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Todología con bigote
Borrando a ETA: Jordi Évole de nuevo en Euskadi

Jordi Évole, el periodista antes conocido como El Follonero ha encontrado su hueco en los domingos de La Sexta con su programa Salvados. Concebido originariamente como un especial sin fecha fija que tocaba temas polémicos y en el que todavía predominaba el corte humorístico por encima del informativo, Évole ha sabido ir despegándose poco a poco de esa faceta follonera (es difícil perder el cliché una vez te lo asignan) para convertirse en un reportero a la vieja usanza, esto es, acercándose a donde está la noticia o el asunto de la semana y, simplemente, preguntando qué pasa. Y, si no le contestan o contestan a medias, insistiendo. Lo interesante del caso es que Évole consigue, en bastantes ocasiones, que el entrevistado de turno diga más cosas de las que normalmente diría en una entrevista pactada; sea porque el entrevistado se encuentra en su propio terreno (su pueblo, su lugar de trabajo, su lugar de ocio) y, por tanto, más relajado que de ordinario, o sea porque es más fácil de esa manera pillarle con la guardia baja, tanto las cosas que dice como lo que se resiste a decir se aproximan bastante al efecto que se busca. Quizá por ello Salvados se ha convertido, poco a poco y casi sin darse cuenta, en el programa estrella de los domingos, gracias sobre todo al efecto multiplicador de las redes sociales que van alimentando y realimentando las recomendaciones. Sin tener datos concretos, me atrevería a jurar que es un programa que se ve muchísimo más en su página web que en el aparato de televisor.

Por segunda vez, si no me equivoco, Salvados toca el tema de ETA. Hace algunos meses lo hizo con un programa en el que incluía una controvertida entrevista a Jesús Eguiguren, presidente del Partido Socialista de Euskadi y uno de los dirigentes socialistas que más fuertemente apuestan por una salida dialogada al terrorismo en el País Vasco, lo que le ha granjeado conflictos y críticas incluso en su propio partido. En esta segunda ocasión, Jordi Évole se tira más a la calle en los días previos a la llamada Conferencia Internacional por la Paz1, celebrada este lunes en San Sebastián. Y escoge dos pueblos representativos de la geografía vasca que están gobernados por independentistas de Bildu, en el caso de Mondragón (Guipúzcoa), y por nacionalistas del PNV en el caso de Elorrio (Vizcaya). En ellos Évole charla con concejales del PSE, con Pello Urízar, portavoz de Eusko Alkartasuna (integrada en Bildu), con miembros de Bildu que no pertenecen a EA y con el único concejal del PP en Elorrio, cuyo voto propició la elección de un alcalde del PNV en lugar de otro de la coalición abertzale. Aunque son estas conversaciones las que centran el programa, Évole también tantea un poco lo que pasa en la calle, en el día a día. Acompañado por un concejal del PSE en Mondragón y por el del PP en Elorrio, Carlos García, el periodista y el espectador se encuentran en un espacio más bien reducido con toda la variedad posible de sentimientos; desde el apasionamiento en una situación tensa como una manifestación de independentistas en el pueblo vizcaíno, hasta el hartazgo absoluto con una situación que parece llevar estancada desde hace meses. Évole recoge declaraciones de familiares de presos y ex-presos de ETA, de abertzales declarados que se niegan a sentarse a charlar con Carlos García, aunque al final consigue que intercambien algunas frases y la bronca se queda en menos; del párroco de Elorrio, abertzale también y que conoce de cerca las dos caras del problema… En todos los casos la presencia y la insistencia del periodista catalán consigue escenas que en condiciones normales quizá no serían posibles. Pero lo más importante es que coloca parte de la cotidianeidad política vasca, aunque sea a pequeña escala, a la altura de los ojos del espectador.

Y no es fácil, no: hablar de política inevitablemente activa la desconfianza, y en las reacciones de la gente ante la presencia de Jordi el lenguaje corporal es bastante más elocuente que las palabras, a menudo esquivas. Me gustaría escoger un momento determinado del programa, en concreto éste, una persona que ha tenido a un hijo preso, es decir, con una relación directa con el entorno de ETA, y que transmite en sus palabras y en su voz las ganas desaforadas de que la cosa termine de una vez. Está nervioso mientras habla, su cara cambia constantemente de expresión, pero ese cansancio permanece presente. Y esa desconfianza de la que les hablaba, mirando hacia todos lados en gestos que me dan la impresión de que tiene miedo de las palabras que salen de su boca. Puede que sea un prejuicio de este espectador, no me atrevo a asegurar nada.

El programa ha recibido multitud de elogios, especialmente en twitter, y también bastantes críticas. Estas últimas están centradas, seguramente con razón, en que la visión que se ha dado del problema vasco es sesgada y que refuerza el concepto del abertzalismo que rige casi como estándar en el resto de España: el independentista cerrado de mollera, que no atiende a razones y que no quiere condenar a ETA. Estoy de acuerdo en parte: en ocasiones al incisivo Jordi Évole le ha faltado chispa para salirse de la pregunta clave e intentar buscar la respuesta dando un rodeo; aunque si le concedemos el beneficio de la duda, el programa intenta dejar claro, por ejemplo, que hablar con concejales de Bildu ha sido una tarea casi imposible. De hecho, era más fácil que te respondiera un independentista de a pie que uno con sillón en el Ayuntamiento, lo que no dice mucho en favor de la coalición. Me permito dudar del sesgo, porque no sé qué es lo que se ha quedado en la sala de montaje y me imagino que el material grabado supera de largo la hora escasa de emisión. De aquí voy a la otra crítica que se le ha hecho, la de superficialidad. También con cierto sentido, porque parece que el periodista ha querido abarcar demasiadas cosas para el poco tiempo de que disponía y eso al final se ha notado en la escasez. Consecuentemente el espectador se queda con ganas —frustradas— de saber más. Me pregunto si no habría sido mejor hacer el programa en dos partes, una por cada municipio, y profundizar más en lo que supone que haya un gobierno u otro.

No puedo estar de acuerdo, en cambio, con la crítica que le acusa de no mostrar otros aspectos sociales de los lugares en cuestión y de dedicarse solamente a ETA como monotema… cuando precisamente es de eso de lo que se trata; no estamos hablando de un documental costumbrista sino de una situación concreta en un momento concreto de Euskadi que puede ser decisivo en su futuro, y de cómo se está viviendo eso en la calle. ¿Podía bucear más en los detalles? Seguramente, pero entiendo que no era éste el formato para ello. Otro tipo de crítica que me ha irritado sobremanera es la que acusa a Évole de payaso2 y de frivolizar con humor los temas serios. Yo querría pedir a quien ello afirma… que se vea el programa, porque si es capaz de afirmar eso está claro que ni se ha molestado en verlo. A partir de ahí, discutimos lo que quiera.

Sin entusiasmarme, el Salvados de esta semana me ha gustado, lo he encontrado cercano, a pesar de que pasa de puntillas por casi todo y, desde luego, tiene momentos encaminados a conseguir el golpe de efecto, lo que Évole suele lograr a base de machaque y, sobre todo, de no pensar que le puedan partir la cara en algún momento. Técnicamente, ya lo he mencionado, es mejorable y posiblemente el tema tratado merecía un espacio más extenso. Pero tiene el mérito de plantear preguntas, de sacar interrogantes en puntos donde el resto de los medios ponen exclusivamente un blanco o un negro, sin posibilidad de matices ni discusiones. Sobre todo me gusta que Évole es persistente, pero deja hablar… lo que suele tener el efecto de que la gente, naturalmente, acabe hablando. A veces, quizá más abiertamente de lo que un micrófono de RTVE o de EiTB conseguiría. Y eso es algo, es mucho, es lo que parecía que en el reporterismo español se estaba perdiendo y que alguien tan mediático como —permítanme— El Follonero ha conseguido. Quizá no sea el mejor periodista de España, seguro que no llega en calidad ni valor a un corresponsal de guerra destinado en Oriente Medio. Pero sin duda, es ese meterse en todos los charcos (y conseguir salpicar a unos cuantos) lo que da a su trabajo un valor que, en una época de periodismo teledirigido,
debe considerarse como un tesoro.

1 El nombre me parece mal escogido y la conferencia en sí poco útil, pero no es el tema de esta anotación. Lo indico así para llamarla de alguna manera.

2 Es batalla perdida, lo sé, pero citando al gran cómico Alex O’Dogherty, utilizar “payaso” como insulto es para cagarse en quien lo hace. Disculpen el exabrupto.

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