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Todología con bigote
Reinserción

Al presidente del Bayern de Múnich y pez gordo del quién es quién bávaro, Uli Hoeness le han pillado con el carrito de los impuestos evadidos y hoy le ha condenado un juez a tres años y medio de cárcel (sin posibilidad de libertad condicional, si lo entendí bien), más el pago del dinero defraudado y, supongo —aún no he leído la sentencia— una buena multa. En lo de la cárcel ha salido incluso bien parado: la Fiscalía pedía cinco años y medio, no tendrá que entrar en prisión en tanto se resuelva su más que probable recurso y podrá seguir siendo mientras tanto presidente del FC Bayern.

Hoeness se había autodenunciado, una figura legal alemana a la que uno puede acogerse en estos casos con el fin de ver reducida su sentencia. No le ha salido bien: de los quince millones y medio de euros en impuestos impagados que reconocía se ha pasado durante el juicio a más de veintiocho millones, conforme iban saliendo a la luz los resultados de la investigación realizada por Hacienda. A partir de ahí, el juez lo tuvo clarísimo y dictaminó que la autodenuncia no podía ser efectiva para el acusado.

Como suele decirse, hasta aquí los hechos. Ahora podríamos preguntarnos si la sentencia es justa, si la condena adecuada o si habría sido deseable dejar más o menos tiempo en prisión al ahora culpable. Lo discutía ayer con un compañero de trabajo —alemán— y él no lo veía demasiado claro. “Si lo que ha hecho es defraudar dinero que lo devuelva y que le multen, pero tampoco es que haya matado a alguien o violado a un niño o algo semejante. No veo que la cárcel aquí sirviera de mucho”. Aunque soy partidario de tener entre rejas una temporadita a quienes cometen esta clase de delitos —cuyas consecuencias son muy graves de forma indirecta, aunque es cierto que mucho más difíciles de medir—, esa frase me hizo pensar durante un buen rato. Como que todavía le estoy dando vueltas y ahora soy yo el que no lo tiene tan claro.

En España el sistema penal está orientado a reinsertar al reo y procurar que vuelva a integrarse en la sociedad tras cumplir la pena que se le imponga. Esto es algo complicadísimo y por ello se requiere reconocer el mérito que supone cada vez que se consigue. El problema está cuando esa reinserción pretende obtenerse mediante fórmulas matemáticas (redención automática por trabajo, por estudios, por una serie de factores bastante abstractos) sin prestar atención a las circunstancias de cada preso o al tipo de delito que hayan cometido. El camino a seguir parece diáfano en casos como, por ejemplo, los presos por terrorismo. Pero aplicar la misma lógica a un macro-evasor fiscal puede que no tenga el mismo efecto.

Y ahí podríamos abrir el debate sobre la factibilidad y la legalidad de imponer penas “a medida” del delito causado. Mi conocimiento de leyes es muy básico, pero creo que la propia Constitución corta de raíz esta posibilidad, o al menos deja poco margen más allá de las imaginativas sentencias del juez Calatayud. Aunque sería interesante averiguar la forma —si la hay— de hacer restituir al evasor por lo menos el dinero evadido, incluso si eso supusiera un embargo continuo de sus bienes y las nóminas que pueda ir cobrando en vida, con el límite legal que se imponga para que el condenado no se muriera de hambre. Hay que recordar que en este país se imponen fianzas millonarias a presuntos delincuentes que, aparentemente, no encuentran dificultad en depositarlas sin que nadie se plantee de dónde sale el dinero y cómo son capaces de reunirlo con esa velocidad. Para mí en esos casos está muy claro cuál es el punto más sensible de dichos individuos, y se encuentra tras las cifras de una cuenta bancaria. O muchas.

Una de mis partes favoritas de El Conde De Montecristo —si no la han leído, aviso que voy a reventarles parte del final— es cuando Dantès encierra al banquero Danglars en una prisión lujosa y lo deja a cargo de un bandido amigo suyo. Las instrucciones son precisas: a Danglars se le tratará bien, pero cada vez que quiera comer, da lo mismo si pide un faisán que un grano de uva, se le cobrarán cien mil francos. El banquero, avaro, ambicioso y ruin (parte de su fortuna la había conseguido con fondos para beneficencia), acaba casi completamente arruinado, que es cuando Dantès lo vuelve a dejar libre. Y también salió bien parado; sus compañeros en la conspiración de décadas atrás acabaron bajo tierra o en el manicomio. Y siempre que leo la novela pienso si no sería buen castigo para aquellos que nos arruinan sin atisbo de piedad ni asomo de remordimiento. Y las pocas veces que llegan a juzgar a estos criminales siempre me pregunto si no podrían aplicarles la “solución Danglars” mejor que esas penas de prisión que raramente llegan a cumplirse.

Que yo estoy a favor de la reinserción, pero en ciertos casos la cárcel no es la mejor manera. Es mucho más doloroso —y por ello más efectivo— convertirles en lo que nunca pensaron que serían: pobres.

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