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Todología con bigote
Periodismo y er mardito parné

Permítanme que les hable de mí un par de líneas (más): como seguramente saben, leo mucha prensa española, exclusivamente en digital. Aparte de los llamados “medios tradicionales” (El País y El Mundo, fundamentalmente) hurgo bastante en medios jóvenes fundados, en su mayoría, por periodistas que tuvieron que dejar los suyos y fundamentados, en su mayoría, por el dinero que sale de sus propios lectores.

Soy suscriptor, entre otros, de eldiario.es, quizá el primero de esos medios que consiguió hacerse un hueco en un sector de población, el de la izquierda socialdemócrata, muy falto de información en su espectro. Me parecía y me sigue pareciendo un proyecto interesante, donde tiene cabida gente a la que valoro mucho como periodistas y como personas, que trata los temas en profundidad y toca aspectos de la realidad que los “tradicionales”, consciente o inconscientemente, dejaron de lado hace mucho tiempo. A algunos (pocos) de los que escriben allí les conozco. Con otros he tenido algún contacto via redes sociales, incluso en algunos casos nos seguimos mutuamente, lo que para mí resulta un honor. Es decir, que no hablamos de un medio “mudo”, sino en contacto con sus lectores.

El Diario ha conseguido en poco tiempo una difusión comparable a la que tenía el desaparecido “Público”, del que proviene parte de su plantilla. Llevan a gala pagar a sus periodistas de manera justa, presentaron sus cuentas puntualmente y en ellas aclararon de dónde salían sus ingresos aparte de las suscripciones. En no pocas ocasiones han publicado también entrevistas con gente situada en la derecha política o reportajes alejados de la radicalidad de pensamiento izquierdista. Todo, precisamente, por no dar cosas por sentado e intentar buscar como sea la verdad en las noticias antes que la consigna… Y ello le ha supuesto recibir hostias (verbales sólo, por suerte) tanto de la izquierda como de la derecha. Porque, aun teniendo ideología clara, no ajustarse a la pureza de ésta tiene desagradables efectos secundarios. Yo mismo les he enviado críticas (breves, muy breves) a través de twitter y siempre sin excepción me las han respondido. No siempre me han satisfecho las explicaciones.

He puesto todo este ladrillo previo porque quiero que sepan desde un principio cuál es mi posición respecto a este medio y mi opinión actual, a pesar de lo que voy a contarles ahora. Verán: aun siendo suscriptor, me parece que la publicidad en los medios es necesaria, creo que es buena para su supervivencia y creo, también, que bajo ciertas condiciones es útil para el lector. Y ambas cosas, suscripción más publicidad, no me parecen incompatibles entre sí. Es por eso que en los medios donde contribuyo siempre tengo el bloqueador de anuncios del navegador desactivado.
Hoy en El Diario me he encontrado con publicidad de Bankia:

Probablemente es una publicidad de esas contextuales, que aparecen según tu historial de navegación y las cookies que se te van acumulando en el ordenador de otras webs. Probablemente El Diario tiene esta publicidad subcontratada y no controla a priori quién se anuncia a través de esa agencia. Pero me he cabreado. Mucho. Me he cabreado tanto que he puesto el siguiente tuit, para que vean que también soy capaz de entrar como elefante por cacharrería:


Como suele pasar, se han sucedido reacciones, algunas de acuerdo, otras en desacuerdo y otras pidiendo saber más. Íñigo Sáenz de Ugarte, uno de los periodistas-propietarios, a quien sigo en internet desde hace diez años, suele contestar a mis quejas. Esta vez lo ha hecho también:



Me he quedado muy frío leyendo esto, porque francamente no me lo esperaba y me parece una argumentación peligrosa. ¿Quiere decir esto que sin el dinero de Bankia no se puede pagar a esos periodistas, o quiere decir que aceptan el dinero, venga de quien venga? Ninguna de las dos respuestas me parece correcta. Y, además, no estoy hablando de tener más o menos libertad para que el periodista publique lo que quiera. Esa libertad yo ya la doy por supuesta, porque si supiera que a uno de esos periodistas, a uno solo, se le prohíbe publicar algo por cuestiones de patrocinio (palabra mal empleada, pero creo que se me entiende), inmediatamente El Diario, o cualquier otro medio, tendría un suscriptor menos.

Sin embargo sí creo que se debe fijar un límite ético a la hora de aceptar publicidad de una entidad o empresa. Creo que aceptar publicidad de empresas como Bankia rebasa con mucho ese límite. A estas alturas no tengo que contarles qué es Bankia ni todo lo que ha pasado con ella en el último lustro, pero por resumir diremos que es una entidad formada por la fusión de la antigua CajaMadrid con otra serie de cajas de ahorro de diverso tamaño, de diversa implantación y con una característica común: un agujero de infarto en sus cuentas. Y otra: han sido los juguetes de distintos gobiernos autonómicos que las utilizaron como sumidero de plata hasta llegar a su situación actual. Por todo ello, Bankia ha tenido que ser rescatada varias veces con dinero de todos y no sabemos si ese dinero se recuperará algún día. En suma: Bankia vive de prestado, y de prestado sigue jugando con los dineros públicos. Por ejemplo, para pagar publicidad en los medios de sus planes de pensiones privados en el mismo día, además, en el que en El Diario aparece esta noticia. Y en un medio cuya labor ha incluido, durante mucho tiempo, informarnos a todos sobre las enormidades que estaban sucediendo dentro de esa entidad. A mí cobrar dinero de un estafador, aunque fuese para mantenerme vivo, me parecería como mínimo poco ético. Sobre todo porque el medio, ojo con esto, presta también su credibilidad al anunciante, algo que parece que se nos olvida cuando hablamos de publicidad.

«Es muy difícil determinar dónde está ese límite ético», me comenta con acierto Belén Carreño, periodista económica de El Diario. Y es cierto, es difícil, pero quizá debería serlo menos en un medio con una línea ideológica clara y que atiende, precisamente, a un segmento de lectores que posiblemente sí tienen claro dónde está (déjenme dejar esta afirmación un poco difusa, porque creo que es muy atrevida). El Diario tiene publicidad de Movistar, la empresa cabreaespañoles por excelencia; de Idealista, propiedad de un neoliberal que se lucró con la burbuja; de Aqualogy, una subsidiaria de Agbar, empresa de aguas de Barcelona, privatizada. Es decir, muchos motivos por los que dudar de ese límite ético que, sin embargo, creo que se traspasa de largo con Bankia. Ignoro si soy el único lector o suscriptor que piensa así, pero me parece que les hago un flaco favor si me callo y acepto ver eso en el diario al que pago, precisamente, para que lo combata. Me parece una cuestión de principios.

He querido escribir esto porque la protesta en twitter ha acabado (sin intención, al menos por mi parte) en una discusión de tono algo agrio. Siguiendo (tarde) la máxima de mi hermano, “no pelearte en tuiter”. Se me ha planteado durante esa discusión que, a pesar de quien pone er mardito parné, la libertad e independencia del medio no se ha visto comprometida. Apunta Manel Fontdevila sobre esto un argumento irrebatible…


…si fuera de esa libertad de la que estuviéramos hablando, que yo nunca he puesto en duda. Mi protesta, y el objetivo de esta muy desordenada nota en El Cuaderno, está dirigida a otro lado: a preguntarnos si vale todo, incluyendo coger dinero de quien, por principios, aborreces. Como no sé si esa es la posición de El Diario, pero asumí desde el principio que sí, las razones de mi enfado son claras. Guillermo López-Guillermolo plantea un caso más extremo, pero imaginable:


Y ahí sí querría yo una respuesta más satisfactoria que la de “hay que pagar a los periodistas, pero no nos coartan nuestra libertad”. Yo no lo aceptaría, como tampoco la acepto si se trata de Bankia. Hay medios que no lo aceptan; les supone un lastre no tener ese dinero, pero ahí están, intentándolo. Y como lector y suscriptor exijo y ejerzo mi derecho a explicarles por qué esto me parece un error enorme. Les dije a Manel y a Íñigo que ni se podían imaginar en qué medida valoro la libertad que se da en El Diario. Pero una libertad sin principios es menos libertad. También en el periodismo. Sobre todo en el periodismo.

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