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Todología con bigote
La voz del padre

Cuando era pequeño pensaba que los actores de cine hablaban español. Por eso la primera vez que vi a Constantino Romero por la tele, en un programa concurso, espantoso donde parejas de novios intentaban conseguir muebles para su casa, no lo asocié con las voces de Darth Vader o de Clint Eastwood. Por entonces Constantino no llevaba gafas, aunque ya se me convirtió en inconfundible gracias a ese mostacho y a su redondísima calva. Poco después, con esmoquin y lentes de profesor, nos acompañó jueves y domingos por la noche en “El Tiempo es Oro”, aquel programa de listos y para listos que demostró que se podía tener buena audiencia en televisión a través de la llamada cultura general. Con todos sus papeles de doblaje en cine y televisión, y considerándose él mismo “simplemente actor”, para mí Constantino, la voz de Constantino, siempre estará asociado a ese programa.

La voz de Constantino Romero fue la voz del padre; no sólo por aquella frase icónica y nunca pronunciada como el mito suena (pues Vader nunca dijo “Luke” antes de “yo soy tu padre”), sino porque aquella voz representaba al progenitor firme y estricto, pero a la larga cariñoso, que acabó impregnando todo lo que hizo famoso. Incluso en los papeles más cabrones, como el rubio sin nombre de Sergio Leone, el Sargento de Hierro o el Harry Callahan de Don Siegel, ese tipo duro, que con Constantino se hacía todavía más áspero, resonaba en la sala de cine y en el salón de casa como alguien omnipotente, omnisciente, imbatible, infalible, aunque acabase en no pocas ocasiones mordiendo el polvo. La voz de Constantino era el padre inundando la estancia, era el cine de la infancia, cuando las versiones originales eran “películas con letreritos” y no nos importaba que nuestros héroes y villanos favoritos tuviesen la misma voz, y en cambio sí nos irritaba cuando en otra aventura al actor le quitaban su voz de padre para ponerle otra que sonaba a niñato malcriado. Si queremos, podemos montar nuestra propia leyenda urbana que dijera que James Cameron filmó Terminator 2 para que el otrora androide asesino pudiera recuperar el papel de padre que se quedó por rodar, con el fin de que Constantino Romero pudiera prestarle su voz. Esa voz del padre que ofrecía seguridad en el camino recto. Esa voz que al oírla, como cuando la oímos al principio de aquellos Juegos Olímpicos de 1992, ya sabías que nada podría salir mal desde ese instante.

Ahora Constantino se ha ido, paradójicamente sin hacer ruido, y una legión de fans de varias generaciones, criadas televisivamente bajo la voz del padre, le rinden homenaje en toda la red, su última casa mediática tras su jubilación hace apenas unos meses. Sea con El Tiempo es Oro, sea con Alta Tensión, La Parodia Nacional, los colchones Lo Mónaco o las inagotables repeticiones de películas protagonizadas por un actor y su voz, Constantino Romero permanecerá en el recuerdo siempre que su voz resuene por las paredes de nuestra sala de estar.


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