título
Todología con bigote
9. El Director es la Estrella, vol. I

Who The Devil Made It
Peter Bogdanovich
T&B Editores

En las películas, lo importante son los nombres. No es interpretación per se, como se hace en el teatro. Traes a un chaval y resulta que hace arder la pantalla; un chico o una chica que te impactan al instante. Eso era lo que buscábamos; una cierta cualidad fotográfica, un algo misterioso y oculto que tienen algunas personas… Las grandes estrellas del cine aprendían la técnica y algunas poses y gestos y se convertían en una especie de ídolos del público. Si te gustaban, no podían equivocarse; no importaba lo que hicieran, no era el papel que interpretasen.

ALLAN DWAN

Primer consejo: si les es posible, cómprense este libro en inglés. Segundo consejo: si no les es posible, cómprenselo en español y traten de obviar el bosque de erratas que lo puebla (muchas, muchas, muchas, demasiadas), porque es un texto que merece la pena si les gusta el cine tanto como a mí.

Peter Bogdanovich (Kingston, New York, 1939) empezó su carrera como crítico de cine y acabó pasándose a la escritura de guiones y a la dirección, compaginándolo con un exhaustivo trabajo de historiador en el que se obsesiona por toda la información que recaba sobre las películas y sus creadores hasta el mínimo detalle. El grado de conocimientos que muestra sobre prácticamente cada disciplina del séptimo arte, así como los innumerables personajes que a lo largo de su vida ha tenido la suerte de conocer y tratar —en algunos casos, muy íntimamente— se refleja en todos sus libros, donde despliega un amor incondicional por el oficio de hacer películas.

Bogdanovich, considerado primero una especie de apéndice de los franceses de Cahiers du Cinéma, ha acabado desarrollando un estilo propio que se despliega en todo lo que hace, ya sea dentro de la pantalla con joyas como The Last Picture Show (1971) o ¿Qué me pasa, doctor? (What’s up, doc?, 1972), o fuera de ella, como en el texto que nos ocupa. En este primer volumen de entrevistas a directores clave de la Historia de Hollywood nos encontramos a cinco colosos de la realización, que a lo largo de extensas entrevistas-conversaciones desvelan tanto su punto de vista sobre lo que debería ser el cine (independientemente de la transformación que éste sufre a lo largo de su desarrollo) como trucos y técnicas que utilizaban para suplir carencias o inventar situaciones imposibles. Esta especie de tratado es, en cierto, un manual de estilos contrastados que otorga al lector una visión amplia y poderosa de las grandes posibilidades contenidas en la narración por la imagen.

Así, tendríamos para empezar al casi olvidado Allan Dwan, genio absoluto de la época muda al que Bogdanovich ha intentado constante y tercamente rescatar y colocar en su justo sitio, escribiendo incluso una monografía sobre él (Allan Dwan, The Last Pioneer) y colocando una cita suya al principio del libro, que es la que encabeza esta misma reseña. Dwan, responsable de muchos éxitos del mítico Douglas Fairbanks y de la novia de América, Mary Pickford (por ejemplo), concebía el cine casi exclusivamente a través de la imagen. Aunque pudo adaptarse al sonoro e hizo alguna que otra película que funcionó bien en taquilla, para Dwan los diálogos debían ser los justos, ya que impedían desarrollar las técnicas de imagen en favor de un intercambio de frases que podía hacerse sin nada alrededor. Es, quizá, la entrevista más interesante junto con la de Howard Hawks, puesto que Dwan fue, forzosamente, quien entró en el cine cuando éste andaba más en pañales y, por eso mismo, se hizo responsable de muchas invenciones que luego se han conservado o mejorado, manteniendo el concepto. Tal es así, que incluso era partidario de un número mínimo de rótulos entre escenas, de modo que al público no se le diera todo mascadito y pudiese implicarse más en el film en cuestión. Dwan, además, representa una época que ya no volverá a Hollywood, y es aquella en la que los directores gozaban de libertad casi absoluta para investigar, experimentar y montar sus películas más allá del yugo actual de los ejecutivos de los estudios.

A Dwan le siguen Raoul Walsh, maestro del cine de acción, principalmente, y quien lanzó a Humphrey Bogart al estrellato con El Último Refugio (High Sierra, 1941). Walsh se presenta como un hombre lleno de energía, lanzado y entusiasta, implicado hasta el fondo con sus actores y con el genio muy vivo, algo que también se puede palpar en sus trabajos. Al igual que con Dwan, tenemos a un cronista de la transición del mudo al sonoro, sólo que en este caso mucho más inmerso en las películas habladas. Gracias a ello, podemos disfrutar de una continuidad en el texto mientras nos lleva de la mano por la llamada “época dorada”.

El registro cambia, y mucho, con Fritz Lang. Ya nos lo advierte el propio autor: «He conocido a pocas personas que hablaran bien de Lang. […] Dicen que Spencer Tracy no fue el único actor que juró no volver a trabajar con él; Henry Fonda hizo el mismo juramento en dos ocasiones (después de Sólo se vive una vez y de La Venganza de Frank James)». Efectivamente, en esta tercera entrevista, fascina más, quizá, la personalidad del entrevistado que la indudable calidad de sus inquietantes films, impregnados en diferente medida de esa esencia expresionista alemana que nunca pudo ni quiso quitarse. Para Lang, la clave de la película siempre estaba en el fondo del protagonista, habitualmente un hombre corriente que acaba ejerciendo de héroe. La conversación con Lang, además, encierra varias sorpresas en las opiniones que tiene sobre algunas de sus películas más relevantes. No llega a quedar claro cuál es la verdadera visión de Lang en cuanto al cine como arte, pero quizá es que en ese aspecto pasa lo mismo con sus películas; siempre encierran una misteriosa neblina sobre sus intenciones.

Nos saltamos las dos páginas dedicadas a Josef Von Sternberg, que considero superfluas de todo punto. Si Sternberg no quiso realmente contar nada, si sus respuestas eran poco más que monosílabos y si al final resulta en decepción (mitigada, por otra parte, por el hecho de que Sternberg ya había dicho todo lo que quiso decir en sus propias memorias), incluir este pequeño trozo a mitad del libro para contar lo arisco que era suena a resentimiento por parte del autor. Innecesario.

La entrevista más larga se la hace a Howard Hawks, a todas luces el favorito de Bogdanovich y, por lo que parece, con quién más amistad trabó. Me gusta la descripción que da de él: «Don Siegel, quien mientras estuvo al frente del departamento de montaje de la Warner a finales de los años treinta y primeros cuarenta vio trabajar a casi todos los grandes directores, me dijo que Hawks era el que tenía más aspecto de director; alto y delgado, con sus cabellos canos, es verdad que tenía aspecto de director. Según Don, cuando uno llegaba a un rodaje de Hawks, sabía inmediatamente quién mandaba». Las fotos incluidas en el libro corroboran a mi entender esa impresión. Y queda muy claro a lo largo de la entrevista: Hawks tenía siempre meridianamente claro lo que quería; sus actores, sobre todo los que ya habían hecho alguna película con él, también. John Wayne, por poner un ejemplo significativo, le adoraba, con él funcionaba como una máquina perfectamente engrasada. Cary Grant hizo con él más películas que con nadie. Orson Welles le consideraba el más talentoso de todos. Y podríamos seguir (y de hecho, Bogdanovich sigue), pero la mejor prueba es que Hawks representa casi cinco décadas de cine americano en las que toco absolutamente todos los géneros. Y esas son seguramente las razones por las que las conversaciones con él ocupan nada menos que la cuarta parte del libro. Hawks representa, además, el punto de ruptura con los anteriores, ya que para él la eclosión se produce con el cine sonoro y posiblemente nadie como él ha sido capaz de conseguir diálogos tan valiosos y duraderos en las películas. Añádanle el descubrimiento de gente como Lauren Bacall o sus múltiples colaboraciones con William Faulkner y comprenderán el alcance de este genial director.

Se cierra este primer volumen con otro de los directores-fetiche de Bogdanovich, Alfred Hitchcock. Aunque la entrevista es larga, no es tan densa ni tan completa —lógicamente— como las que Truffaut le hizo para su conocidísimo libro, aunque es, con mucho, la más divertida. Empezando porque en ella Hitch ya nos dice que a Truffaut le coló un par de trolas en su momento. Es, también, muy enriquecedora porque complementa a las demás en el sentido de que el concepto de cine que el gordo Alfredo tenía era bien diferente al del resto. Hitchcock se caracterizaba por tener un control milimétrico sobre el diseño de sus películas, donde no había detalle sin contemplar, ni plano o diálogo improvisado, ni elemento de attrezzo sin su función claramente especificada. Por eso y por el indisimulado desprecio que mostraba hacia los actores, a los que consideraba meros instrumentos, el caso del británico es el más claro de un director cuyo nombre invade toda la película, plano a plano, algo que se ha dado muy pocas veces en la Historia del Cine, y mucho menos en directores que no son actores (quizá quien más se le parezca en este punto es Steven Spielberg, pero su estilo ni siquiera es tan marcado como el de Hitch). Para los que hemos leído el libro de Truffaut, no obstante, esta entrevista se queda muy descafeinada, ya que pasa —más bien corre— por encima de su filmografía y, como era habitual en él, nos deja con la miel en los labios cada cuatro o cinco párrafos. No obstante, habla mucho más de la técnica y de esa atención obsesiva por el detalle, que él mismo reconocía que era casi enfermiza. Cuando uno lee esta entrevista comprende que Hitchcock era poco amigo de concesiones y eso se ve en larga filmografía. Se intuye también una gran amargura en una persona que —al igual que los entrevistados precedentes— no concebía la vida sin poder hacer películas y era consciente de que, posiblemente, no podría hacer ninguna más.

Cada director entrevistado por Bogdanovich supone un cuadro, un capítulo si lo prefieren, dentro de un libro de estampas. Esas estampas nos ayudan a entender por qué cada director es un mundo aparte del resto, por qué las épocas por las que el cine ha ido pasando son tan diferentes unas de otras, casi década a década. Muestran, además, cómo las diferentes miradas, las diferentes personalidades de estos directores, influyen poderosamente en lo que luego aparece en pantalla, algo tangible, casi mascable, tan distinto y definido como el estilo de un escritor, un pintor o un compositor, incluso atacando géneros diversos. Poner a todos estos creadores uno al lado del otro refuerza los contrastes y beneficia mucho al cine-arte, a ojos del espectador. El mérito es de los entrevistados, indudablemente los auténticos protagonistas, pero también lo es del entrevistador, un Peter Bogdanovich que se gusta y se hace querer en la selección de preguntas, alejándose de las frivolidades pero sin caer en la pedantería técnica. Eso si exceptuamos el largo prólogo, en el que se hace un poco irritante el afán de protagonismo de don Pedro entre tanta estrella, pero que por otro lado resulta casi imprescindible para entender cómo es posible que el autor consiga siempre interesantes respuestas de personas tan dispares. Tercer consejo (que yo no seguí): déjense el prólogo para el final.

Quisiera terminar resaltando otra de las interminables virtudes de este libro: no sólo es entretenidísimo, sino que además no requiere tener conocimientos profundos del cine para poder seguirlo con soltura. Ni siquiera es necesario haber visto las películas que en él se mencionan, que son bastantes (y servidor se habrá visto como mucho el diez por ciento). Antes bien, incita a rescatar películas desconocidas o visionadas mucho tiempo atrás, a recuperar el deseo de ver un cine hecho con mimbres más bastos pero también —quizá— mejor trenzados.

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8. Una bicicleta en la playa

Bicycle on the Beach, Peter Viertel
Ed. Berenice

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7. The Black Book (Kara Kitap)

Orhan Pamuk
(trad. Maureen Freely)
Ed. Faber & Faber (Gran Bretaña)

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6. Enviar y Recibir

Màrius Serra
Ed. Península

Recibo este libro enviado por el propio autor (moltes gràcies, Màrius) en el que éste reúne 141 artículos representativos de su trabajo como columnista, principalmente en los diarios La Vanguardia y Avui, durante 141 meses. Colocados en desorden y agrupados en cuatro secciones, denominadas Fuego, Juego, Ruego y El resto es literatura, más un conjunto de enigmas léxicos o verboglifos, como él los llama, estos artículos nos ofrecen una buena muestra del pensamiento del escritor catalán ante la realidad que ha estado viviendo en primera persona y que ha ido reflejándose en la prensa escrita catalana, quizá la más crítica e irónica con su propia sociedad.

Las dos primeras secciones podrían corresponderse con política, sociedad y temas locales entremezclados (digamos que la primera es mayormente social y la segunda principalmente política, pero tampoco esto es cierto), mientras que la tercera es, sobre todo, lingüístico-catalanista. Quizá es por eso que la primera mitad del libro resulta mucho más interesante y rica en contenido que la segunda, demasiado repetitiva y visceral, mientras que la última sección se antoja escasa y deja gana de más. Pero todas ellas son Serra en su salsa. Me ha sorprendido gratamente (por pura vanidad) observar que compartimos pasión por dos autores amantes de los juegos de palabras, como son el gran CAbrera INfante y, entendido como uno solo (tal que Aristóteles y Eurípides), el conjunto Les Luthiers. Pero no es extraño: conocido es que Serra une a su faceta periodística-escritora la de enigmista, como le gusta denominarse, y aprovecha cualquier circunstancia para dejarnos acertijos de aparente sencillez sumergidos en sus textos. Aquí es más explícito y los incluye en un apartado propio, con las soluciones al final del libro, cual revista de crucigramas, a los que también se dedica.

Ya he dicho en alguna ocasión que prefiero al Màrius articulista que al escritor de novelas; pienso que se crece en los espacios pequeños y se permite ser mucho más irónico y efectivo que cuando ha de alargar las situaciones. Por eso sus artículos de política y sociedad se me van en un suspiro, a veces contenido por la inclusión del contrapunto aparecido en la columna inmediatamente posterior, donde el autor incluso se da a sí mismo la puntilla cuando el texto ha desatado cierta polémica. En este sentido el libro es, además, novedoso y en cierta medida arriesgado, al incluir tras los artículos (no en todos) parte de las reacciones que el autor recibe en su correo electrónico, no siempre halagüeñas y en ocasiones realmente a degüello, por mantener la diéresis. Esto provoca que las columnas se conviertan en riadas donde se puede complementar, apostillar o rechazar de plano las opiniones de Serra, cosa que a veces resulta bastante tierna (como en el artículo sobre el injustamente desconocido juego del Sipaidis), otras veces algo chocante (la canonización de Escrivá) y otras, directamente, aburrida e irritante (la interminable serie de réplicas a su diatriba contra Ciutadans de Catalunya, inexplicablemente el artículo más largo de todo el libro). Creo, no obstante, que incluir la aportación de los lectores es un acierto: me consta (y a mí mismo me ocurre, aunque no lo haga profesionalmente) que tener que escribir un artículo con la presión de las entregas sobre temas de rabiosa actualidad, o no, supone arrancar muchas cosas de las vísceras y arrojarlas al horno olvidándose de hacer una limpieza previa; por ello, añadir ciertas acotaciones, aun siendo ajenas, al trabajo del autor (sin saber si éste está de acuerdo con lo que se le discute) permite aflojar un poco la tendencia a creerse la magia de quien por principio es hábil con las palabras. Es cierto que pueden acabar lastrando el conjunto, y de ahí mi calificativo anterior de “arriesgado”, aunque en este caso opino que el resultado es más que satisfactorio.

Un par de cositas más para el “debe” de este libro: aun siendo la agrupación de artículos un tanto arbitraria, no lo es tanto en su sección “Ruego”, casi dedicada por completo a los errores en la lengua catalana que los medios emplean. Era más simple, en mi opinión, ir salpicando estos artículos por las otras secciones para que no resultasen aburridos por reiterativos, ya que leerlos uno detrás de otro conducen al bostezo, en especial para quienes no conocemos los entresijos de la gramática catalana (aunque podamos leer y entender el idioma, que esa es otra distinta). Para que se hagan una idea, es como si alguno de ustedes, sufridos lectores de este cuaderno, hubieran de leerse toda la sección de El idioma se defiende, comentarios incluidos. Por otra parte, aunque me parece perfecto dejar cada reacción del lector en su idioma original (castellano o catalán), en los textos donde Serra habla de términos y juegos de palabras catalanas habría sido de agradecer, al menos, unas notitas al pie de página para explicarlos, ya que para el castellanohablante no siempre es intuitivo lo que significan, y habitualmente no se tiene a mano internet para buscarlo sobre la marcha.

Resumiendo: “Enviar y Recibir” es un libro irregular, como suelen serlo todas las recopilaciones de artículos, reseñas, relatos o grandes éxitos del agropop. Pero es una lectura de baño o de metro fantástica, por lo breve de los textos que lo componen, y muy recomendable para despejarse la mente un rato (carcajadas me sacó el artículo sobre las abreviaturas de nombres propios en la tarjeta sanitaria) sin por ello caer en la liviandad, gracias también a la variedad de temas que abarca y a no encastillarse en una línea de pensamiento, sino planteando dudas y cuestionando “lo que hay”, aunque a veces pontifique demasiado. Si les gusta el columnismo y los juegos de palabras, pueden hacerse con este libro para cogerlo de vez en cuando y, también, para dejarlo cuando no apetece. En ambos casos, es tiempo bien aprovechado.

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5. Camelladas - Exploraciones por el verdadero Sahara

Théodore Monod
Ed. Olañeta

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4. Todos los estrenos de 2007

Varios Autores
Ed. JC Editores

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3. Hechos, dichos, ocurrencias y andanzas de Bardín el Superrealista

Max
Ed. La Cúpula

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24. Amphigorey

Edward Gorey
Ed. Valdemar

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23. A History of the American People

Paul Johnson
Harper Perennial Publishers

Más de un año (con pausas, evidentemente) me ha llevado leerme este impresionante tocho de mil páginas en el que Paul Johnson cuenta, de manera amena y directa, los casi cuatrocientos años de historia de los controvertidos Estados Unidos de América.

A pesar de mis constantes críticas, reconozco que es un país al que admiro y que siempre me ha despertado un profundo interés. Creado prácticamente de la nada, por colonos que desde un principio decidieron establecerse en comunidades participativas, en apenas dos décadas evolucionaron y se desarrollaron velozmente hasta convertirse en la primera potencia mundial, de manera (al menos hasta ahora) indiscutible. Gracias a este libro, podemos seguir esa evolución y entender mucho mejor el carácter de ese pueblo, siempre sometido a tópicos y clichés que en ocasiones crearon ellos mismos. La Historia narrada, como es el caso de este y otros textos parecidos, ayuda en muchas ocasiones a comprender el por qué de sus recovecos, dobleces e inflexiones.

Precisamente por eso hay que leerlos con espíritu crítico y procurando ponerse en guardia ante lo que cuentan. Johnson no oculta una admiración casi incondicional por EEUU, como tampoco esconde que su interpretación de los hechos se sale de lo que él considera “políticamente correcto”. El problema es que lo “políticamente incorrecto” acaba resultando tan pose como su contrario, y a veces es la sensación que le queda a uno leyendo este libro. Muchos de los hechos que se cuentan son salpicados por consideraciones morales que, en muchos casos, no vienen a cuento con la historia (ni con la Historia) y, a veces, se acaba descolgando con un “esto fue así porque moralmente es lo que se debía hacer”, que resulta casi siempre muy discutible.

De las ocho partes en que se divide el libro, quizá las más interesantes sean las que constituyen el período anterior a la Guerra de Secesión. En parte porque debe basarse en documentos ya contrastados y en parte porque la lejanía de los hechos provee al autor de una mirada más limpia hacia ellos (aunque también más mitificante), son estos minilibros los que mejor se dejan leer, casi como pequeñas novelas. Así, la narración de cómo las colonias consiguen la independencia, cómo deciden organizarse en un estado federal, cómo pergeñan la Constitución e, inmediatamente, sus primeras enmiendas y, sobre todo, la descripción de dos de sus grandes presidentes, Washington y Jefferson, se le pasa al lector a una velocidad de vértigo, con todos los detalles que contiene. Igualmente pasa con todo el período posterior, hasta casi 1850, donde las luchas ideológicas entre federalistas y defensores de los derechos de los estados hacen oscilar la política de todo el país de un lado a otro para, al final, ir alcanzando sucesivos compromisos. Trágicamente, este esquema se rompe con la secesión y posterior guerra civil y, a partir de ahí, una reconstrucción lejos de ser perfecta y las heridas que la contienda deja provoca que la época de los compromisarios desaparezca para dar paso al enfrentamiento directo entre sus dos partidos hoy mayoritarios. Esa es otra virtud del libro, lo bien que te explica la gestación y evolución del sistema de partidos, especialmente cuando desaparece la democracia censitaria (a partir de Andrew Jackson, primero, y con la emancipación de los esclavos, después). Y, sobre todo, cómo dicho sistema se acaba reduciendo a un bipartidismo real (aunque no oficial) donde sin embargo se contienen multitud de corrientes políticas de amplio espectro.

Flaquea el libro en dos aspectos importantes: uno es el de la economía, que se adivina uno de los temas preferidos del autor (dedica capítulos enteros al desarrollo de empresas concretas), pero que está tan mal contado, con una profusión de cifras sin ningún interés que acaban hartando al lector, puesto que casi nunca hace una actualización a estándares actuales que puedan, efectivamente, mostrar si un aumento de producción o de facturación es muy grande o muy pequeño. Es un error de bulto en el que Johnson cae cada dos por tres y que lastra mucho la lectura. El segundo aspecto es el desigual tratamiento que da a los presidentes del siglo XX y sus políticas, dependiendo del partido que sean. Como decíamos arriba, Johnson no oculta sus tendencias ni ideología, pero acaba cayendo en el sectarismo absoluto (no en vano es el historiador de cabecera de los neoliberales) cuando dedica varias páginas a hablar de la amoralidad de Franklin D. Roosevelt o John F. Kennedy, mientras que se cuida mucho de santificar a gente como Nixon o Reagan, únicamente —sospecho— porque sus políticas económicas resultan más de su agrado. Y digo esto no ya por el hecho de que disculpe en ciertos presidentes casi lo mismo que critica en otros de signo opuesto, sino porque cuando se trata de dedicar alabanzas, “olvida” conscientemente o, peor aún, disculpa los defectos de aquéllos. Igualmente, en todo este período (hasta el primer mandato de Clinton, directamente titulado “la corrupción clintoniana”), Johnson se deshace de todo espíritu crítico y procura obviar todas las barbaridades que Estados Unidos ha perpetrado en el mundo, especialmente en América Latina. En todos los casos siempre hay una “buena razón”, unas circunstancias poderosas o la culpa es siempre de otros. Y es también en esta época cuando más utiliza el autor el uso de las causalidades posibles, del tipo “se hizo A porque de lo contrario habría sucedido con seguridad B”, en razonamientos a posteriori que anulan por completo, en mi opinión, su credibilidad para el análisis.

Dicho todo esto, y sin ser el único texto existente que nos cuenta la Historia de los Estados Unidos (o del pueblo americano, pues para Johnson, acertadamente, la Historia la construye el pueblo, no las individualidades de sus líderes) sí me permito recomendárselo como aproximación más o menos válida a esta disputadísima nación. Sobre todo por su primera mitad, la de su génesis, tan bien trenzada a pesar de sus dificultades que aún hoy resulta difícil de creer que en tan poco tiempo se hayan convertido, mal que nos pese, en el principal actor de nuestra historia moderna.

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22. Dylan Dog Vol. 1

Concepto y Textos: Tiziano Sclavi
Dibujo: Varios Autores
Ed. Aleta/Bonelli

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21. Can't be arsed - 101 things not to do before you die

Richard Wilson
Portico Boooks

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20. Gomorra

Roberto Saviano
Ed. Debate

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2. Instrucciones para doblar un mapa

Alber Vázquez
Ed. Verbigracia

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19. Bekenntnisse des Hochstaplers Felix Krull

(Confesiones del estafador Felix Krull)
Thomas Mann
Fischer Verlag

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18. La Virgen del Burdel

Hubert & Kerascöet
Ed. Planeta – DeAgostini

Con el trasfondo de las interioridades de un burdel parisino en los años 30, La Virgen del Burdel es un interesante thriller ligeramente erótico en el que se cuenta la historia de una muchacha que decide ejercer de prostituta con el fin de encontrar a los asesinos de su hermana.

Con colores luminosos y un trazo sencillo y limpio, aunque algo descoordinado en los rostros, el cómic pasa del París idílico al más sórdido en rápida transición pero sin brusquedades, dejando muy clara cuál es la evolución de la protagonista y el terrible esfuerzo que le cuesta ser valiente en un mundo donde los timoratos nunca sobreviven.

Una buena colección de secundarios da forma a este relato en viñetas de gran expresividad, sin acudir a los trucos de cámara ni a las escenas tremendistas. Se deja leer de corrido y queda en la retina una vez cerradas sus tapas. Una buena elección para una tarde de lluvia.

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17. La Vida Difícil

Sławomir Mrożek
Ed. Acantilado

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16. Delete This At Your Peril

One Man´s Hilarious Exchanges With Internet Spammers
Bob Servant (Edited by Neil Forsyth)
Skyhorse Publishing

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15. De Otra Manera

Otherwise
Jane Kenyon (Edición de Hilario Barrero)
Ed. Pre-Textos

Reseña de Max Vergara Poeti.

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14. Personajes Alemanes

Deutsche Menschen
Walter Benjamin
Ed. Paidós

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13. El alma está en el cerebro

Eduardo Punset
Ed. Punto de Lectura

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12. El asombroso viaje de Pomponio Flato

Eduardo Mendoza
Ed. Seix Barral

Aunque la obra de Mendoza está plagada de novelas en clave de humor (más o menos sutil), de vez en cuando se descuelga con un divertimento de comedia pura, como sucedió en la hipervendida “Sin Noticias de Gurb” y la menos lograda “Horacio Dos”. En esos casos, y en palabras del propio Mendoza, no se trata de hacer crítica de ninguna clase, sino simplemente algo entretenido y que levante la sonrisa al lector.

“El asombroso viaje de Pomponio Flato” pertenece a este género, por lo que no debe tomarse demasiado en serio respecto al marco en que se ubica, esto es, la Palestina de principios del siglo I, en la que el detective romano Pomponio Flato ha de resolver por cuenta propia un caso de asesinato donde hay un falso culpable. El tal no es otro que un carpintero de Nazaret llamado José, cuyo hijo Jesús encomienda a Pomponio que le ayude y ya, de paso, se engancha él a la investigación metiendo a ambos en más líos de los deseables. Con semejante trasfondo es de prever que habrá más de un guiño y más de dos a archiconocidos pasajes bíblicos.

La novela es, desde luego, no una parodia de los Evangelios, sino más bien del género de novela policiaca histórica a lo Lindsey Davis [1]. Es cortita y ligera de leer, muy apropiada para el metro o el tren. Y quizá por lo mismo decepciona, incluso a un servidor, que le admite a Mendoza más de lo que al resto de escritores. No me ha quedado claro si la parodia podía haber sido más mordaz, pero si me da la sensación de que se contiene bastante a la hora de lanzar pullas, cosa que no suele ser su estilo. Igualmente no acaban de definirse los personajes, en especial el de Pomponio, que a veces se parece demasiado a Marco Didio Falco (volvemos a Davis), otras al protagonista sin nombre de “El Misterio de la Cripta Embrujada”, y otras al Pablo Miralles del cruasán de Pablo Tusset. Todo muy amplio y sin acabar de rematar. No puede achacarse eso a la extensión del libro, pues “El Año Del Diluvio” es igual de corto y sin embargo los personajes quedan muy bien dibujados desde el principio. Por supuesto que no es comparable a “Sin Noticias De Gurb”, pero en ella es la caoticidad justamente su principal encanto… aún así, del “Pomponio” esperaba algo más. En especial, cuando el género policiaco-antigualla ya es, en sí mismo, una parodia, incluso en las pretendidamente serias novelas de Christian Jacq, si bien hay que reconocer que la época romana da bastante más juego.

Si no han leído nada de Mendoza aún, no les aconsejo que empiecen por aquí, porque corren el riesgo (calculado) de no querer nada más del barcelonés. Pueden prescindir de ella tranquilamente y dirigirse a textos anteriores, mucho más ricos y divertidos. Y, en todo caso, dejárselo regalar cuando ya hayan podido catarle en sus mejores momentos. Que hasta Woody Allen hace malas películas, oigan.

1 Por cierto, algún día deberíamos hablar del no tan conocido pero mucho más divertido Joaquín Borrell, que aunque no lo crean toca este género magistralmente.

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11. Der Besuch der alten Dame (La visita de la vieja dama)

Friedrich Dürrenmatt
Diogenes Verlag

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10. Los acertijos de Sam Loyd

Selección y traducción de Daniel Samoilovich
Ed. RBA

… o cómo no se debe editar un libro si no se sabe cómo hacerlo. Me parece un acierto que se haya intentado traer al lector en castellano una selección del genio de los ingenios Sam Loyd, a quien yo desconocía antes de leer a Martin Gardner, admirador incondicional suyo. De los más de cinco mil acertijos que creó y publicó en su vida, esta edición contiene alrededor de noventa de tipo matemático, lógico o lingüístico, principalmente. Y es aquí donde la edición patina de forma estrepitosa: primero, porque es una idiotez, con perdón, hacer traducciones de acertijos lingüísticos, sean de palabras o sílabas, cuando éstos han sido publicados en un idioma diferente y, por lo tanto, forzosamente han de resolverse de manera distinta. Vamos, que Samoilovich ha aprovechado para colar algunos enigmas de cosecha propia, porque si no no se explica semejante despropósito, en el que el lector nunca puede saber si el acertijo original tenía la misma dificultad que el —disculpen, tos— traducido.

Aparte de esto, que difícilmente es justificable, la edición está repleta de erratas e incluso en algún que otro enigma hay un dato que falta (esto se comprueba porque dicho dato aparece luego en la pista o en la solución, descrito como si ya estuviera en el enunciado). Por todo ello, les recomiendo encarecidamente… que se olviden de esta edición de RBA. Si quieren ver una estupenda selección de los acertijos de Loyd, agrupados por temas y entre los que se encuentran casi todos los publicados en el libro reseñado, acudan al siguiente enlace, preparado por Patricio Barros y Antonio Bravo: Los Acertijos de Sam Loyd – Selección de Martin Gardner

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1. Pura Anarquía

Woody Allen
Ed. Tusquets (Coleccion Andanzas)

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