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Todología con bigote
Contra las citas

Hace años, cuando existía todavía gente que rellenaba los perfiles de Hotmail, había un apartado que servía para poner tu cita favorita. Más de uno lo rellenaba con cosas como “en el parque”, “en un buen restaurante”, “en casa de mi chico”… Me hacía mucha gracia la forma de entender ese apartado, pero en el fondo tenía mucho más sentido que el poner una frase de alguien célebre.

Todos citamos. Es un recurso muy socorrido a la hora de definirnos, de discutir, de escribir textos… sirve para introducir libros, a veces incluso capítulos: Frank Herbert o Isaac Asimov poblaron sus trabajos de ficción con citas de sus propios personajes, en un recurso estilístico que me parece maravilloso como parte del flujo de la novela. También observamos citas en los sempiternos columnistas de los diarios, en los blogs de cualquier temática, en las redes sociales… en estas últimas, además, se ha puesto de moda colgar imágenes con la foto de algún personaje y una frase entrecomillada al lado, como dando a entender que fue pronunciada por ese personaje. Esta “técnica”, muy burda por otra parte, se ha ampliado y sustituye las citas por supuestas estadísticas, comparativas, fotos de supuestos lugares… Todo forma parte del mismo concepto, la descontextualización.

Aunque yo también caigo de vez en cuando en la tentación de las citas y los refranes, por principio estoy en contra de ellas. El uso de una cita no ayuda a un debate; en todo caso sirve para intentar apoyar de forma falaz un argumento, confiando en que nuestro interlocutor acepte la supuesta autoridad que supone que determinada frase la dijera un personaje célebre. Y es muy habitual caer en esa trampa. Observen y escuchen con atención durante su día a día por los medios informativos cómo su predicador radiofónico o su columlisto de cabecera rellena sus diatribas citando a éste o aquél político (difunto), pensador (ignoto) o escribidor (clásico, que esos no protestan y es menos probable que la gente los haya leído) para darse importancia y pretender que su propio pensamiento goza de cierta hondura. Pero las citas, sacadas de su hábitat natural, sea éste un párrafo, una página o el fragor de una entrevista, son principalmente inútiles. ¿De qué me sirve saber que Mark Twain dijera algo divertido, que Chesterton expresase algo sobre el catolicismo, que Churchill soltase un latiguillo acerca de Rusia o que Plutarco —siempre hay alguien que cita a Plutarco— compusiera un sujeto y predicado sobre la condición humana, si nadie me explica dónde y en qué contexto se ubicaba la dichosa cita? El propio periodismo actual, al menos en España, está fundamentado en citas. Vean las portadas de los periódicos más vendidos, sobre todo en las versiones digitales: la mayoría de noticias destacadas empiezan con algo del tipo «Fulanito dice: “[cita de Fulanito]“» o «Menganito responde a Fulanito que “[cita de Menganito]“». Todo con comillas, para no meterse en charcos, aunque raramente esas comillas encierran el sentido completo de las aparentemente importantísimas frases de Fulanito y Menganito. No hay noticias en los titulares, sólo hay declaraciones. O, mejor dicho, citas.

Por supuesto hay citas que se repiten simplemente porque son divertidas, sin que su enunciado encierre trascendencia alguna; pero incluso ahí lo más probable es que sean falsas o que su posible festividad también esté sacada del tiesto. A Groucho Marx, que encabeza este cuaderno, se le atribuyen dos citas ciertamente graciosas, por ejemplo: Una es “¿A quién va a creer usted, a mí o a sus propios ojos?”. La otra es su supuesto epitafio: “Perdonen que no me levante” (una traducción muy mala de “Hello, I must be going”). En el primer caso la frase no la pronuncia Groucho, sino su hermano, Chico, en Sopa de Ganso. El segundo caso es falso: no hay epitafio en la tumba de don Julius y la frase es parte de una canción de la película Animal Crackers. Sin embargo, ambas corren como la pólvora y todavía en la era de Internet hay quien las da como válidas. Son tan divertidas que DEBEN ser de Groucho, claro. Hay muchos otros ejemplos; probablemente los citables más citados de la Historia sean el mencionado Mark Twain y otro escritor, Oscar Wilde. Los dos de ingenio desaforado y con un nivel de ironía suficientemente alto como para plagar su obra de frases descacharrantes. Y, en el caso de ambos, probablemente la mitad de las frases que se les atribuyen no llegasen a pronunciarlas jamás. Es eso o se habrían pasado la vida hablando en aforismos. En cualquier caso, la cita humorística no se usa como soporte de nada, simplemente como muestra de lo bien que funciona la cabeza de esos genios de la palabra.

La única cita útil comprendería seguramente varios párrafos y alguna que otra nota al pie. Lo que pasa es que eso es largo, requiere esfuerzo y un grado de comprensión y profundidad mucho mayor que el que usamos en nuestras discusiones de andar por casa. Porque no nos interesa tanto tener razón en lo que opinamos como que nos la den (hay un tratado inacabado, muy bueno, de Schopenhauer sobre este arte, pero no voy a citarlo aquí), y para eso recurrimos a argucias como citar a quien se supone que sabe más que nosotros, aunque la brillantez no exima de decir también auténticas chorradas. Pero nos vienen bien: una cita es una muletilla; algo externo que nos ayuda a no tener que pensar. Pueden citarme si quieren.

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