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Todología con bigote
Primeramente primarias (Parte 2)

NOTA: Este artículo es continuación de este otro, escrito en el mes de enero. Les sugeriría que le echaran antes un vistazo. En aquél hablábamos de las bondades de los procesos de elección primaria y su significado como una mejor y mayor democracia. Hoy hablamos de los inconvenientes, que son bastantes y nada triviales.

3. ¿Quién querría presentarse a un proceso de primarias?
Especialmente en los partidos tradicionales (grosso modo: PP, PSOE, Izquierda Unida, CiU, PNV), imagino que la motivación para someterse al dictamen de un congreso, no digamos ya unas primarias, ha de ser mínima, habida cuenta de que los aparatos de partido hacen todo lo posible por controlar el proceso de principio a fin y la zancadilla (o metafórica navaja trapera) es el arma más utilizada para deshacerte de las “incomodidades” y del guión establecido. Efectivamente, están pensando ustedes en Josep Borrell y en cómo el PSOE le puso primero los palos en las ruedas para favorecer (sin éxito) a Almunia y de cómo luego le dejaron tirado ante los perros de presa en tantísimas ocasiones que abandonó el proyecto, hastiado y desencantado. No fue el único caso: en el año 2003 algunos candidatos surgieron fuera del aparato gracias al voto de los militantes, pero el apoyo conseguido después de su victoria fue bastante flojito. Sacar a un dinosaurio de su inercia es complicado.
Se ha vuelto a ver ahora con la dimisión de Rubalcaba y la convocatoria de un congreso extraordinario sin mencionar siquiera un posible proceso de primarias para las importantes elecciones de 2015, aunque esta vez parece que empieza a montarse algo similar a una rebelión entre las baronías socialistas. Veremos en qué queda.

4. Costes y bicefalia
Para mí estos son los dos principales inconvenientes de unas primarias. El primero es difícil de resolver si no cambia la financiación de partidos, con lo cuál nos enfrentamos al dilema de siempre: ¿cómo financiar un partido garantizando la transparencia y cuál sería el papel de los lobbies en esos casos? Esto daría para una discusión diferente que se sale de los límites del post, pero la paradoja de que una mayor democracia implique un mayor control de los partidos por las fuerzas económicas se plantea de difícil resolución.

El otro inconveniente se deriva del punto anterior y su solución depende, naturalmente, del partido y de sus militantes. Incluso en un proceso de primarias abiertas, lo que suceda después con el candidato electo ya no depende de los simpatizantes sino que vuelve a caer dentro de la dinámica del partido y, por extensión de su aparato. En democracias más consolidadas esto no es un problema: los partidos funcionan como bases ideológicas y los candidatos se sustentan en ellas, con lo que es posible (y nada raro) que el jefe de una formación política sea distinto del candidato a unas elecciones. También es verdad que en países como Estados Unidos esto está fortalecido por el hecho de que el Ejecutivo y el Legislativo están totalmente separados y, por tanto, el partido puede funcionar independientemente de lo que haga el inquilino de la Casa Blanca. En España un candidato (y, a la larga, un presidente del gobierno), tiene que mirar siempre con el rabillo del ojo lo que su grupo parlamentario hace, y éste a lo que la ejecutiva del partido indique. Demasiados frentes al mismo tiempo. Sin embargo en lugares como Euskadi el cargo de lehendakari y el de presidente del partido han estado disociados mientras el PNV ha gobernado; con discrepancias y luchas internas que luego se resolvían en las reuniones ejecutivas y los congresos, pero parece evidente que, si se quiere, se puede hacer.

5. Post-elección: Candidatos electos y confección de listas
Y nuevamente volvemos al aparato y recordamos el caso de Borrell. España sigue teniendo un problema serio en su democracia, que son las listas cerradas y bloqueadas. No hay opción siquiera a un sistema mixto al estilo alemán salvo por consenso entre los dos partidos mayoritarios, y sus aparatos no parece que estén por la labor de aflojar el gañote. Esto quiere decir que el candidato elegido en unas primarias deberá, de nuevo, disputar a su propio partido un puesto para decidir la confección de listas electorales: elegir las posiciones de salida —las que tienen mayor probabilidad de obtener escaño—, determinar la inclusión de independientes, contentar a las distintas federaciones Y a las distintas corrientes dentro de las federaciones, elegir a los “paracaidistas” (candidatos que se presentan como gancho por una provincia concreta, aunque su relación con dicha provincia sea mínima o nula) y otros encajes de bolillos. La única forma de combatir esas dificultades es… con más primarias, esta vez para elegir a los cabezas de lista, que luego se encargarían de completarlas con su equipo de confianza. Pero claro, entonces surge una nueva dificultad, especialmente en las elecciones de ámbito mayor (autonómicas/generales): ¿con qué apoyo cuenta un candidato a la presidencia que no ha tenido voz ni voto en la elección de los parlamentarios que luego habrían de investirlo… y mantenerlo en el cargo?

6. El calendario
Las primarias se hacen con vistas a unas elecciones. Siempre. Por eso es un error confundirlas con un congreso y por ello han de tratarse y ejecutarse de distinta manera. Hay que fijar un calendario estricto que permita a los precandidatos, y posteriormente a los candidatos electos, elaborar y presentar un programa que luego pueda arrastrarse hasta el momento de la campaña electoral definitiva. La presentación de candidaturas debe hacerse con tiempo suficiente como para que haya lugar a debates públicos y discusiones programáticas, establecer una proyección mediática adecuada y que, posteriormente a la celebración de primarias, esté buena parte del trabajo hecho para darle el último impulso al candidato electo hacia los correspondientes comicios.

Si no se está en el gobierno, las primarias pueden venir condicionadas por un factor externo no controlable, esto es, una disolución anticipada de las cámaras. En ese caso los plazos se acortan, se comprimen y las prisas pueden llevar a problemas antes, durante y después de las primarias. Y es cuando los partidos deciden de nuevo ejercer su control vía aparato (¡sí, otra vez el aparato!) para prevenir los presuntos desastres. Con lo cuál regresamos a la casilla de salida.

¿Dónde establecer el inicio óptimo de estos procesos, pues? Idealmente hablaríamos de un sistema con plazos fijos e inamovibles para unas elecciones generales o autonómicas (las municipales ya los tienen). En esos casos es sencillo: un año antes de los comicios debería de bastar para afrontar las primarias con garantías. Como no es así, hay que fiar un poco al azar, o si lo prefieren a la coyuntura, el pistoletazo de salida. Quizá el momento menos malo sería la mitad de la legislatura; es poco probable un anticipo de elecciones antes de dos años y se pueden aprovechar las primarias para consolidar como candidato al presidente en ejercicio (y, de paso, evitar que estire la decisión de volver a presentarse hasta el último momento por cálculo político), o bien para ratificar o retirar al candidato que esté en ese momento como líder de la oposición y dar tiempo a uno nuevo a asentarse como alternativa de gobierno. Como siempre, es difícil que una respuesta contente a todos: establecer un calendario tan tempranero podría implicar que el partido estuviera permanentemente en campaña electoral contra sí mismo.

7. En resumen
Hasta en cosas que parecen tan evidentes como la democracia es necesario crear hábito. En España ese hábito existe sólo parcialmente y, desde luego, de manera muy restringida dentro de los partidos políticos. Algunas de las nuevas formaciones ya están incluyendo las primarias como condición irrenunciable en sus estatutos, y de momento parece que la están siguiendo más o menos “a rajatabla”. Esto último me van a dejar que lo ponga entre comillas, porque el personalismo de ciertos líderes pone muchas trabas a esto, cuando no lo deja directamente en ridículo. Por ello, prefiero dejar pasar todavía un tiempo para ver si las buenas intenciones cristalizan en prácticas indiscutibles.

En el PSOE los intentos de primarias se han saldado con diversos niveles de caos, por la propia resistencia de los órganos de gobierno en las distintas federaciones. Quizá la salida de Rubalcaba y el conato de rebelión que se aprecia frente a la convocatoria del congreso impliquen novedades, aunque yo lo dudo. En Izquierda Unida, teóricamente asamblearia, hay tantísimas puñaladas y conveniencias entre bambalinas que consiguen que sus candidatos acaben majaos a palos por dentro y por fuera. Y en cuanto al PP… salvo catarsis en forma de desastre electoral sin paliativos (en unas generales, y con pérdida de al menos cien diputados), dudo mucho que se salgan del caudillismo que parece irles tan bien, favorecido por sus propios estatutos, que dejan en risa cualquier posibilidad de democracia interna.

Creo que más democracia es siempre mejor que menos democracia. Parece una perogrullada, pero sólo formalmente. Las dificultades son grandes y llevar a cabo el proceso con éxito requieren mucha voluntad y esfuerzo desde todas las partes implicadas, desde los votantes (militantes, simpatizantes) hasta los candidatos finales, pasando por todos los escalones de los aparatos de partido, para mí el principal escollo hasta el ideal democrático dentro de la propia formación y, por extensión, en todo el sistema. Pero, al mismo tiempo, abrir la elección de candidatos supone la pérdida de poder de quienes han estado controlando los partidos hasta ahora, con mandatos prácticamente blindados una vez se cierran las puertas de los respectivos congresos. Ante eso, es bastante lógico que quienes tendrían poder para extender la democracia interna se resistan a hacerlo. Porque una vez se dé el paso, y se dé bien (y no como en 1998 en el PSOE o en las farsas posteriores), será el propio votante el que se acostumbre a ello, el que lo exija cuando toque, y quien podrá castigar su ausencia de manera contundente. No se podrá evitar el medrar dentro de un partido para ascender en él, pero se conseguirá por lo menos que no sea el único camino (ni siquiera el más seguro) para estar al frente de una lista electoral y, por ende, de una candidatura a gobernar a los ciudadanos.

La pregunta es si en España llegaremos a ver algo así.

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