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Todología con bigote
Semana olímpica

Madrid 2120 es el margen mínimo que habría que dejar antes de permitir presentar de nuevo a Madrid (o a cualquier otra ciudad española) a unos Juegos Olímpicos. La candidatura madrileña, una simple idiotez desde el principio (¡hola, Álvarez del Manzano!) y una soberana idiotez en los últimos cinco años, no sólo ha costado a todos los españoles (a los que pagan impuestos, porque a otros que yo me sé…) una barbaridad de millones de euros, que en pesetas ya necesitaríamos un barco más grande, sino que ha acabado dejando la imagen de España ante el mundo, ya precaria, a la altura del asfalto. Por suerte, parece que ha tenido el efecto de que, ésta vez sí, hemos escarmentado y la capital del imperio no volverá a presentarse.

Hemos hablado y nos hemos reído mucho con la ridiculez de Ana Botella hablando inglés al estilo de las folklóricas de los años treinta y con una gestualidad propia de un videoclip de los Cantajuegos, pero nos hemos detenido menos en el analfabetismo lingüístico de un presidente del COE que lleva desde 2005 en el cargo, representando a España ante organismos deportivos internacionales y, aparentemente, sin tiempo para haberse aprendido un poquito de inglés más allá de la variante sioux de los spaghetti western. Tampoco hemos hablado mucho de los principales problemas estructurales en las políticas deportivas del gobierno español que siguen olvidándose del deporte de base, de la promoción de éste en las escuelas y, sobre todo, de la lucha real contra el dopaje, donde seguimos funcionando como ejemplo a no seguir. Como tampoco se habla del presidencialismo de las federaciones deportivas profesionales, que siguen modeladas según cualquier república bananera. O de la gran contradicción existente entre el cacareado “80% de infraestructuras hechas” (infrahechas, diría yo) y los mil millones de millones de puestos de trabajo que los #JJOO iban a crear. O de la excursión colegial a precio de gasolina que hemos pagado a 328 parásitos a Buenos Aires. La lista sigue, pero sobre todo sigue la tonta, que ya ha dicho que no piensa dimitir por haber redefinido los límites superiores del concepto “vergüenza ajena”. La ilusión, ya saben, tiene esas servidumbres.

Mención aparte merece —cómo no— la prensa del régimen, entregados de nuevo completamente a la causa del paletismo olímpico , en particular las dos semanas previas a la decisión, en las que promesas de publicidad y patrocinios han cocido un considerable plato de lentejas por el que nuestros periodistas de guardia vendieron la dignidad de la profesión con un entusiasmo que ya quisiera para sí el gobierno norcoreano. Eso sí, en cuanto Jacques Rogge pronunció su ya mítico “Madrid is eliminated” se oyó un sonido en cascada de voceros cayéndose del caballo y transmutándose, cual pogüer réinllens de la pluma, en acerados críticos del despropósito madrileño. Ni el maoísmo de Jiménez Losantos se perdió tan rápido. Ahora nos encontramos con una cadena de “yoyalodijes” a la que sólo cabe responder “posnoseteoíanadanada” seguido del guantazo con un pollo de goma. Por imbéciles.

Curiosamente, a casi nadie, ni antes ni después, se le ha oído pronunciar el nombre del otro fenomenal arquitecto de esta costosísima locura. ¿Por qué Alberto Ruiz-Gallardón no sale en los papeles como principal perpetrador de aquesta orgía? Será que no conviene soliviantar a la Corte. No listen the ask.

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