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Todología con bigote
Un par de consideraciones puramente electorales (1): ZP adelanta las generales

En un texto anterior les afirmaba que ZP tendría que haber dejado la presidencia del Gobierno hace tiempo. Concretamente a la hora de “verse obligado” a aplicar unas reformas económicas y sociales que eran de todo menos de izquierdas. Si de verdad él consideraba que era una obligación y, por consiguiente, contrario a sus ideas1, su obligación era irse y dejarle el marrón a otro. En cualquier otro caso, un adelanto electoral no era necesario.

Como España no tiene un sistema presidencialista sino de elección indirecta, en principio no tendría que haber problema alguno si el jefe de gobierno dimite del cargo. Basta seguir el procedimiento establecido en la Constitución y en la Ley Electoral para elegir a un nuevo presidente y convocar una sesión de investidura. Ya sucedió en 1981, podría haber pasado igualmente en 2011. En Gran Bretaña, con un sistema también indirecto, se han producido varios cambios en la oficina del Primer Ministro de esa forma. En los últimos treinta años, sin ir más lejos, John Major y Gordon Brown. Entra en el terreno de la metafísica discutir si esta forma de renovar un gobierno choca con los deseos de unos ciudadanos que ya van a votar sabiendo quién será el candidato de su partido a la presidencia y que podrían ver adulterado el sentido de sus votos2. Quizá porque en España la democracia es todavía muy joven y el concepto de representatividad se lo han cargado los propios partidos con sus listas cerradas. Pero eso sería tema para otro artículo.

Alternativamente, el presidente de Gobierno tiene la facultad de disolver las cámaras en la fecha de su elección (antes de fin de mandato y salvo que se esté tramitando una moción de censura) y convocar nuevas elecciones. Esto ocurrió, por distintas razones, en las primeras seis legislaturas democráticas y sólo entre 1996 y 2008 los comicios generales han tenido lugar en sus fechas previstas. Ello da al partido en el poder una ventaja táctica que, en mi opinión, falsifica tanto la valoración ciudadana de una acción de gobierno como el propio proceso electoral, al hacerlo coincidir (o no) en fechas con circunstancias más o menos favorables. En este sentido, creo que en la medida de lo posible ha de prevalecer el mandato ciudadano salvo causa de fuerza mayor. Ese mandato son, constitucionalmente, cuatro años, independientemente de quién esté al frente en el gobierno. A la larga, lo que más estabilidad política da a un país es precisamente un gobierno estable (en el sentido de que no va a disolverse por las buenas) y una oposición con una estrategia algo más inteligente que pasarse dos años pidiendo elecciones anticipadas como único punto programático. Por supuesto, sin perjuicio de los mecanismos previstos para la remoción de un gobierno incompetente u objetivamente peligroso (moción de censura, entre otros), añadiendo en todo caso otros que permitieran un equivalente al impeachment3 por motivos legales.

La convocatoria de elecciones en noviembre, a apenas cinco meses de su plazo legal (primeros de marzo) es una decisión estratégica evidente que obedece más a intereses electoralistas que a una necesidad. El gobierno que salga de las urnas no podrá entrar en funciones hasta casi finales de año y comenzará a gobernar con unos presupuestos prorrogados, lo que puede ser cualquier cosa menos bueno para el país. Por supuesto, quedarán muchos anteproyectos de ley en el tintero (como el de transparencia informativa, por ejemplo) que acabarán en el cajón de los desperdicios tan pronto los nuevos parlamentarios y senadores tomen posesión, pero que serán muy útiles en la campaña electoral, tanto a favor como en contra. Este último movimiento de ZP, a todas luces solicitado —¿exigido?— por el candidato Rubalcaba, a quien cada vez le resulta más difícil defender un programa de izquierdas contradiciendo lo que el gobierno del PSOE va haciendo al mismo tiempo que él hace propaganda, ha sido más de huida que de sentido de Estado. ZP quiere irse a casa, y ya no lo disimula. La maquinaria electoral llevaba ya tiempo en marcha, simplemente ahora va a hacer ruido de verdad, mientras el país se sigue pudriendo por dentro gracias a la estupenda caterva de políticos que tenemos.

PS: Lo del 20-N, intencionado o no, no deja de ser mera anécdota. Como dijo ayer Guillermo Altares, periodista de El País, lo mejor que se puede hacer en semejante fecha es ir a votar. A los fachas de siempre les da tiempo de sobra de ir a Cuelgamuros primero y luego a la urna.

1 Esta última frase tira más hacia la ciencia-ficción, visto lo visto.

2 Esto es muy relativo. Me constan al menos un caso en el que una señora iba a votar “al Felipe” (sic) hace años, en una convocatoria de municipales, y otro, también de una señora, que votaba “a Franco” con la papeleta del PP en la mano. Al final, sólo uno sabe lo que quiere votar y cualquier análisis sociológico es, en el mejor de los casos, una bonita hipótesis sin fundamento.

3 El impeachment es un método utilizado en la política anglosajona (el caso más conocido es EEUU) para destituir a un gobernante mediante iniciativa del poder legislativo. Es un proceso largo y complicado que requiere una amplia mayoría, para evitar su abuso ante un gobierno con un apoyo popular muy justo.

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