título
Todología con bigote
Yo viví un falso documental

Estábamos de viaje de fin de curso (tercero de BUP, con dieciséis o diecisiete años) por tierras del norte de España. No éramos muchos y por ello sólo llevábamos a dos profesores con nosotros. Muy apañados, no eran más estrictos de lo necesario, excepto en una cosa: el toque de queda había que respetarlo. A partir de cierta hora, cada mochuelo a su habitación del hotel y de ahí no salía nadie hasta que nos llamaban por la mañana, a eso de las siete, para empezar a arreglarnos y bajar a desayunar. En las ciudades podíamos salir en grupo de marcha nocturna, pero siempre acompañados por uno de ellos. Cosas de la responsabilidad ante los padres de unos menores de edad, ya saben.

Como pasa siempre, hay un grupo de chavales más “rebeldes” que el resto y que consideran que ir a un sitio de marcha con carabina era de pobres. Así que decidieron saltarse el toque de queda y salir de madrugada, cuando pensaban que no les veía nadie.

Al día siguiente, ya en el bus que nos llevaba a otro destino, empezaron a oírse gritos al fondo. Estos chavales denunciaban que les habían robado una cartera con todo: documentos, dinero, llaves… desatadamente indignados y soltando lo indecible por esa boca (incluyendo una amplia lista de epítetos al dueño del hotel), llegaron a amenazar con que iban a desaparecer muchas cosas a partir de ese día. El resto de los que estábamos en el bus nos miramos, bastante perplejos y sin entender gran cosa.

Uno de los profesores les preguntó que dónde habían perdido la cartera, y en cuatro o cinco frases les pilló que se la habían dejado en la habitación cuando se “escaparon” la noche anterior, por lo que alguien había debido de entrar en ella y llevársela. Claro, el chorreo que el profesor (que además tenía un considerable torrente de voz) les echó por haberse saltado las normas, la bronca a base de “si os pasa algo el que se la carga soy yo” y “os lo tenéis bien merecido por salir sin preocuparos siquiera de cerrar la puerta” y, en definitiva, el bateo verbal al que les sometió delante de todos fue antológico; tanto, que a muchos nos costó contener la risa por lo ridículo de la situación y, sobre todo, el ridículo en que estaban quedando los cada vez más callados rebeldes.

El profesor regresó a su asiento en la primera fila del autocar. Unos segundos después se volvió a levantar exhibiendo una cartera en la mano. Con una voz igual de profunda pero mucho más calmada, dijo una única y última frase:

“Porque podría haber sido cualquiera, pero he sido yo”.

Ahora sí que resonaron las carcajadas por todo el autobús. A quien peor le sentó, lógicamente, fue a quienes se tragaron el engaño y, por ello, acabaron descubriéndose.
Lo que, por otra parte, resulta bastante humano.

comments powered by Disqus

 ||—|| 

Los textos originales de este cuaderno se encuentran bajo la Licencia ColorIuris especificada aquí. El resto son propiedad de sus respectivos autores. El diseño de la página es obra de Jorge Portillo. Valida xhtml y css. Formatos disponibles para agregadores de noticias: atom y rss ( Suscribir). Alojamiento provisto por Libro de notas. Gestionado con Textpattern. La caricatura de Groucho Marx es creación de Al Hirschfeld, publicada por George J. Goodstadt. Si quiere saber quién visita este cuaderno y desde dónde, pinche aquí.