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Todología con bigote
Luis

Se ha muerto Luis Aragonés. Nos hemos levantado hoy con esta triste noticia y prácticamente no hay medio que no se esté ocupando del tema. Es luto riguroso para el deporte español y un nudo en el estómago para casi cualquier aficionado al fútbol. Luis no fue nunca un personaje simpático, más bien lo contrario. Era bruto, mediáticamente desagradable y un caramelito para la amarilla prensa deportiva celtibérica, a la que proveía de titulares a la menor ocasión, sobre todo en sus épocas de entrenador del Atlético de Madrid, en esa relación que tenía con el club y con Jesús Gil muy parecida a la de dos novios que se odian y se desodian crónicamente, para desesperación de sus respectivos círculos de amigos. Si algo es seguro es que era capaz de sacar las vergüenzas a ese entrenador que todo español futbolero despliega los lunes por la mañana; de la crítica desaforada al primer resbalón (y eso incluye a quien esto escribe) se pasaba sin remedio al elogio desmedido y al lirismo de llamarle “sabio”, aunque nos hubiésemos pasado toda la primera fase de la Eurocopa cagándonos en sus muertos, con perdón.

Y, de repente, vemos que lleva a la selección nacional a la final de dicho torneo, que la gana con autoridad, que deja machacado a un equipo alemán necesitado de triunfos y cortito de estrellas —pero que, ya se sabe, alcanza finales casi mecánicamente— y que convierte el antiguo “jugamos como nunca, perdimos como siempre” en un rotundo “ganamos porque somos los mejores, y a callar”. Y, en un suspiro, todos nos sabemos la alineación de aquel equipo (confieso: yo sólo recuerdo nombres sueltos porque nunca he sabido aprenderme alineaciones) y quienes desde 1986 estábamos convencidos de que nunca veríamos ganar un torneo importante a la selección comprendimos que bastan noventa minutos para escribir la Historia.

Luis se marchó después de aquello, harto de una afición y, sobre todo, de una federación que no le otorgaron la confianza hasta el final de aquellos larguísimos penaltis contra Italia; dejó la boca tapada a mucha gente (incluyendo, insisto, al autor de estas líneas) y un proyecto tan bien asentado que ahora ha malacostumbrado a la afición a ganar cosas y, por ello, se le exige mucho más. Todo ese carácter concentrado en el banquillo de un estadio de fútbol, en ese hombre con chándal de traviesa dentadura y maneras de profesor de gimnasia en colegio de curas, será lo que se recuerde de una persona ciertamente controvertida e incómoda, pero que llevó a tantísimos aficionados algo que pocos fueron capaces de conseguir antes: la felicidad absoluta al final de un partido de la selección española.
Yo, desde luego, le agradezco eso.

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