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Todología con bigote
Primeramente primarias (Parte 1)

En el PSOE se ha aprobado que se realicen elecciones primarias para decidir a los candidatos que concurrirán a los próximos comicios municipales y generales. Como era de esperar, se han sucedido opiniones de todo tipo sobre las bondades o maldades de este proceso, especialmente porque dichas primarias serán abiertas, es decir, bajo ciertos requisitos podrán votar no sólo los militantes del partido sino también los simpatizantes. A muchos no les ha gustado esta idea; de repente ha entrado una mieditis incomprensible a la expansión de la cosa democrática que ha puesto sobre el papel, aún en 2014, que como país nos queda todavía un largo camino hasta acercar de verdad la política a los ciudadanos.

Por supuesto, no podía dejarles sin mi “yo, pues yo, porque yo, ya que yo”, así que en un par de posts intentaré dejar unas cuantas opiniones desordenadas sobre por qué creo que las primarias son algo no sólo bueno, sino también deseable. Comenzamos hoy describiendo qué son unas primarias y cuáles serían sus posibles ventajas. En una próxima nota hablaremos de los inconvenientes.

0. ¿Qué son unas primarias?

Aunque hay varias respuestas a esta pregunta, déjenme comenzar con una perogrullada: unas primarias son unas elecciones previas a otra elección de mayor ámbito. Independientemente de cómo se organicen, el principio es el mismo: mediante unos comicios internos al partido se eligen a unos candidatos, y estos serán los que se presenten a la elección para gobernar una administración concreta: un ayuntamiento, una comunidad autónoma o toda la nación. Esto, grosso modo.

Ahora puede que les sorprenda esto: en España ya se celebran primarias desde hace muchísimo tiempo. Los congresos que los partidos celebran periódicamente no son más que eso: previamente a un gran congreso nacional de, por ejemplo, el PSOE, se celebran congresos locales donde los militantes eligen a una serie de delegados que, cuando llegue el congreso federal, se comprometen a votar a un candidato determinado, en el caso de que haya varios, o a ratificar o rechazar al candidato único, si es el caso. En nuestro sistema político, si bien no es obligatorio, sí es lo más normal que el vencedor de ese congreso nacional acabe siendo el candidato del partido a la presidencia del Gobierno. En este sentido, el sistema político de elección estadounidense (en el que nos iremos fijando en este texto como referencia obvia, ya que de aquí surgen todas las ideas de primarias), se parece mucho: en EEUU la elección del candidato, como la del Presidente, también es indirecta, puesto que en los procesos preelectorales lo que se escogen también son delegados, y esos delegados previamente se han declarado partidarios de un candidato concreto, por el que votarán en la llamada convención nacional del partido.

Como ven, no es tanta la diferencia con lo que ya existe en España, que no es exclusivo del PSOE, sino que se da en casi todos los partidos.

1. ¿Primarias abiertas o cerradas?

En en casi todos los Estados donde se celebran primarias en los EEUU, éstas no se restringen a la militancia: en principio, cualquier persona puede votar en aquellas elecciones si previamente se ha registrado como votante del partido concreto (lo que no le obliga, cuando la elección final tenga lugar, a votar necesariamente por ese partido). Aunque a esto se le llama técnicamente primarias cerradas, pues requieren el registro y normalmente impiden votar en primarias para otro partido1, ya comprenden ustedes que sólo esta diferencia resulta un salto enorme con los congresos en España, abriendo la posibilidad de voto a un sector amplio de la población más allá del que tiene carnet.

¿Se puede adoptar este sistema a España? Yo creo que sí; es más, creo que es necesario. Los procesos de primarias que hemos presenciado desde que el PSOE lanzó la idea a finales de los noventa se han demostrado inoperantes, en el mejor de los casos; en el peor, sencillamente ridículos, con agrupaciones locales —algunas no precisamente pequeñas— donde votaban sólo cuarenta o cincuenta militantes, y eso cuando había más de un candidato, dadas las draconianas condiciones que cada federación o agrupación imponía para presentarse.

La solución, a priori, es simple: que abran las primarias, acercándolas al modelo que los americanos llaman “cerrado”. Que pongan unos requisitos, si tienen pelusilla de cómo va a salir el experimento (¿y no llevamos ya años con esta historia como para seguir hablando de experimento, por cierto?), como un registro previo de votantes, una cuota previa (mínima, que la cosa está malita) o, como es el caso de algunos caucus, acudir a algún tipo de acto organizado por el partido y en el que tendrá lugar esa elección. Ninguna de las tres opciones me convence (la del registro, en todo caso), pero como medida de transición y sólo por la vez primera, podrían aplicarse para quitar el miedo escénico que parecen tener algunos.

2. ¿Y si vota quien yo no quiero que vaya a votar?

Ah, el miedo está aquí: ¿Qué pasaría si fuera a votar gente que…

— … va a trollear la elección para elegir al Chiquilicuatre?
— … está pagada por otro partido para que vote por un candidato quintacolumnista?
— … me llena las papeletas con rodajas de chorizo?
— … vota al candidato que a mí no me parece el mejor?

Ahora saco el colmillo cínico y les digo que para mí el problema lo tienen con la cuarta opción. Las otras tres, realmente, son muy controlables. Una de las cosas más complicadas a la hora de hacer unas primarias es, justamente, presentar a un candidato. Los partidos se ocupan muy bien de dificultar esto mediante sistemas draconianos de avales que suelen perjudicar, de entrada, a aquellos que no tienen los suficientes medios como para reunirlos, aun estimando a priori que podrían conseguir la cantidad necesaria. Es cuando ya se han fijado las candidaturas cuando realmente empieza la pelea y hay que poner las cartas sobre la mesa. Y ahí, como en cualquier elección, por otra parte, están en juego muchos otros factores más allá de la supuesta idoneidad de una persona. Digo supuesta, porque siempre es un concepto subjetivo.

Esto justamente es lo que he estado observando en las redes desde que saltó la noticia de las primarias abiertas. Con argumentos de lo más variopintos, el más débil de los cuáles me pareció el de “por qué va a votar gente al candidato de un partido, si no se implican ni se afilian al partido”. Cuidado, puede haber un agujero democrático ahí ciertamente grave: hablamos por un lado de acercar la política a los ciudadanos, pero en el momento en que se intenta precisamente hacer eso, se pone una piedra enorme en el camino. Estar en un partido requiere tiempo, dedicación, esfuerzo y, sobre todo —que me perdonen, o no, quienes esto leen y están afiliados a uno— un nivel de alienación al que no todo el mundo está dispuesto. Y un votante no es un militante, pero es al votante, no al militante, al que hay que convencer para que elija tu opción.

Se puede perfectamente consultar e implicar a un posible votante en la preselección del candidato al que quiera votar sin obligarle a tomar parte en la estructura partidista; se puede y se debe, entre otras cosas porque al votante potencial hay que convencerlo de que tienes un proyecto que merece la pena, y hacerle tragar de entrada con un club cerrado va a causar el efecto contrario. De hecho, es lo que está sucediendo en la actualidad y una de las primeras razones por la que la gente está cada vez más desencantada con la política. Hay que darle alternativas al elector, porque dentro del propio partido existen —o deberían existir— distintas corrientes aunque compartan un gran número de propuestas comunes. Despreciar su capacidad de decisión desde el principio, desplazándola hasta el momento de votar en unos comicios oficiales, es precisamente aquello contra lo que se supone que luchan los que quieren tener más voz en los órganos de representación del pueblo.

Por el contrario, ampliar la base electoral puede tener dos importantes efectos positivos: por un lado, obliga a los candidatos a ganarse el voto ante gente a la que realmente le interesa perfilar el tipo de candidatura que quiere para el partido que en principio ha escogido. Por el otro, se le da una jornada de puertas abiertas a quienes van a votar para que puedan ver por sí mismos cómo funciona por dentro una formación política. Es más fácil que alguien, después, quiera implicarse en ella más a fondo que exigiéndole un carnet (o una corbata) para poder entrar.

Asumamos esto: a una elección libre, si realmente lo es, puede ir a votar quien tú no quieres. Incluso puede salir elegido el que tú no deseabas, precisamente porque votó el que tú no querías que votara. Se llama democracia y la cuestión es si queremos apuntarnos a ella o no.

(continuará)

1 También hay primarias semi-cerradas, donde pueden votar los que se registran como “votante independiente”, y primarias abiertas, donde puede votar cualquiera aunque no esté registrado, si bien sólo se puede votar en las primarias de un partido. Lo dejo aquí aclarado, pero cuando hable de “primarias” en EEUU seguiré en este artículo refiriéndome a la primaria cerrada al estilo norteamericano.

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