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Todología con bigote
Fe

Si se fijan en las fotos o videos que salen de nuestros políticos, habitualmente aparecen con un grupo de seguidores detrás que muestran una permanente sonrisa. Pero es una sonrisa muerta, una mueca congelada, acuñada para la ocasión en la que acompañan a su líder monetario-espiritual durante sus paseos entre el pueblo llano. Hagan este ejercicio y busquen en los diarios, en los informativos de la tele, en el propio Youtube, imágenes de concejales o diputados visitando sitios, y fíjense en quienes les rodean, también en los que están unos pasitos más atrás, como si hubiese distintas filas para marcar el rango de proximidad al señor o la señora de traje que saludan a gente que les importa tres carajos. Observen cómo la entourage no deja de sonreír con toda la fuerza de que son capaces, como si hubiese un punto de inflexión al abrir la boca que provoca que el político se fije en ellos y les elija con gesto magnánimo para llevarles el botijo en la próxima excursión al proletariado.

Este tipo de séquitos a mí me recuerdan mucho al ejército de señoras que suele acompañar a los pasos de Semana Santa, caminando detrás de las imágenes con gesto adusto y mirada pendiente de que no se mueva una flor, no se caiga un cirio ni se arrugue el manto de la virgen. Es también su manera de dejarse ver en lo inmutable de su fe ante otro tipo de líderes.

También me vienen a la memoria aquellas modelos que aparecían en el “Un, dos, tres” detrás de los cómicos que actuaban durante la fase de la subasta. Eran chicas que no habían conseguido su sueño de ser azafatas del programa y se conformaban con un papel mudo, de adorno, en lugares donde, al menos, tenían un sitio apuntado por las cámaras. Ellas sonreían, sonreían y sonreían, y se reían exageradamente ante los chistes facilones de Arévalo o Manolito Royo, siempre procurando colocar el rostro dentro del plano de la cámara que en ese instante tenía el pilotito rojo, confiando en que algún productor, quizá el mismo Chicho, se fijase en ellas y les ayudara, por fin, a conseguir su deseo de ser estrellas. Eso, también, era una fe inmutable ante el poder del dios televisivo.

No veo tantas diferencias entre los tres casos. Quizá que los dos últimos muestran una fe bastante más genuina.

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