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Todología con bigote
Para protestar, pulse el botón

El anteproyecto de reforma de la ley del aborto (cínicamente denominada también “de protección a la mujer embarazada”) está generando un nivel de discusiones colaterales tan agrio que me recuerda mucho, salvando las distancias, al generado por el debate sobre nacionalismos. El borrador diseñado por Alberto Ruiz-Gallardón, entiendo que de forma nada casual, ha conseguido hacer estallar un debate ideológico del que todavía veremos y oiremos muchas desagradables variantes antes de que el proyecto de ley alcance el Congreso. Entretanto, cualquier grieta entre partidarios y detractores de la interrupción voluntaria del embarazo (IVE) es aprovechada por el bando contrario, también en los media para anotarse aunque sea media victoria a su favor. Irónicamente, también ha mostrado las verdaderas caras de no pocos políticos, periodistas y otros personajes públicos cuyos esfuerzos por mantener una falsa equidistancia enseñan las costuras de manera casi obscena.

De todos ellos los que más me importan son los políticos, y particularmente los diputados y senadores. Desde que el gobierno del PP presentó el anteproyecto en rueda de prensa tras el Consejo de Ministros se han sucedido reacciones lógicas (por esperadas) tanto a favor como en contra, por lo que la noticia se ubica, precisamente, en aquellas que se desvían del plan previsto. No me refiero al rechazo a la reforma expresado por Celia Villalobos (tan consecuente en el tiempo como farisea en el efecto de esta postura), sino a aquellos de sus correligionarios que parece que tienen reparos a aceptarla. Según la prensa, estos podrían ser gente de relumbrón como Cristina Cifuentes, José Antonio Monago o Javier Dorado. Sin embargo, dos hechos contradicen para mí tan “alegres” informaciones: el primero, que ninguno de ellos expresa una oposición clara a la reforma, sino matices a ésta (Monago es el único que parece enfrentarla de forma directa); el segundo, más importante, que ninguno de ellos es diputado al Congreso y, por tanto, no tendrán que votarla cuando llegue el momento. Y los tres tienen cierto ascendiente dentro del partido, pero realmente poco poder de decisión o presión sobre quienes al final decidirán sobre el proyecto de ley.

Protestar, jugar al verso suelto o pretender hacerte el progre frente a los carcas de tu partido es algo realmente fácil cuando no arriesgas nada y cuando tu cargo no depende del botón que pulses en tu escaño en un momento concreto. De lo que hasta ahora sabemos sobre los diputados y en especial las diputadas del PP, parece que el monolito resiste y de momento no se ven resquicios en su solidez. La posición de Villalobos es irrelevante (siempre lo ha sido), pues su voto nunca resultó decisivo en estos temas y, si alguna vez lo fue, ya se ocupó ella de disfrazarlo de abstención por si acaso. En España, sobre todo en partidos tan verticales como el PP, cualquier posición política se dibuja en clave electoral; para ser más exactos, en clave de lista electoral y del puesto en el que tu partido te colocará en las próximas elecciones. Salirse de esa cosa tan anticonstitucional llamada disciplina de partido supone un esfuerzo mental tremendo (ser capaz de asumir que tu partido puede estar equivocado) y un ejercicio de calidad moral (votar de acuerdo con tus principios) al que sus señorías casi nunca están dispuestos a someterse.

Verán: es posible que, como ha pasado en otras ocasiones, el anteproyecto de reforma de la IVE sea un órdago de máximos que sea desbastado en algunos aspectos (concretamente el de malformaciones del feto) poco antes de ser sometido a las Cámaras. Puede, o puede que no. Es posible, incluso probable, que entretanto salgan otras voces de la derecha, de esas que los medios llaman “autorizadas”, criticando aspectos de la reforma pero jamás enfrentándose a ella directamente. Y es improbable, pero posible, que algún diputado o diputada del PP suelte que no le parece bien lo que Gallardón está haciendo y que votará en contra. En ese caso, seguro que lo hará con la coletilla de “a título personal”, que viste mucho. Por supuesto, de abandonar su escaño ni hablaremos, que en todo lo demás irán a muerte con sus superiores. Por todo ello permítanme mostrarme escéptico y hasta sarcástico con los versos sueltos que nos quiere vender la prensa (la del régimen y la que no lo es, pero confunde informaciones con deseos) y que para mí tienen el mismo valor que un abanico en la Antártida. Señorías, si quieren ustedes expresar su disconformidad con el ministro de siniestras cejas lo tienen muy fácil: el día designado, sólo hay que pulsar un botón. Todo lo demás que puedan decir no es más que basura.

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