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Todología con bigote
Detritertulias

Si bucean por notas antiguas de este cuaderno (tienen la sección de archivos en la columna derecha) encontrarán una serie de posts que empezaban con la pregunta “¿Y quién nos defiende de los periodistas sectarios?” Estas anotaciones iban dirigidas a sacar las vergüenzas de autodenominados periodistas que utllizan el poder de difusión de sus medios para retorcer las noticias que daban, impregnándolas de opiniones que pretenden pasar como hechos. Seguramente si les pido que me digan rápidamente los nombres de algunos de estos individuos, acabaríamos coincidiendo en bastantes.

Con el tiempo, me fui dando cuenta de que el periodista sectario no es la excepción, sino la regla, pues es muy difícil desacoplar la propia visión de una noticia de la forma de redactarla. El buen periodista se diferencia del malo en que consigue que dicha opinión no contamine el relato de los hechos hasta el punto de hacerlo irreconocible respecto de la realidad. Y, como la percepción de esa realidad es también subjetiva para el lector, la gran dificultad para el periodista está en hacerla creíble para su destinatario.

Aunque en España hubo debates desde mucho antes, creo que el género de la tertulia del tipo “mesa camilla” lo trajo primero a nuestro país Jesús Hermida. En su magacín de sobremesa reunía a una serie de personajes cuya primera característica era, precisamente, una credibilidad labrada a través de sus profesiones. Había periodistas, escritores, artistas y, también, gente que no sabíamos muy bien de dónde había salido pero que expresaba opiniones más o menos razonadas. De acuerdo, más adelante pondríamos en cuestión estas opiniones por motivos bien distintos, pero de lo que no me cabe duda es de que aquella forma de hacer televisión dejaba abiertas las puertas a un análisis, incluso a vuelapluma, mucho más productivo.

La llegada de las teles privadas y, en consecuencia, el desarrollo de la televisión como puro espectáculo, un concepto que por entonces aún se exploraba, acabó teniendo efectos colaterales que se fueron degenerando con el paso de los años y el cambio de mentalidad de los propios espectadores. La tertulia televisiva, por supuesto, también sufrió dichos efectos secundarios y, aunque quedaba algún que otro bastión de discusión civilizada, incluso éstos quedaron pronto relegados exclusivamente a la radio y en la televisión se impuso el grito sobre la razón, el exabrupto sobre la academia, el monosílabo sobre el polisílabo y el palillo en la boca por encima de la patilla mordida de las gafas. Incluso la palabra contertulio acabó transmutándose en tertuliano y yo diría que, al menos, eso ha servido para diferenciar el ruido de la música. En cualquier caso, ese camino acabó resultando sin retorno y aquella televisión se marchó para no volver jamás.

Uno podría pensar que Internet ha seguido un camino similar: desde aquella red que manejaba los grupos de noticias como foros de discusión en los que los propios miembros exigían argumentos por encima de las consignas se ha pasado a la inmediatez efímera de las redes sociales, la discusión de frase hecha y dardo ingenioso, la comodidad del sofisma frente a los datos y, directamente, a la falsificación intencionada del argumento. Y, además, el objetivo es el mismo: llegar y convencer al mayor número posible de personas construyendo una credibilidad que casi nunca tiene fundamentos sólidos pero que resulta tremendamente efectiva a la hora de hacer llegar el mensaje.

Pero hay otro efecto todavía más feo: Internet, en lugar de haber sustituido a la tertulia televisiva como fuente de sectarismo lo que ha hecho ha sido potenciarla, darle nuevos bríos. Los responsables de las cadenas, gente que es de todo menos imbécil, no han tardado en darse cuenta de este hecho y de las posibilidades que tiene en forma de difusión, audiencia y, consecuentemente, publicidad e ingresos. Y han llevado el ya maltratado género del debate a una fase todavía más allá de las tertulias descritas más arriba: mientras que en los noventa y primeros años del nuevo siglo las discusiones se reducían a un campeonato de gritos, ahora a esos gritos se le añaden carretadas de estiércol. Han surgido nuevas estrellas de la boñiga “periodística” (y permítanme las comillas para diferenciarlos de los verdaderos profesionales) que se dedican a armarla parda —un color muy apropiado— conociendo ese efecto multiplicador que van a tener mediante las redes. De este modo, el campeonato de despropósitos ahora tiene otros objetivos, y las nuevas estrellas mediáticas, algunas de las cuales dirigen incluso (e inexplicablemente) periódicos, no reparan en volverse los mayores terroristas de la palabra o los máximos lameculeros con tal de servir a quienes generosamente les pagan.

Y lo peor es que respondemos.

No tienen más que ver qué es lo que corre por twitter, facebook y otros lugares cada vez que hay programas de este tipo en horario de sobremesa o por la noche, en la hora punta. Iba a nombrar unos pocos, pero seguro que no es necesario, pues ya los conocen de sobra. Por encima de las supuestas ideologías que tienen las cadenas (risas), basta con que uno de estos programas aparezca por la televisión para que sea imposible tener una red social abierta sin toparte con que fulano ha dicho, mengano ha respondido y zutano le ha contestado. Todo esto, naturalmente, plagado de indignadísimos comentarios por parte de los usuarios de dichas redes, que no caen, o no quieren caer en el hecho de que precisamente por la difusión que les están dando es por lo que a) siguen haciendo esos programas y b) sueltan cada día una burrada mayor que el anterior. Y siguen alimentando a esa bestia que se alimenta de detritus para excretar eso, tertulias detríticas.

Como cansa un poco estar todos los días diciendo lo mismo (aunque para los tertulianos que hacen eso a diario les sale indudablemente rentable), sólo quiero hacerles una petición, especialmente a muchos que sé que me leen y que, aún así, siguen cayendo, día tras día, en lo que estoy denunciando en esta nota. Y que, para colmo, se buscan a sí mismos excusas por continuar dando carrete a gente que hace mucho tiempo que debía de estar desterrada del panorama mediático y de nuestros cerebros:

PAREN

Y ya no sólo por su propia salud mental —y la mía—, sino también porque esa indignación que sienten, comprensible, en realidad la están generando ustedes mismos sintonizando el canal, viendo el programa, difundiendo el programa, dando nombres y apellidos de los imbéciles que en él se hallan, multiplicando a través de la red las burradas que dicen, consiguiendo para ellos un protagonismo que jamás habrían soñado semejantes personajes ni aunque les hubiesen puesto a cantar zarzuela mientras se comen un polvorón. Y créanme, el resultado que consiguen ustedes haciendo eso es exactamente el contrario al que están buscando. Y por eso les pido que paren.

Pero les voy a pedir algo más: les voy a pedir que sean activos, que sean proselitistas, que pongan sobre la mesa lo que piensan de esos programas cada vez que tengan la ocasión. Que cuando hablen con familiares, amigos, conocidos, compañeros de trabajo, si alguna vez alguien les menciona que ven esos programas, no se corten: digan que son una mierda. Si alguien les nombra a quienes participan en ellos —peor aún, si los pretende usar como autoridad “opinionada”—, díganles lo que piensan de esos personajes. Y por qué. Con argumentos, que los hay; con datos, que los hay; usen su inteligencia, esa misma que les lleva a pensar que esa gente son lo peor, lo más bajo, la hez dentro de los medios de comunicación e información. No hace falta ser paternalista ni es necesario subirse a un pedestal por encima de nadie para conseguir esto. Simplemente expresen su propia opinión sobre la detritertulia y el detritertuliano en cuestión y manténganse firmes en ella, y digan por qué no les gusta. Y ya está. Piensen que, para algunas personas, ustedes son en muchas ocasiones el referente de opinión. Y es realmente sorprendente comprobar que lo que uno opina, si está bien razonado, siempre acaba siendo tenido en cuenta… en cierta medida, al menos.

La única forma de conseguir que esta gente desaparezca del mapa (figuradamente hablando) es dejando de hacerles caso y consiguiendo que otros lo hagan. Para estos individuos que se alimentan del propio veneno que expelen el único antídoto es que ese veneno no encuentre una víctima dispuesto a tomárselo. No es sencillo, pero basta con llegar a una masa crítica de deserciones como para que implosionen y no volvamos a saber de ellos nunca más. Y sería efectivo, pues lo único que no están dispuestos a soportar es caer de nuevo en la irrelevancia y el olvido.

Me pregunté hace años que quién nos iba a defender de los “periodistas” sectarios. Dejé de hacerme la pregunta porque comprendí la respuesta: sólo podemos hacerlo nosotros mismos.

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