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Todología con bigote
El despertar de la memoria

El segundo juicio a Baltasar Garzón, acusado de prevaricación por declararse competente para abrir una investigación sobre los crímenes del franquismo, dejando aparte sus consideraciones jurídicas y la perversidad que tiene el que sea el juez el único encausado por este asunto, ha tenido una buena consecuencia: por primera vez en más de siete décadas, las personas afectadas por dichos crímenes (al menos las que quedan vivas) han podido ser escuchadas ante un tribunal. Por una vez, tras una vida entera de absoluto ostracismo, las víctimas del fascismo han tenido un micrófono “oficial” ante el que han podido contar sus casos. Y todos1 hemos podido leer, ver y oír a esa gente que sólo pedía una cosa: saber dónde están sus desaparecidos.

Dentro de lo que Guillem Martínez bautizó, acertadamente, como “cultura de la transición” (CT), la pérdida de memoria histórica parecía una de esas condiciones irrenunciables que teníamos que aceptar para impedir un nuevo enfrentamiento entre españoles. Ya teníamos democracia, teníamos una constitución y había que hacer tabula rasa y olvidarse de todo lo que hubiera pasado antes de 1977. Y si había gente, radicales ellos, que pretendían siquiera saber dónde estaban sus muertos y mostrar a los focos a quien les había asesinado, se les acosaba, se les mandaba callar, se les amenazaba o, mucho peor que todo lo anterior, se les condenaba al olvido. Con su empeño en juzgar a quien osó hacerse cargo de ellos, el Tribunal Supremo, involuntariamente2 ha conseguido revertir la situación: para la Historia quedarán sus voces y sus testimonios.

Hablamos de gente cuyos padres, maridos, hermanos, madres incluso, fueron arrebatados de manera sistemática en un plan de exterminio del enemigo que no obedecía a mayor causa que la de establecer un poder mediante el terror. Gente que ha vivido durante décadas, muchas, preguntándose no ya que fue de ellos (pues tras varios años de incertidumbre y soledad estaba claro que los habían matado) sino dónde habían dejado sus cadáveres para, al menos, poder enterrarles dignamente y tener un lugar adonde ir a recordarles. Esa inserción obligada en la ignorancia, en el anhelo diario, durante años, de que en algún momento esa persona amada apareciese por la puerta tras una horrible pesadilla. Y es muy jodido tomar conciencia de que eso, al final, no va a pasar nunca.

Hace algún tiempo, más o menos con la aparición de la Ley de Memoria Histórica auspiciada por los socialistas, incompleta e insuficiente pero mucho más de lo que hasta entonces se había hecho (¿se intentó alguna vez?), discutí con una amiga sobre la necesidad de dicha ley. Ella, que en modo alguno es una fascista, que ni siquiera es de derechas y que, me consta, desde luego no es una insensible, sí que tomó el asunto por la vía pragmática y argumentaba… bueno, lo que ya hemos oído por activa y pasiva durante todos estos años: que si no es momento, que si hay otros problemas mayores en España, que es un gasto innecesario, que para qué abrir heridas… El argumentario habitual, pero ya les digo que no parecían razones ideológicas sino puramente prácticas. La discusión, por supuesto, no acabó en ningún acuerdo y yo seguí pensando que ella estaba equivocada. Aunque no les negaré que todo aquello me dejó un poso de duda.

Hoy, tras haber leído y escuchado mucho y haber conocido los testimonios de esas víctimas, la desesperación por la que pasaron a lo largo de sus vidas, la ausencia siquiera de un deseo de reparación, mucho menos de venganza, puedo decir que ese poso de duda se ha disipado por completo. Lo que hemos presenciado esta semana en la sala del Supremo que juzga a Garzón es la mejor prueba de que la existencia de una ley de memoria y el ofrecer a las víctimas, por lo menos, una oportunidad de cerrar sus heridas (porque la gran mentira del fascista es que las volvería a abrir), no sólo es algo necesario. Es que es lo único decente que se puede hacer.

1 Todos o, al menos, los que hemos tenido la vergüenza de querer escucharles.

2 Y aquí siempre me asalta la duda metódica.

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