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Todología con bigote
23. A History of the American People

Paul Johnson
Harper Perennial Publishers

Más de un año (con pausas, evidentemente) me ha llevado leerme este impresionante tocho de mil páginas en el que Paul Johnson cuenta, de manera amena y directa, los casi cuatrocientos años de historia de los controvertidos Estados Unidos de América.

A pesar de mis constantes críticas, reconozco que es un país al que admiro y que siempre me ha despertado un profundo interés. Creado prácticamente de la nada, por colonos que desde un principio decidieron establecerse en comunidades participativas, en apenas dos décadas evolucionaron y se desarrollaron velozmente hasta convertirse en la primera potencia mundial, de manera (al menos hasta ahora) indiscutible. Gracias a este libro, podemos seguir esa evolución y entender mucho mejor el carácter de ese pueblo, siempre sometido a tópicos y clichés que en ocasiones crearon ellos mismos. La Historia narrada, como es el caso de este y otros textos parecidos, ayuda en muchas ocasiones a comprender el por qué de sus recovecos, dobleces e inflexiones.

Precisamente por eso hay que leerlos con espíritu crítico y procurando ponerse en guardia ante lo que cuentan. Johnson no oculta una admiración casi incondicional por EEUU, como tampoco esconde que su interpretación de los hechos se sale de lo que él considera “políticamente correcto”. El problema es que lo “políticamente incorrecto” acaba resultando tan pose como su contrario, y a veces es la sensación que le queda a uno leyendo este libro. Muchos de los hechos que se cuentan son salpicados por consideraciones morales que, en muchos casos, no vienen a cuento con la historia (ni con la Historia) y, a veces, se acaba descolgando con un “esto fue así porque moralmente es lo que se debía hacer”, que resulta casi siempre muy discutible.

De las ocho partes en que se divide el libro, quizá las más interesantes sean las que constituyen el período anterior a la Guerra de Secesión. En parte porque debe basarse en documentos ya contrastados y en parte porque la lejanía de los hechos provee al autor de una mirada más limpia hacia ellos (aunque también más mitificante), son estos minilibros los que mejor se dejan leer, casi como pequeñas novelas. Así, la narración de cómo las colonias consiguen la independencia, cómo deciden organizarse en un estado federal, cómo pergeñan la Constitución e, inmediatamente, sus primeras enmiendas y, sobre todo, la descripción de dos de sus grandes presidentes, Washington y Jefferson, se le pasa al lector a una velocidad de vértigo, con todos los detalles que contiene. Igualmente pasa con todo el período posterior, hasta casi 1850, donde las luchas ideológicas entre federalistas y defensores de los derechos de los estados hacen oscilar la política de todo el país de un lado a otro para, al final, ir alcanzando sucesivos compromisos. Trágicamente, este esquema se rompe con la secesión y posterior guerra civil y, a partir de ahí, una reconstrucción lejos de ser perfecta y las heridas que la contienda deja provoca que la época de los compromisarios desaparezca para dar paso al enfrentamiento directo entre sus dos partidos hoy mayoritarios. Esa es otra virtud del libro, lo bien que te explica la gestación y evolución del sistema de partidos, especialmente cuando desaparece la democracia censitaria (a partir de Andrew Jackson, primero, y con la emancipación de los esclavos, después). Y, sobre todo, cómo dicho sistema se acaba reduciendo a un bipartidismo real (aunque no oficial) donde sin embargo se contienen multitud de corrientes políticas de amplio espectro.

Flaquea el libro en dos aspectos importantes: uno es el de la economía, que se adivina uno de los temas preferidos del autor (dedica capítulos enteros al desarrollo de empresas concretas), pero que está tan mal contado, con una profusión de cifras sin ningún interés que acaban hartando al lector, puesto que casi nunca hace una actualización a estándares actuales que puedan, efectivamente, mostrar si un aumento de producción o de facturación es muy grande o muy pequeño. Es un error de bulto en el que Johnson cae cada dos por tres y que lastra mucho la lectura. El segundo aspecto es el desigual tratamiento que da a los presidentes del siglo XX y sus políticas, dependiendo del partido que sean. Como decíamos arriba, Johnson no oculta sus tendencias ni ideología, pero acaba cayendo en el sectarismo absoluto (no en vano es el historiador de cabecera de los neoliberales) cuando dedica varias páginas a hablar de la amoralidad de Franklin D. Roosevelt o John F. Kennedy, mientras que se cuida mucho de santificar a gente como Nixon o Reagan, únicamente —sospecho— porque sus políticas económicas resultan más de su agrado. Y digo esto no ya por el hecho de que disculpe en ciertos presidentes casi lo mismo que critica en otros de signo opuesto, sino porque cuando se trata de dedicar alabanzas, “olvida” conscientemente o, peor aún, disculpa los defectos de aquéllos. Igualmente, en todo este período (hasta el primer mandato de Clinton, directamente titulado “la corrupción clintoniana”), Johnson se deshace de todo espíritu crítico y procura obviar todas las barbaridades que Estados Unidos ha perpetrado en el mundo, especialmente en América Latina. En todos los casos siempre hay una “buena razón”, unas circunstancias poderosas o la culpa es siempre de otros. Y es también en esta época cuando más utiliza el autor el uso de las causalidades posibles, del tipo “se hizo A porque de lo contrario habría sucedido con seguridad B”, en razonamientos a posteriori que anulan por completo, en mi opinión, su credibilidad para el análisis.

Dicho todo esto, y sin ser el único texto existente que nos cuenta la Historia de los Estados Unidos (o del pueblo americano, pues para Johnson, acertadamente, la Historia la construye el pueblo, no las individualidades de sus líderes) sí me permito recomendárselo como aproximación más o menos válida a esta disputadísima nación. Sobre todo por su primera mitad, la de su génesis, tan bien trenzada a pesar de sus dificultades que aún hoy resulta difícil de creer que en tan poco tiempo se hayan convertido, mal que nos pese, en el principal actor de nuestra historia moderna.

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