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Todología con bigote
Hasta al "apuntaó"

Espectacular, muy espectacular la operación policial llevada a cabo en Marbella (y extensiones) para mostrar al mundo que ser corrupto no sale gratis. En estos días hemos podido enterarnos de cosas que dejarían en mantillas a todos los autores y cineastas que nos narraron la España profunda, de charanga, pandereta, toros, señoritos y ricachones. Lo desasosegante es comprobar que la vida supera ampliamente a la ficción que en ella toma su modelo.

Jueces, policía y medios de comunicación han montado un estupendo show para que no perdamos detalle de cómo se convirtió una localidad de la Costa del Sol, famosa entre todos los ricos horteras europeos, en un extenso cortijo donde los concejales ataban a sus perros con longanizas. En realidad no era nada nuevo: aunque la cosa tomara proporciones industriales cuando Jesús Gil y su banda de mamporreros se hicieron fuertes en el consistorio, era vox populi desde antes que la especulación urbanística en Marbella estaba a la orden del día. El choriceo institucionalizado a las órdenes de Gil, con el consentimiento tácito o la desidia de las autoridades supramunicipales no hizo sino agravar la situación. Y eso que no pasaba un día sin que saltaran a la prensa informaciones sobre lo que en Marbella ocurría: brutalidad policial, excesos urbanísticos, sospechosos asaltos nocturnos a tenencias de alcaldía, suicidios muy oportunos… eran demasiadas piezas como para que al final no saltase aquello en pedazos. La desfachatez llegó hasta el punto de que la que fue azote de Gil desde una nimia oposición, la entonces concejala del PSOE Isabel García-Marcos, no tuvo reparos en volverse tránsfuga para apoyar a Marisol Yagüe en una moción de censura contra Julián Muñoz (sí, el señor Pantoja). Hace un par de días la detuvieron en el aeropuerto como cómplice de todos los chanchullos que en su día declaró combatir.

De momento, la policía ha funcionado y la justicia empieza a funcionar. El problema es que detrás de esta espectacularidad subyace una hipocresía de mayor calado. Más de uno nos hemos preguntado si esto habría ocurrido en el caso de que los implicados hubieran pertenecido a uno de los dos grandes partidos, PSOE o PP. Los antecedentes llevan a pensar que no. En su día, el escándalo Filesa saltó a primera plana porque hubo un juez, un tanto quijotesco Marino Barbero, que prácticamente solo decidió hurgar en el asunto para ver qué sacaba. Al final se lo retrasaron tanto que muchos delitos que investigaba prescribieron y sus propios compañeros le amonestaron públicamente. El caso Naseiro, que implicaba a muchos que hoy son altos cargos del PP, acabó cayendo en el más espantoso de los olvidos. Auténticos escandalazos que están salpicando la geografía española y donde los protagonistas son gente de mucha enjundia apenas merecen recuadritos en las páginas interiores de diarios y webs, o bien son rápidamente apartados de las portadas. Y uno no puede por menos que pensar que lo de Marbella se quedará en esta panda de mangantes, que de todos modos servirán para ocultar a los otros que tenemos instalados en muchos ayuntamientos o instituciones. Que se lo pregunten a valencianos, sevillanos, gallegos, catalanes… madrileños, que todavía se preguntan por qué les desaparecen parques y costas y por qué cada vez se ve menos cielo en las grandes ciudades.

Si la eficiencia que las autoridades nos están mostrando ahora tan insistentemente la mantuvieran para el resto de casos que ahí andan, algunos tan a la vista que producen repulsión y vergüenza a la vez, posiblemente habría que adelantar un año tantas elecciones que iban a faltar papeletas y colegios para poder llevarlas a cabo. Eso, y vaciar las cárceles de raterillos de tres al cuarto para meter en ellas a tantos chorizos de traje, corbata, modelos de gucci y labios siliconados. Si de verdad tuvieran empeño en eliminar la corrupción de nuestras instituciones, me temo que tendrían que encerrar hasta al “apuntaó”.

Pero me puede el pesimismo… eso no ocurrirá jamás.

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