título
Todología con bigote
El billete amarillo

He leído el comunicado de ex-presos de ETA referido a su compromiso con una solución política y dialogada a lo que ellos llaman “el conflicto vasco”, renunciando al uso de la violencia. Dentro de lo exasperante que resulta el que no hagan una sola mención explícita a los muertos y el dolor que atrás dejaron con sus acciones, me ha parecido bastante normalito, sin trazas de exaltación a unos actos y una trayectoria que, esperamos todos, haya quedado cerrada para siempre jamás. El comunicado se ha leído durante un acto protagonizado por miembros de este colectivo y estaba fundamentalmente dirigido a pedir una amnistía para los etarras que aún siguen presos y dispersos en distintas cárceles españolas. Ni comparto los motivos, ni comparto la literatura contenida en dicho comunicado, ni desde luego me parece una petición razonable que se amnistíe a gente que ha cometido crímenes horribles, sean etarras o asesinos sin adscripción política (a quienes, si hay que diferenciar, llamaríamos criminales comunes).

ETA está derrotada. Esto parece un hecho incontestable y en todo caso faltarían ciertos gestos que probablemente no sean más que los flecos finales de una pesadilla que duró demasiado. Muchos de sus integrantes hace tiempo que salieron de la cárcel y están reinsertados en la sociedad, al menos en la que les quiera aceptar. Otros salieron hace poco, pero tras cumplir lustros o incluso décadas de condena. Viejos, agotados, derrotados y, lo quieran o no, con la sombra y la sangre de sus actos sobre su conciencia, quienes la tengan. Estoy seguro, porque no soy tan cínico como quiero aparentar, que muchos de ellos llevan ya tiempo arrepintiéndose de sus propios crímenes, posiblemente también de los de los ajenos. Lógicamente nada de eso servirá para devolver a los muertos de sus tumbas y en muchos casos tampoco calmará el dolor de las víctimas que les sobrevivieron. Pero el precio de vivir en una sociedad democrática y de derecho también es ése: que cuando un criminal ha cumplido su condena, debe ser devuelto a la calle, a dicha sociedad, con todos los derechos que la ley protege. Y lo que a partir de ahí esa persona haga será responsabilidad exclusivamente suya. Nos podrá gustar más, menos, o nada en absoluto, pero así es.

En la novela Los Miserables de Victor Hugo se nos explica que cuando un preso obtenía su libertad condicional, debía llevar consigo un billete amarillo, una especie de credencial donde constaba su estatus de ex-convicto. Se le exigía presentarla en todo momento, particularmente cuando solicitaba trabajo. El resultado, nos contaba Hugo, era que nadie quería contratar a un ex-presidiario; esa condición suponía una mancha indeleble que, en la práctica, te convertía en un apestado del mundo. Lógicamente, en “Los Miserables” aquello se focalizaba en el personaje de Jean Valjean, cuyo único crimen había sido robar una barra de pan para poder alimentar a la hija de su hermana y por el cuál había pagado con cinco años en galeras; esto arroja una luz de simpatía por parte del lector hacia Valjean que en ningún caso sería posible equiparar al miembro de una banda terrorista. No obstante, el principio que subyace es el mismo: la imposibilidad, a ojos de buena parte de la sociedad, de reinsertar a alguien que ha cometido un crimen, independientemente de si ese alguien ha mostrado un arrepentimiento sincero a lo largo de su período en prisión. Siglo y medio tras la publicación de Los Miserables (y casi dos siglos tras la época en la que este episodio ocurre), nuestra sociedad democrática sigue extendiendo pasaportes amarillos a quienes cumplieron la pena que la ley, nuestra ley, les impuso.

Es por eso que cualquier acto de lo que queda de ETA encaminado a cerrar de una vez esta larga época de dolor y lágrimas va a resultar insuficiente para una parte del país. En el caso de los colectivos de víctimas (no todos: algunos sí se han abierto a una resolución dialogada, por encima de su propio desgarro) las razones me parecen obvias y muy comprensibles, lo que no significa, y esto se precisa decir siempre que se pueda, que sean ellos quienes deban definir la política antiterrorista, mucho menos las leyes penales a aplicar a los asesinos, y por supuesto en ningún caso las modificaciones de éstas ad hoc para impedir que un preso salga a la calle cuando el fin de su condena está próxima. En el caso de ciertos partidos, uno de ellos en el gobierno, las razones tienen mucho de estrategia política (y esto es algo que se ve cada vez de forma más indisimulada), más allá de que en su seno haya habido también víctimas del terrorismo. Creo que es razonable exigir a los etarras, en prisión y fuera de ella, una declaración, mucho más explícita y acompañada de hechos, de reconocimiento y arrepentimiento por todo el dolor que causaron. No soy ingenuo y sé que en muchos casos eso no va a ocurrir, porque parte de ese colectivo sigue convencido de que lo que hicieron lo hicieron por una buena causa, “su” causa”; ante eso poco hay que rascar. Pero lo peor de todo es que también creo que quienes sí lo hagan tampoco encontrarán ningún tipo de comprensión ni tregua ante esa fracción social definida arriba. Serán portadores del billete amarillo durante lo que les quede de vida. Igual deberíamos plantearnos si obligarles a llevar ese billete es la mejor forma de construir nada. Dudo mucho de que ello nos haga a los demás mejores personas o más demócratas que nadie.

Sigo reflexionando.

comments powered by Disqus

 ||—|| 

Los textos originales de este cuaderno se encuentran bajo la Licencia ColorIuris especificada aquí. El resto son propiedad de sus respectivos autores. El diseño de la página es obra de Jorge Portillo. Valida xhtml y css. Formatos disponibles para agregadores de noticias: atom y rss ( Suscribir). Alojamiento provisto por Libro de notas. Gestionado con Textpattern. La caricatura de Groucho Marx es creación de Al Hirschfeld, publicada por George J. Goodstadt. Si quiere saber quién visita este cuaderno y desde dónde, pinche aquí.