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Todología con bigote
De Cinecittá a Hollywood

Hacía por lo menos tres años que no iba a un concierto sinfónico y bastantes más que no iba a uno de música de cine. Y jamás había pisado el Prinzregententheater de Múnich, uno de los de más solera de la ciudad. Así que hoy aproveché para tachar tres casillas del “debe”.

Bajo el título De Cinecittá a Hollywood – Música de cine all’italiana y dentro del ciclo de la Orquesta de la Radio de Múnich denominado “Los miércoles a las siete y media”, la velada se dedicó a compositores que marcaron un hito en la música del cine transalpino y cuya obra traspasó las fronteras de Italia para hacerse conocida mundialmente. Aunque el concierto fue precioso, hago notar que dicho título está en ocasiones cogido con pinzas, y enseguida explicaré el porqué. Primero, el programa, para darles envidia:

Comenzó con una suite de la maravillosa banda sonora escrita por Nino Rota para la película Il Gatopardo (1963), de Luchino Visconti. Sus títulos de crédito, unidos al Sostenuto Appasionato, dieron paso a dos piezas de ballet compuestas por Rota para el film de Fellini La Strada (1954). A continuación damos el salto a la Meca del Cine y escuchamos el Intermezzo Sinfonico de la ópera de Mascagni, Cavalleria Rusticana, que Francis Ford Coppola ubica (o, más bien, desubica) para abrir y cerrar las escenas más trágicas de El Padrino, Parte III (1990); así nos lo cuenta el presentador del concierto, el escritor y locutor radiofónico italiano (radicado en Múnich) Antonio Pellegrino, encargado cada dos o tres piezas de ilustrarnos sobre compositores y épocas. Se le pasó decir que también abre la película de Scorsese Toro Salvaje, pero no íbamos a ponernos estupendos a esa altura.

El primer nombre que desconocía (y no porque no fuese un genio, sino porque mi conocimiento de la música de cine en Italia es así de limitado) es el de Goffredo Petrassi. Petrassi fue un prolífico compositor de música clásica que abarcó casi todos los géneros, desde la música de cámara hasta la sinfónica, pasando por la ópera y el ballet; fue profesor en Santa Cecilia y bajo sus enseñanzas se graduó gente tan ilustre como Ennio Morricone. Si bien la banda sonora fue el género que menos cultivó, con sólo cuatro películas, trabajos como el que se interpretó esta noche, Cronaca Familiare (Valerio Zurlini, 1962) no se quedan cortos ni en belleza ni en lirismo.

Y con Ennio Morricone se cerró la primera parte del concierto (es un decir, pues no hubo descanso), con la suite de una de sus obras más monumentales: Érase una vez en América (Once Upon a Time in America, Sergio Leone, 1984), con la orquesta a pleno rendimiento y las actuaciones solistas de Ulrich Herkenhoff a la zampoña y la soprano Isabell Munsch. Y quizá se las podrían haber ahorrado, porque Herkenhoff desafinó la flauta varias veces y a Munsch sólo se la oía a intervalos. Por lo demás, y como suele pasar con esta pieza de Morricone, lo más divertido es observar a los instrumentos de percusión subrayando tanta rimbombancia en momentos puntales.

La segunda mitad comenzó con otro compositor “nuevo” para mí, y vuelvo a maldecir mi ignorancia, pues Alessandro Cicognini fue el compositor de cabecera nada menos que del grandísimo Vittorio de Sica, además de haber puesto música a films de titanes como Mario Monicelli o Luigi Comencini. Precisamente de este último fue la película escogida en el programa, El camarada Don Camilo (Il compagno Don Camillo, 1965), que cierra el ciclo basado en las novelas de Guareschi. Aquí la orquesta sinfónica tuvo que alejarse de la solemnnidad que se le supone y transformarse para conseguir la ligereza y alegría de una sencilla banda municipal. Y no les quedó mal, la verdad.

Llegamos a dos autores de prestigio labrado durante muchos años, pero cuya fama les llegó de forma tardía y, esta vez sí, principalmente gracias a Hollywood. O, para ser más exactos, al impulso que Hollywood dio a dos de las obras en las que participaron. Nicola Piovani se asocia a las últimas etapas tanto de Mario Monicelli como de Fellini, pero su obra más interpretada en las tres últimas décadas, sin la menor duda, es ésta, que también pudimos escuchar en directo hoy, indisolublemente unida a la magistral tragicomedia que Roberto Benigni rodó en 1997, La vita é bella:

Y de ahí pasamos, casi seguido, a Luis Enríquez Bacalov, compositor italo-argentino cuyos arreglos para El Evangelio Según San Mateo de Pasolini le consiguieron en 1965 una nominación al Oscar. Pero no sería entonces, sino casi treinta años más tarde, cuando conseguiría la estatuilla y el reconocimiento popular con El Cartero (y Pablo Neruda) (Il Postino, Michael Radford, 1994):

Si bien estas dos últimas piezas parecen una concesión al público, que sin duda las estaba esperando dada la ovación con la que las premió, al menos sirvieron para conocer al fabuloso acordeonista de la orquesta muniquesa, que dio una auténtica lección de cómo encenderle el alma al espectador.

La suite que cerró el programa volvía a Morricone. Y, si en la primera parte se nos entregó la epopeya moderna americana, en este cierre nos fuimos a la clásica, la de arbustos rodantes, polvo del desierto y ecos interminables de los disparos de un revólver: C’era una volta il West (Sergio Leone, 1968). De nuevo con la soprano Frau Münsch (esta vez dejando mejor impresión) y el profesor de la orquesta Cornel Ionescu marcándose un jitazo a la armónica (que no está en el corte que incluyo aquí debajo, por desgracia):

A partir de aquí, ovación de gala y esa cosa tan alemana de golpear cosas o patear el suelo para subrayar su entusiasmo (y no hay nada de ironía en esto), saludo al respetable, il signor Pellegrino tan embobilado con Frau Münsch que casi le mete un codazo al flautista zampoñero, que también había salido a saludar, y… los bises.

¡Y vaya bises para tener contenta a tu platea! ¿Creían que nos habíamos olvidado de Mancini, el americano que unió los dos grandes mundos, el cinematográfico hollywoodiense junto con el carácter italiano de las partituras? He de decir que yo sí, ni se me había ocurrido cómo podía encajar en el programa del concierto, así que me pareció acertadísima la suite que se marcó el maestro Frank Zacher, que había dirigido con oficio pero sin demasiada chispa a la orquesta hasta entonces. El encadenado de Charada (Charade, Stanley Donen, 1963), La Pantera Rosa (The Pink Panther, Blake Edwards, 1963) y Peter Gunn (1958-1961, creada por Blake Edwards) le puso las pilas de tal manera que la orquesta le siguió de buena gana, divirtiéndose de lo lindo y divirtiendo a los espectadores, que les obsequiaron con otra espectacular ovación a la que Herr Zacher tuvo que responder saliendo a saludar unas cinco veces (con y sin soprano) y regalándonos el encore final, que al mismo tiempo resultó el tema más esperado de la noche (con la tercera ovación, esta vez nada más empezar a tocarlo), aunque no aparecía en ninguno de los papeles. Porque este concierto comenzó con Nino Rota y con él tenía que acabar también:

Y con la enésima ovación-pataleo concluyó la velada, con este cronista deseando llegar a casa para hurgar en las estanterías a ver qué películas italianas tiene pendientes por ver, y cuáles le va a robar a su cuñada la próxima vez que la visite. Y enterarme de una vez quién fue Goffredo Petrassi.

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