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Todología con bigote
Recuerdos de un teatro

Al final de los años setenta la ciudad parecía más grande.

Cuando tienes tres, cuatro, cinco años, aunque te dicen que creces muy rápido, todo a tu alrededor te parece enorme, y cualquier camino que hoy recorres andando en unos minutos, entonces alcanzaba la categoría de excursión al campo. Y ese campo tenía muchas formas… en algunos casos, las del bullicio de la Encarnación y La Campana, de la calle Laraña y de un teatro, el Álvarez Quintero.

Allí vivía mi primo, de mi edad, apenas unos meses más joven. No vivía allí todo el tiempo, pero sí gran parte de la semana. Al cuidado de sus abuelos mientras iba al colegio y sus padres trabajaban, mi primo tenía la casa más divertida que podía tenerse. Su abuelo era portero del teatro y residía en un pequeño apartamento en la parte trasera del local, al que se accedía por una entrada lateral del edificio en la calle Arguijo (¿la puerta era roja?) y donde hacían la vida diaria. De ahí sólo recuerdo la cocina, con una tele minúscula, el olor constante a comida (para mí que siempre estuve allí cuando se almorzaba o se cenaba) y un montón de revistas apiladas en algún sitio.

Pero lo mejor de todo era la habitación de mi primo, que no se encontraba en aquella parte de la casa sino en la contraria. Para llegar hasta allí había que atravesar una especie de pasarela elevada, a muchos metros por encima del propio escenario. Y claro, como con esa edad uno corretea más que anda, nos llevábamos las buenas broncas cuando pegábamos la carrera mientras había función o se pasaba la película. Porque por aquel entonces el teatro estaba bastante más de capa caída y la gente en Sevilla iba sobre todo a los cines, de manera que el Álvarez Quintero hubo de sumarse a la corriente y proyectar de vez en cuando el último “éxito” o, más adelante, reestrenos tróspidos venidos de Italia. No sé si ahora mezclo recuerdos, pero yo diría que allí fue donde vi “Granujas a Todo Ritmo”. Lo que sí es seguro es que nos llevó mi tío.

En cualquier caso, fue de tan pequeño que descubrí el teatro. El teatro por dentro, quiero decir: nunca llegué a coincidir con actores o dramaturgos, o al menos yo no lo recuerdo, pero sí que se grabaron en la memoria las correrías por escaleras, pasarelas y pasillos, el atravesar misteriosas cortinas rojas que llevaban a más pasillos, a detrás del escenario, a escuchar a los actores de Anacleto se divorcia recitando su texto y al público carcajeándose con estruendo con los gags de Muñoz Seca y Pérez Fernández. De vez en cuando aparecíamos por una puerta lateral y nos sentábamos en las filas traseras a ver la obra, pero pocos minutos después, como no la entendíamos, volvíamos a salir por el mismo sitio y continuábamos nuestra exploración de aquel laberinto en sombras, siempre con el eco de las voces sobre el proscenio resonando por las paredes y conscientes de que no debíamos hacer ruido para que no se oyera desde las butacas. Confieso que no recuerdo si alguna vez llegamos a ese silencio, o si por el contrario alguna vez llegó a oírse siquiera el sonido de nuestros zapatos. El teatro era nuestro laberinto, nuestro parque de atracciones, donde jugábamos a detectives y buscábamos pistas en habitaciones que parecían destinadas a estar siempre cerradas y acumular trastos. Recuerdo particularmente uno, una especie de águila disecada, que se encontraba en uno de los despachos del segundo piso encima de una montaña de libros y cacharros apilados sobre una mesa. Y era algo mecánico: pasábamos por ahí y mirábamos a ver si seguía el pajarraco (así lo llamábamos), aunque nunca entramos en la habitación, cerrábamos la puerta y seguíamos hasta el apartamento.

Aquel lugar era magnífico, impactante, enorme (entonces lo parecía), lleno de lugares por los que perderse, aunque todos acababan llevando al mismo sitio. Incluso para mí, timorato como era, correr por aquellos pasillos o atravesar esas pesadas cortinas no era más que una divertida aventura en la que nunca hubo sensación de peligro. En realidad, me lo pasaba mucho mejor allí que en cualquier jardín con columpios y, en el fondo, envidiaba mucho a mi primo por vivir en un sitio tan divertido, aun teniendo un abuelo tan serio. Y de los recuerdos más vivos que tengo de mi infancia, ese teatro, en el que realmente no pasé tanto tiempo, se me queda mucho más patente en la memoria que casi cualquier otra cosa.

Pasaron los años, crecimos, el teatro fue quedándose pequeño y esa fascinación se fue perdiendo. La falta de público y el estado del edificio provocaron su cierre, y así se quedó durante muchísimo tiempo hasta que El Monte lo rescató para su fundación… pero ya no era lo mismo. La gran marquesina que anunciaba las obras sobre la entrada principal desapareció; la misma entrada, suntuosa y ya entonces nostálgica, fue sustituida por un recibidor más bien aséptico y todo lo que pudiera quedar del viejo teatro (y que, seguramente, era imposible de conservar), se redujo a lo que podemos recordar quienes tenemos edad suficiente. Veinte años después, quien esto escribe ayudó a fundar un grupo de teatro en la Escuela de Ingenieros en la que estudió tantos años. Poco después de aquello la jartibilidad le pudo y lo dejó en otras manos. Más de diez años después, apenas hace unos meses, supe que ese grupo seguía activo y, por lo que sé, muy bien considerado. Y me sonrío pensando que en cierto modo pude contribuir a que fuera así, y que parte de esa vida que puse en que el proyecto saliera adelante vino alimentada por los recuerdos de una infancia en la que, de vez en cuando, se me permitía el lujo de corretear tras las bambalinas. Yo entonces no lo sabía, claro, pero hoy, más de treinta años después, pensar en ello me sigue haciendo sentir afortunado por poder haberlo vivido.

Echo de menos el teatro… sobre todo detrás del escenario.


Este texto está dedicado a mi primo Quike, que es el otro protagonista de estos recuerdos. Sé que te vería más si usara Fasebú, pero eso no excusa para que no deba verte más veces ;-)

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