título
Todología con bigote
El año que inventamos el béisbol

Post dedicado al Hematocrítico, quien, sin saberlo, me dio la idea.

Pensando en aquellos días de colegio, cuando los recreos eran infinitamente cortos y el patio infinitamente grande, recuerdo que entonces, seguramente como ahora, el fútbol monopolizaba nuestras vidas.

Siempre fui muy mal futbolista. Quizá por desinterés, tardé en aprender cómo se jugaba y para entonces mi cerebro, poco acostumbrado al deporte, ya había perdido la capacidad de volverse hábil con un balón en los pies. Por aquellos años tampoco había demasiadas opciones: la clase de gimnasia consistía en una tabla muy básica y el resto de la hora era coger la pelota, formar dos equipos siempre descompensados (Betis y Sevilla)1 y gastar las fuerzas hasta el final de la clase. Por supuesto, yo era aquel al que nunca pasaban el balón.

Pasaron los años y los cursos; llegó y se fue y volvió a llegar el baloncesto como deporte sustituto; cosas exóticas como el balonmano se jugaban siempre en horas extraescolares. Al final sólo sobrevivía el fútbol. Y en el patio del colegio lo más normal era toparte con un balonazo de los que se perdían por exceso de entusiasmo. Imagino que algunos padres se quejarían, no lo sé; pero por la razón que fuese, el colegio decidió vetar el balompié, excepto para las horas de educación física.

Pero los críos son imaginativos y los tradicionales juegos de infancia ocuparon su lugar natural en un patio libre de balones: escondites, carreras, saltos, mangoneros… incluso tableros de ajedrez circulaban por los soportales, más alejados de las pequeñas revoluciones que se sucedían en aquel asfalto rodeado de columnas. Y, por supuesto, aquel mítico “uno-equis-dos” (y su versión para profesionales, el “uno-dos-tres-cuatro-cinco”), con el que aprendimos a adquirir unos reflejos de pantera con tal de no llevarnos la temida manta de collejas, la gatea, al final de cada ronda.

En esas inventamos el béisbol.
Bueno, vale, lógicamente no lo inventamos. Lógicamente, tampoco era béisbol; más bien era un híbrido entre éste y la pelota vasca, con elementos de cosecha propia (en cristiano salesiano: “esto se hace así porque me sale de los huevos”). Y aquella pelota de papel de plata, de repente, tenía un pitcher y un bateador (un catcher no, que ni sabíamos para qué servía ni nos importaba), varios jugadores dentro y fuera del campo, niños que corrían de base en base e incluso contabilizaban los puntos. Fíjense en lo que les estoy diciendo: allí nadie sabía jugar al béisbol más allá de ver cosas en el cine o en la tele que se daban por supuestas, pero que nadie te había explicado. Un par de nosotros teníamos aquel Hardball de Accolade que venía sin instrucciones, por lo que tuvimos que aprender a jugarlo mediante prueba y error, y para eso tuvo aún que pasar bastante tiempo.

Pero ahí estábamos, jugando como si fuéramos chavales criados en New Jersey de Guadaira o en Dakota de Aznalfarache; conociendo nuestras propias reglas al dedillo y, lo más importante, respetándolas. Naturalmente, sin excluir los cabreos propios de cuando no te gustaba un lance del juego, a pesar de que ni había árbitro ni nos hacía falta; pero para eso seguíamos siendo seres de fútbol. Y, sobre todo, la gran virtud fue que cualquiera podía jugarlo: no necesitabas ser un gran atleta, ni correr demasiado ni lanzar con fuerza inusitada. Y si eras torpe para coger una bola en el aire, el juego no se detenía por eso.

Mi memoria me dice que pasamos al menos un curso entero2 jugando a ese extraño deporte, que se había convertido en un auténtico vicio y ya casi no hacíamos otra cosa en los descansos. Visto con perspectiva, aquello fue un gran ejemplo de coordinación social y establecimiento tácito de unas normas que regulaban el comportamiento de un grupo de críos acostumbrados a estar juntos. En aquel momento, claro está, ni teníamos idea de todo eso ni, de haberla tenido, nos habría importado una leche. Sólo queríamos divertirnos, jugar a algo, pasarlo bien en aquellos recreos infinitamente cortos de aquel patio infinitamente grande.

Y no inventamos el béisbol. Pero casi.


1 Aunque el número de jugadores en cada equipo variaba de un año a otro; cosa rara, ya que siempre éramos los mismos.

2 ¿Séptimo? ¿Octavo? A saber.

comments powered by Disqus

 ||—|| 

Los textos originales de este cuaderno se encuentran bajo la Licencia ColorIuris especificada aquí. El resto son propiedad de sus respectivos autores. El diseño de la página es obra de Jorge Portillo. Valida xhtml y css. Formatos disponibles para agregadores de noticias: atom y rss ( Suscribir). Alojamiento provisto por Libro de notas. Gestionado con Textpattern. La caricatura de Groucho Marx es creación de Al Hirschfeld, publicada por George J. Goodstadt. Si quiere saber quién visita este cuaderno y desde dónde, pinche aquí.