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Todología con bigote
#spanishrevolution

Algo está pasando. No sé muy bien lo que es, no sé cómo medirlo, ni siquiera sé si es algo momentáneo que desaparecerá tan rápidamente como vino, pero algo está pasando.

Está pasando en España, en Madrid, en Sevilla, en Valencia, en Coruña, en Bilbao… por todas partes. De forma casi, casi espontánea, juntando a gente de toda edad, condición y clase social. Gente cuya única idea común es que está harta de lo que hay, que lo quiere cambiar, que no sabe cómo pero que sabe que así no se puede seguir. Cada vez vienen más; en porcentaje sobre todos, incluso sobre todos los posibles indignados, son pocos, pero ahí están, llenando plazas, saliendo en los medios, moviéndose por redes sociales escurridizas como anguilas. Sembrando el miedo, no entre la población, sino entre los políticos, los “de arriba”, entre esos mismos medios que les sacan con titulares absurdos, a ver si es posible manipular a quien todavía no se ha enterado de qué va esto. Es algo extraño, porque todos estos pretenden quitar valor a lo que pasa, pero todos ellos están absolutamente pendientes de qué pasará luego. Los propios partidos están desconcertados; todos hacen patéticos intentos de apropiarse de las propuestas, sin conseguirlo, porque la gente que allí está va más allá de unas siglas y de unos individuos a los que consideran —con razón— responsables directos de su situación.

Esto que está pasando, además, está sirviendo para otras cosas: para retratar a aquellos demócratas de toda la vida, aquellos que presumían de correr delante de los grises y que hoy piden sin tapujos que los reunidos se disuelvan, que callen como borregos y que voten cuando les toca; eso sí, a las opciones que ellos dicten, las que consideran buenas y veraces. También retrata a presuntos “periodistas”, vergüenza de su profesión, que utilizan los medios a su alcance para manipular, intoxicar, mentir, y lo repito más veces, mentir, mentir y mentir. Sin un atisbo de decencia ni de integridad, sin amor alguno por la verdad; esas cosas que muchos de ellos adoraban al escoger ese oficio y que hoy violan salvajemente y sin condón mientras lamen el orto de quienes deberían controlar. Hundidos en su propia basura, comidos por sus propios gusanos.

Y, sobre todo, esto que está pasando nos enseña que la gente está ahí, defendiendo lo suyo cuando ya bordea el desastre, ayudando a otros a defenderlo si tienen posibilidades. Ya no son sólo cuatro perroflautas, en realidad nunca lo fueron, aunque usted haya leído u oído que así era. Hay jóvenes, hay jubilados, hay familias con niños a cuestas. Se instalan, se conocen, se hablan, se ayudan, se reúnen, forman asambleas, discuten, debaten, deciden. Cortan de raíz cualquier intento de violencia, procuran responder a las provocaciones con calma y, sobre todo, con dignidad. La dignidad es algo que ni el periódico más amarillento ni el político más serpiente son capaces de quitar; entre otras cosas, porque no tienen ni idea de lo que eso significa.

Me desconcierta. Me hace sonreír y me da miedo a partes iguales. No soy un ingenuo aunque me gustaría serlo, soy un escéptico que no tiene ni idea de cómo va a seguir la cosa. Sólo sé que habrá unas elecciones el domingo y probablemente muchas caras tristes el lunes, muchas decepciones y quién sabe si un golpe bajo y mortal a esto que está pasando. Quién sabe si tras la euforia a duras penas escondida entre los manifestantes vendrá una difuminación de las protestas ante lo que sea que haya pasado el domingo. Entre medias, una Junta Electoral que acaba de prohibir —mientras escribo esto— manifestaciones y concentraciones hasta el día de las elecciones. Probablemente vulnerando la Constitución, pero eso a estas alturas parece que importa bien poco si sirve a los intereses de los partidos durante un tiempo suficiente.

Cierro este texto y sigo sin saber nada. Mañana puede que todo esto que estoy contando no valga nada, o puede que valga el doble. Todo pasa tan rápido que no soy capaz de describirlo, desde este puesto lejano donde la información y la desinformación llegan por carretadas. Una cosa sí, una cosa sí sé: esta vez la gente ha salido a defender lo suyo y a decirles a ellos que ya está bien, que no les queremos, que necesitamos otra cosa, otra forma de hacer las cosas. Y a mí eso me reconcilia mucho con una sociedad que creía adormecida, perdida para intentar ser un poquito mejor y más digna. La #spanishrevolution, o #acampadasol, o #tomalaplaza, o #democraciarealya, o cualquiera de los tags que se han generado, pancartas del siglo XXI veloces y penetrantes, demuestra cuán equivocado estaba. Estas cosas suceden.

Vayan, pues, estas simples líneas, para homenajearles. Su dignidad es la de todos nosotros, mal que les pese a los rufianes. Buenas noches.

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