su filmografía y, como era habitual en él, nos deja con la miel en los labios cada cuatro o cinco párrafos. No obstante, habla mucho más de la técnica y de esa atención obsesiva por el detalle, que él mismo reconocía que era casi enfermiza. Cuando uno lee esta entrevista comprende que Hitchcock era poco amigo de concesiones y eso se ve en larga filmografía. Se intuye también una gran amargura en una persona que —al igual que los entrevistados precedentes— no concebía la vida sin poder hacer películas y era consciente de que, posiblemente, no podría hacer ninguna más.

Cada director entrevistado por Bogdanovich supone un cuadro, un capítulo si lo prefieren, dentro de un libro de estampas. Esas estampas nos ayudan a entender por qué cada director es un mundo aparte del resto, por qué las épocas por las que el cine ha ido pasando son tan diferentes unas de otras, casi década a década. Muestran, además, cómo las diferentes miradas, las diferentes personalidades de estos directores, influyen poderosamente en lo que luego aparece en pantalla, algo tangible, casi mascable, tan distinto y definido como el estilo de un escritor, un pintor o un compositor, incluso atacando géneros diversos. Poner a todos estos creadores uno al lado del otro refuerza los contrastes y beneficia mucho al cine-arte, a ojos del espectador. El mérito es de los entrevistados, indudablemente los auténticos protagonistas, pero también lo es del entrevistador, un Peter Bogdanovich que se gusta y se hace querer en la selección de preguntas, alejándose de las frivolidades pero sin caer en la pedantería técnica. Eso si exceptuamos el largo prólogo, en el que se hace un poco irritante el afán de protagonismo de don Pedro entre tanta estrella, pero que por otro lado resulta casi imprescindible para entender cómo es posible que el autor consiga siempre interesantes respuestas de personas tan dispares. Tercer consejo (que yo no seguí): déjense el prólogo para el final.

Quisiera terminar resaltando otra de las interminables virtudes de este libro: no sólo es entretenidísimo, sino que además no requiere tener conocimientos profundos del cine para poder seguirlo con soltura. Ni siquiera es necesario haber visto las películas que en él se mencionan, que son bastantes (y servidor se habrá visto como mucho el diez por ciento). Antes bien, incita a rescatar películas desconocidas o visionadas mucho tiempo atrás, a recuperar el deseo de ver un cine hecho con mimbres más bastos pero también —quizá— mejor trenzados.

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