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Todología con bigote
Reseña Literaria: "Planilandia"

Flatland
Edwin A. Abbott
Editorial El Barquero, 2004.

“Todo llega para quien sabe esperar”. Esto, que no sé si es un proverbio chino o una frase de Mark Twain (ya saben que las citas de autor desconocido se atribuyen a Twain o a Oscar Wilde), se aplica perfectamente a este libro, en cualquier caso. Leí por primera vez un fragmento condensado de “Planilandia” en la colección “El Mundo de los Niños”, editada hace muchísimos años por Salvat. Al final del fragmento (que sólo recogía partes de los primeros capítulos) se indicaba que el libro original era un poco difícil de leer, “pero interesante y divertido” y consiguió despertar mi curiosidad. Lamentablemente, por aquella época era imposible encontrar una traducción al castellano, o quizás yo era demasiado joven para buscarla. Imagínense, pues, mi alegría, al descubrir esta nueva edición, además en un formato precioso.

Edwin H. Abbott fue matemático, teólogo y estudioso de la gramática y los clásicos ingleses. Con tal currículum, era de esperar que si se ponía a escribir le saliera una novela como “Planilandia”, catalogada por los editores, con bastante acierto, como un clásico de la ciencia-ficción. A pesar de eso, es ciencia ficción sin naves espaciales, sin viajes en el tiempo y sin extraños artilugios: es ciencia ficción matemática y los protagonistas son figuras geométricas. Y, sobre todo, es una sátira magnífica de la sociedad británica de hace más de un siglo.

Al principio da la impresión de que, efectivamente, es un libro para niños: el estilo de la narración, deliberadamente académico, es en realidad una introducción al mundo de las figuras geométricas planas. Abbott se transmuta en el ciudadano de clase media-alta, A. Cuadrado (A. Square en el original, haciendo posiblemente juego de palabras con el tratamiento de respeto “Esquire”) que describe a un público tridimensional cómo es la vida en Planilandia, un extraño mundo en el que todo, absolutamente todo, es plano, donde la tercera dimensión no existe más que en la mente de unos pocos chiflados y cuya organización social corresponde a un rígido sistema de clases en el que el número de lados de cada habitante es un símbolo de su inteligencia y su posición. A partir de ahí, el señor Cuadrado se descuelga con una agudísima descripción de ese sistema. Es una parte que cuesta leer con una cierta abstracción por lo descarnado de sus explicaciones, tan clasistas y machistas que a veces hacen daño al cerebro. Cuadrado hace hincapié, sobre todo, en la seguridad que da a la sociedad el mantenimiento de ese sistema, y cómo los intentos de disidencia o de revolución son abortados con sangre y sin piedad. La sociedad es tan restringida que ni siquiera el uso del color está permitido como forma de identificación, y los rectores son polígonos de muchos lados o incluso círculos, denominados “sacerdotes”, que son los que establecen la forma de hacer política y las buenas maneras.

La segunda parte del libro es más teatral y también más amarga. Empieza con un sueño o visión de Cuadrado en el que se encuentra en Puntolandia y en Linealandia, mundos dónde las dimensiones son una o ninguna. Curiosamente, Cuadrado comienza a observar en ambos mundos las mismas flaquezas y actitudes que pueblan el suyo: felicidad sustentada en la creencia de ser los únicos del universo (o, más correctamente, en que cada país se cree su propio universo) y negación sistemática de todo lo que pudiera suponer un salto hacia adelante o el alejamiento del orden establecido; y, por supuesto, ni hablar siquiera de una posible nueva dimensión, ya que no habría palabras para describirla que ellos pudieran entender. Los intentos de Cuadrado por tratar de explicarles que existen figuras “de varios lados” resultan infructuosos y, para el protagonista, ciertamente frustrantes.

Tras este sueño, A. Cuadrado se va a encontrar con una tempestuosa sorpresa: la visita de un extraño ser que dice llamarse Esfera y que proviene de un mundo donde existe una tercera dimensión llamada “altura”. Llevado por Esfera hacia esos nuevos mundos, Cuadrado queda fascinado ante las espectaculares posibilidades que ofrece un mundo tridimensional y, a su regreso, tratará de explicar a sus contemporáneos todas las maravillas que ha podido descubrir gracias a su “revelación”. Ello, sin embargo, le valdrá las burlas y la incomprensión de sus conciudadanos en una sociedad aterrada ante cualquier perspectiva de cambio en sus hasta ahora inamovibles creencias. Cuadrado dará con sus cuatro esquinas en la cárcel, lugar desde donde escribe esta increíble historia, enfrentado, sin embargo, a sus propias dudas sobre si sus descubrimientos fueron tan reales como los vio o sólo producto de su imaginación.

El hecho de que el libro no sólo esté narrado en primera persona sino que, además, se dirija sin intermediarios al posible lector, constituye en cierto modo una advertencia a éste: por un lado, de la vergüenza de la ignorancia y, por el otro, del peligro que supone saber. Dejando aparte su faceta didáctica, que la tiene, Abbott es un cuentacuentos impagable, que consigue que el lector tridimensional entorne los ojos y trate de imaginarse a sí mismo en un mundo donde las esquinas son objetos punzantes y las líneas rectas dardos invisibles. Se burla, asimismo, del encorsetamiento de las sociedades civilizadas, en las que el “stablishment” supone, sí, un camino unívoco y sin pérdida para ascender en la vida, pero que al mismo tiempo acaba careciendo de aristas y alicientes. El racismo no se muestra ante un color diferente, sino ante las irregularidades de un polígono, hablándote incluso (¡hace ya más de cien años!) de clínicas estéticas para corregir esas irregularidades que tanto afean la armonía social y que pueden suponer un obstáculo incluso para el matrimonio o para acceder a una buena escuela. Sin embargo, ni Abbott ni Cuadrado pontifican sobre lo que hay que hacer, ni sobre la recurrente disquisición entre lo que está bien y lo que está mal; eso se lo dejan, incluso explícitamente, al propio lector. De hecho, Cuadrado nunca se muestra crítico con la sociedad en la que vive; antes bien, acentúa los aspectos que deben tenerse en cuenta para ser un buen ciudadano e incluso se siente culpable por no seguirlos en un momento dado.

Con dibujos del autor que incluyen esquemas pensados para ilustrar el concepto de “Planilandia” y con dos introducciones (una real, la otra de ficción), que complementan perfectamente tanto la narración como el tiempo en la que ésta se escribe, “Planilandia” es una joya perdida de la literatura fantástica, que en apenas ciento veinte páginas puede desarrollar un ambiente marcadamente opresivo, una historia de aventuras, una crítica desgarrada y, en suma, una fábula que en lugar de emplear animales para representarnos —al fin y al cabo— a nosotros mismos, elige hacerlo mediantes rectas, puntos y polígonos, donde la perfección que representa un círculo acaba resultando en su propia evolución hacia la negación de una realidad distinta y en la que, nunca con mayor motivo, cobra pleno significado la expresión “es un cabeza cuadrada”.

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