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Todología con bigote
Requeteimputaciones

El auto de imputación del juez José Castro contra la infanta Cristina es algo que nunca debería haber pasado. Con esto quiero decir que tendría que haber bastado con el primer auto, emitido hace meses, para declarar imputada a la hija del rey por unos indicios de meridiana claridad sobre la participación de la infanta en los tejemanejes de su marido y Diego Torres dentro del llamado “caso Nóos”. El encaje de bolillos realizado por la Fiscalía y la Abogacía del Estado para intentar retirar a toda costa la imputación a la borbona ha recorrido España y Europa como perfecto ejemplo de la #MarcaEspaña cuando se refiere a esos animales que son más iguales que otros.

Basta con un recorrido por incontables opiniones de juristas para darse cuenta de que no había razones para no imputar a Cristina, de que había aún menos razones para poner la maquinaria del Estado al servicio de la corona con el fin de evitarlo, de que el exceso de celo del fiscal Horrach, más propio de un abogado defensor muy bien pagado, estaba poniendo en el cadalso de la opinión pública a todo (a TODO) el sistema judicial español, mostrándolo como intrínsecamente desnivelado y parcial. Toda esa vergonzante operación, organizada con la aquiescencia del Fiscal General del Estado (del que dependen jerárquicamente el resto de fiscales y que es corresponsable por acción y omisión de sus actos) ha acabado con un segundo auto donde se vuelve a imputar a la hija del rey, esta vez cuidando de “sobremotivar” —disculpen el palabro— esta acción y mandando recaditos al ministerio fiscal respecto a su actuación hasta la fecha.

Ha pasado factura el exceso de celo de la casa real por volver a levantar un muro de silencio sobre sus acciones; ese muro protector del que gozaba desde la Transición hasta hace bien pocos años, merced a un pacto más explícito que tácito entre el monarca, los políticos, la judicatura y la prensa. Hoy día, al menos desde dos de esos estamentos, ese pacto se está resquebrajando si es que no se ha roto por completo, y por ello debemos ir felicitándonos poco a poco. Llegará el día en que tengamos que agradecer enormemente hechos como la famosa portada de El Jueves con Felipe y Letizia en plena faena, secuestrada judicialmente por órdenes de Zarzuela y que no hizo sino despertar más conciencias que nunca antes sobre la estupidez de dicha institución de puertas adentro y afuera. Poco tiempo después descubriríamos que ya no eran necesarias las revistas satíricas para poner en solfa a la antes intocable familia Borbón-Grecia, ya que ellos mismos se ocupaban de multiplicar el sainete con cacerías, infidelidades, duques empalmados y fundaciones fulleras. El progresivo deterioro del patriarca, visible e irreversible, no es más que una metáfora de la degradación de la Corona. Los miembros de la casa real están resultando los mayores activistas por una nueva república.

Como siempre, soy bastante escéptico con el desenlace de este culebrón. La infanta está imputada pero está por ver que llegue en algún momento a sentarse en el banquillo, a pesar de las graves acusaciones que pesan sobre ella. Incluso si eso pasara, muy bien se tienen que alinear los planetas para que la condenen (empezando porque el juez de sala no es el mismo que el instructor), no digamos ya para que pise una celda. El juez Castro sigue resultando un bicho raro dentro del tercer poder del Estado y corre un peligro cierto de que lo quiten de enmedio antes de que la instrucción del caso Nóos llegue hasta el final. La monarquía en España tiene un blindaje legal tan apretao, sobre todo por lo bien que la sostienen los poderes políticos y fácticos del país, que más bien parece que antes veremos a Mariano afeitándose la barba que a la infanta en el talego.

Aunque nunca se sabe, que España también ha tenido cierta tradición de cargarse a reyes cuando convenía… aunque los que les sustituían no fuesen mucho mejores. El peor enemigo de este país sigue siendo su propia historia. También para los borbones.

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