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Todología con bigote
Craufándin

“Acabo de acabar” un libro en el que he participado, no como autor (ay, para eso tendría que vencer mi universalmente conocida pereza), sino como productor, socio capitalista, mecenas o pringao, como ustedes gusten, que definiciones para esto hay de todo.

Dejando la rimbombancia a un lado, lo que he hecho es colaborar en un proyecto de crowfunding, esto es, la financiación de una idea por parte de su público potencial, con el fin de que se materialice en un producto. En este caso la idea era recopilar los textos que un autor, Lorenzo Silva, publica en su blog y transformarlos en un libro físico y su correspondiente versión electrónica. Es el primer proyecto de este estilo en el que tomo parte, con una modesta aportación, y me siento feliz de ver que ha llegado a buen puerto y que he podido contemplar su resultado.

Pues vaya chorradita, pensarán algunos, poner dinero para algo que está libremente disponible en la red porque, de hecho, el propio autor así lo ha querido. Podría ser, pero tengo mis razones para ello y van más allá del propio libro, al que considero más un medio que un fin. Intentaré explicarme.

No conozco personalmente —ya quisiera— a Lorenzo. He tenido algunos intercambios de correos con él gracias a los cuáles, entre otras cosas, pude conseguir que la edición electrónica de las aventuras de Bevilacqua y Chamorro se pudiese comprar también desde Alemania. El propio autor, amablemente, contactó directamente con los editores para que ello fuese posible. He de decir que hasta entonces sólo había leído una novela suya, precisamente de esa serie, y que desconocía por completo su labor en la red y, sobre todo, su empeño por ofrecer su obra en formatos accesibles y a precios más que razonables. Lo sigo mucho más ahora, desde luego, aunque, á la Mazagatos, me falta tiempo para leer todo lo que escribe. Me esfuerzo más que Sofía, eso sí.

Lorenzo Silva es, como todos, un señor que vive de su trabajo; su profesión es la de escritor, lo que quiere decir que basa sus ingresos en lo que sale de su cabeza. Luego cobrará por conferencias, por participar en diferentes eventos, por formar parte de jurados, por lo que ustedes quieran; pero para poder hacer todo eso primero dedica su tiempo a hacer libros, con bastante éxito por lo visto. Es una profesión tan bella como inestable, porque nunca se sabe si tu próximo libro va a dar tan buenos resultados como para que te permita seguir viviendo de eso. Hay muchos oficios así, éste es un ejemplo de ellos. En su caso particular, además, pone a disposición de quien quiera muchísimas muestras de su obra para descargar y leer. Gratuitamente y sin pedir contrapartidas, es decir, textos por los que seguramente no verá un céntimo. Si gracias a eso está consiguiendo más lectores que compren sus libros es algo que no puedo decir, no tengo los datos. Pero lleva años haciéndolo, así que no creo que vaya movido por el afán del márketing.

Creo —y quizá el propio autor lo desmienta— que Los Trabajos y los Días es, sobre todo, un experimento: ver hasta qué punto un autor más o menos conocido puede conseguir un apoyo económico de sus lectores que, en todo caso, tiene que haberse ganado con trabajo previo. Sean novelas en las librerías, sean cuentos en la red, sean artículos en prensa, sea por el contacto directo con tus fans o sea porque, simplemente, parece un tipo majo, hay un bagaje ahí que luego permite recoger esos frutos. Tanto es así que, efectivamente, lo ha logrado a pesar de que son textos ya publicados, gratuitos y accesibles en todo momento. Las cantidades eran razonables, el objetivo impuesto no era descabellado y, probablemente, la relación resultado/coste (para el autor, digo) es suficientemente alta como para considerar exitoso dicho experimento.

Como lector y “contribuyente” debo decir que no he participado en esto por el libro en sí, aunque me ha servido para leer textos que en su momento no leí en su blog, por falta de tiempo o de ganas. El dinero aportado es algo más de lo que me ha costado cualquiera de los otros libros del autor (incluso en papel) y, aún así, considero que ha merecido la pena hacerlo. Mi pequeña contribución es, a la par que una curiosidad por saber cómo funcionaba el experimento, una contribución egoísta, de cochino interés: el interés por que Lorenzo Silva siga escribiendo libros y los siga ofreciendo a precios de risa. Que, a fin de cuentas, es lo que todo el mundo en la red pide, ¿no?

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