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Todología con bigote
Elecciones y espejismos

Ha terminado el primer test electoral serio tras la victoria del PP en las elecciones generales de 2011. No cuento los comicios andaluces ni asturianos (reloaded) de hace unos meses porque aún era pronto para que el efecto de un nuevo gobierno pudiese influir de algún modo en los resultados. En general, éstos han sido más o menos los que se esperaban (con un sorprendente tino de las llamadas “encuestas israelitas” o a pie de urna) y de ellos se pueden sacar rápidamente algunas conclusiones, creo que válidas. Veámoslas por comunidades:

Galicia: Dos datos son incontestables: primero, el aumento de la abstención, no mucho en porcentaje pero sí en votos absolutos (300.000 menos que en 2009), además de que los votos nulos se duplican y pasan de 15.000 a 37.000. El segundo dato es el brutal hundimiento del PSdG, que pierde alrededor del 40 por ciento de sus apoyos de hace tres años. Tanto es así, que mientras que en 2009 la suma de los partidos de izquierda1 fue mayor en votos que los obtenidos por el PP, en esta ocasión ni siquiera el voto acumulado de las tres formaciones que ahora se presentaban contra Feijóo ha sido capaz de superarle. Esto, sumado a los efectos de proporcionalidad corregida introducidos por la ley D´Hondt, ha provocado que el presidente en funciones pueda ampliar en tres escaños su mayoría absoluta a pesar de haber perdido unos 140.000 votos. Una perogrullada: la ley electoral es la que es mientras no se cambie, y con esa ley electoral la fragmentación se paga cara. Sin duda, el esfuerzo electoral ejercido tanto por lo que queda del Bloque Nacionalista Galego como por la escisión de éste protagonizada por Beiras en coalición con Esquerda Unida ha sido digno de elogio, al saber captar una parte de los votos de izquierda perdidos por el PSdG, y a pesar, precisamente, de esa ruptura por la mitad de la formación nacionalista. Pero no ha sido suficiente para dar el salto adelante como opción de gobierno, fundamentalmente por la debacle de los socialistas. Aunque si me preguntan a mí, incluso habiendo evitado la mayoría absoluta de Feijóo dudo mucho que se hubiesen puesto de acuerdo los tres partidos (dos de ellos a la greña) para formar un gobierno alternativo.

En cuanto a lo que le ha podido pasar al PSdG, creo que necesita de un análisis más largo y eso será motivo de otro artículo. A vuelapluma creo que basta decir, de momento, que la falta de un candidato consolidado, aunque fuera a través de unas primarias de urgencia, sumada a la oposición inexistente de Pachi Vázquez y el efecto arrastre (negativo) de Rubalcaba han provocado este desastre sin paliativos. Sospecho que este dato ha tenido mucho que ver en la decisión de Feijóo de adelantar las elecciones, pero volveremos a eso más adelante.

Hay una sorprendente unanimidad entre los medios de comunicación a la hora de calificar estas elecciones como “un respiro” para Rajoy, y no como una victoria o un refrendo a sus políticas. La pérdida de votos del PP en Galicia no es desdeñable aunque el resultado en escaños haya mejorado. Posiblemente quien sí sale reforzado de estos comicios, a pesar del dato numérico, sea el propio Feijóo. Ha vendido, con relativo éxito, que Galicia ha sido donde la crisis menos ha afectado. Es cierto que ha maquillado las cifras y que se ocultan los datos de inmigración y del frenazo de la industria en la comunidad, pero como siempre me recuerdan, al final lo que cuenta es la percepción. La izquierda gallega, PSdG aparte, debería evitar el espejismo de tomar un incremento espectacular de votos en su conjunto como un triunfo particular, pues al cabo del día lo que cuenta, que es conseguir los escaños suficientes para gobernar o decidir políticas, no se ha conseguido. El PP ahora disfruta de una mayoría más cómoda y tendrá cuatro años para afianzarla con el conocimiento, tópico pero cierto, de que la memoria política del votante es corta. Y ya no hay elecciones hasta las municipales de 2015. Quizá el BNG y Anova deban ir planteándose una nueva unión, si realmente quieren asentar y mejorar lo conseguido.

Reconforta, por otra parte, saber que el proyecto personalista de Mario Conde, muy publicitado y apoyado por los medios de ultraderecha, no ha pasado de los 16.000 votos; apenas el 1%. La perspectiva de un Jesús Gil gallego está, por el momento, muy lejos. De hecho, el único partido realmente antisistema que existe (sobre el papel), Escaños en Blanco, ha obtenido 1.500 votos más. También da para pensar un ratito.

Euskadi: Aquí me extenderé menos, pues no conozco el tema tan de cerca, pero igualmente afirmo que los resultados son de todo menos sorprendentes, con la única excepción de EH-Bildu, de quienes esperaba un par de escaños más. En cualquier caso el claro vencedor es el PNV de Urkullu, quien habrá de pactar con los abertzales o con los socialistas para poder gobernar con cierta comodidad. Leo que el PNV ya ha insinuado que buscarán pactos variables durante la legislatura para aprobar leyes, pero que se están planteando gobernar en solitario. Sin descartarlo del todo, la verdad es que dudo de que vaya a ser así, al menos durante toda la legislatura. Por el mismo motivo estoy en desacuerdo, en principio, con aquellos que hablan de un triunfo del soberanismo, pues este PNV nada tiene que ver con el de Arzallus, Egibar e Ibarretxe. A Íñigo Urkullu, al que veo más pragmático que sus predecesores, le podría valer un pacto ya conocido con el PSE-EE para reconstruir una coalición que gobernó establemente Euskadi durante varios lustros. Ahora, sin la amenaza de ETA, el juego político que incluía rupturas estratégicas de dicha coalición según el tono de la arzallusada (o egibarada) de turno deja de tener sentido y un gobierno vestido de gestores posiblemente tendrá más éxito de cara al votante que otro —permítanme la expresión— basado exclusivamente en conceptos nacionalistas. No debe olvidarse de que al PNV, lo mismo que a CiU en Catalunya, lo vota un espectro de gente muy amplio, parte no desdeñable del cuál está por encima de hechos diferenciales y floridas arengas independentistas. Lo que para mí es una auténtica incógnita es qué papel representaría un derrotado (en todos los sentidos) Patxi López dentro de ese hipotético gobierno.

Hablando de López, el lehendakari saliente ha tenido que enfrentarse, probablemente, a la mayor lluvia de críticas que ha sufrido un político dentro de Euskadi desde, quizá, Garaikoetxea. Elegido para el cargo merced a un pacto que podríamos llamar “contra natura” (pues su único punto en común era, legítimamente, ojo, impedir otro gobierno del PNV), su gestión ha sido puesta en solfa, con razón y sin ella, desde el mismo momento en el que accedió a Ajuria Enea. Esto no es nuevo, no se crean, ya lo hemos visto cuando Maragall fue investido presidente de la Generalitat catalana, lo hemos visto cuando Zapatero subió al poder en 2004 y, en menor medida, cuando el dúo Touriño-Quintana se hizo cargo de la Xunta de Galicia. Si a la concepción patrimonialista del poder por parte de quien lo ha ostentado tantos años se une el componente nacionalista, que pretende negarte la legitimidad poniendo en cuestión tu vasquismo (o tu españolismo, según el caso), es fácil de comprender que meter una cuña en el cortijo de otros requiere tener la mandíbula de acero. Dicho esto, cuando el presidente en ejercicio no consigue renovar mandato y, además, lo hace perdiendo espectacularmente votos y escaños, es que su gestión ha debido de tener muchas más sombras que luces. Quizá mis lectores en Euskadi podrían aclararme este punto con más detalle. Del PP no tengo mucho que decir… Basagoiti creo que ha sido más moderado que el trio Mayor-Iturgaiz-San Gil y a ratos se le ha visto incómodo dentro de su propio partido, pero el hecho de ir la mayor parte del tiempo a remolque del gobierno de López (fue precisamente una de esas rupturas escenificadas la que provocó la convocatoria de elecciones) le ha acabado convirtiendo en líder de una formación al borde de la irrelevancia en términos de gobernabilidad, a pesar de perder sólo unos 20.000 votos. La base sólida de votantes populares, en este caso, nunca es suficiente.

Estas elecciones no pueden compararse en términos absolutos con las de 2009 por una sencilla razón: en aquella época una parte del electorado vasco fue privado del partido al que habrían votado. Permítanme no entrar en la idoneidad o no de los motivos de aquello, no creo que sea tema de este texto concreto, pero el hecho final es que ese sector de votantes en su gran mayoría optó por no votar o expresar su protesta mediante el voto nulo (100.000 nulos en 2009 por apenas 10.000 en 2012, el qué y el porqué están bien claros). Ello necesariamente tuvo influencia en resultados y distribución de escaños y en 2012, eliminada esa “corrección forzosa”, se ha producido lo que muchos temían: una subida de la coalición abertzale que puede calificarse de espectacular, al situarse como segunda fuerza política de la cámara de Vitoria, con un 25% de los votos. Dejando aparte necedades previsibles como las de Esperanza Aguirre lamentándose de que no se hubiera ilegalizado a Bildu o la de Rosa Díez llamándoles (a ellos y por extensión a sus votantes) “nazis”, no cabe duda que la gestión de estos resultados por parte de la coalición independentista será mirada con lupa a cada minuto, igual que lo está siendo en los ayuntamientos y diputaciones en los que están gobernando o co-gobernando. A pesar de ciertas actitudes, como el acoso a Patxi López en el colegio electoral, que considero residuales de una época en la que campaban por sus respetos mediante amenazas, me gustaría —y sé que no estará bien visto por muchos— concederles el beneficio de la duda por el momento. De lo que haga ETA en los próximos meses dependerá también el destino de esta coalición, más heterogénea de lo que parece.

Tres detalles finales sobre Euskadi, muy breves: primero, que UPyD conserva su escaño por Álava con aproximadamente los mismos votos que en 2009 (pierde un par de cientos), segundo, que la división de Ezker Batua en tres partidos ha sido letal para la izquierda que quedaba en el País Vasco, que ha desaparecido de la cámara; y tercero, que la descompensación enorme que existe en el sistema electoral vasco (donde Vizcaya tiene el triple de población que Álava y el doble que Guipúzcoa y, sin embargo, las tres tienen el mismo número de escaños) no ha impedido un triunfo en votos y escaños de PNV y Bildu por encima del resto, incluso en la provincia teóricamente menos nacionalista. Si de verdad PP y PSE-EE quieren analizar en serio las causas de sus desastrosos resultados, creo que éste es el primer dato que deberían observar con atención.

Al final el análisis rápido se ha convertido en un tocho. Esta semana, si puedo, me meteré un poco más en lo que le está pasando al PSOE, que creo que requiere un estudio separado. Adelanto una idea: el partido necesita un congreso extraordinario, cuanto antes mejor.

1 Por simplicidad en el texto, consideraremos que el PSdG también lo es.

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