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Todología con bigote
¿Y ahora qué le digo?

Tuve hace años una discusión, amistosa pero ciertamente frontal, con un compañero de carrera procedente de otra ciudad andaluza. Por aquel entonces (principios de los noventa) otra crisis se cebaba con el país y el paro volvía a resultar un problema, aunque desde luego ni mucho menos tan grave como hoy día. El PSOE estaba ya en las últimas y el cambio en el gobierno era previsible, aunque tardaría un par de años más en producirse.

En este escenario era lógico que las conversaciones acabasen derivando, más pronto que tarde, hacia la política. Y, dentro de ésta, hacia el empleo. Este chico se declaraba votante de Izquierda Unida, si bien (de esto me he enterado hace poco), la IU de su localidad tiene una política un tanto “sui géneris” que hasta cierto punto podría considerarse incluso conservadora. Me hablaba de un empresario bien conocido en el lugar que básicamente monopolizaba el tejido productivo de la zona, pero al que la gente adoraba, pues era de los que “dan trabajo a todo el mundo”. Seguro que a ustedes se les ocurren varios ejemplos, y comprenderán que no me apetezca dar nombres. Lo llamaremos Fruela, por comodidad. Como era esperable, mi compañero le cantaba loas a su forma tanto de ganar dinero (legalmente dudosa, como mínimo) como de repartirlo, al mejor estilo de los sátrapas.

El tema de la charla terminó yendo hacia los impuestos. Sin que pudiéramos tacharlo de “libegal” (entonces no se hablaba en esos términos), él era de los que opinaba que el Estado le robaba el dinero y que no entendía por qué había que pagar tantos impuestos. Yo le contesté con esos argumentos que damos los progres, ya saben: sanidad, educación, infraestructuras, el hecho de que él pudiera estudiar en una universidad pública con los magros sueldos de sus padres… esas cosas. Medio desconvencido (disculpen el palabro) se encastilló en el argumento de que sí, que impuestos sí, pero que no entendía por qué eran tan altos y —ojo a esto, que es muy español— que cuando él trabajase y ganase dinero, procuraría defraudar todo lo que pudiera. Eso me hizo estallar y le contesté: “Mira, precisamente por gente como Fruela, que hace lo que tú dices, es porque el resto tiene que pagar impuestos más altos”. La conversación terminó ahí.

Hace un par de días el gobierno del PP ha anunciado una amnistía fiscal para evasores de capitales, ofreciendo un tipo impositivo bajísimo a cambio de que se traigan er parné de vuelta, todo ello para una previsión de ingresos que seguramente no llegue al 5% del déficit que se quiere subsanar. Al mismo tiempo, anunciaron los enésimos recortes en todos los tipos de inversión estatal (sí, esos: educación, sanidad, investigación, infraestructuras…), subidas de impuestos que afectarán sobre todo a clases medias y bajas, eliminación de programas sociales, desinversión en ciencia e investigación…

Si me encontrase hoy a mi ex-compañero de carrera, no sabría realmente qué decirle.

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