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Todología con bigote
¿Y quién nos defiende de los periodistas sectarios? (XIV)

No se asusten, que voy a hablar de Sostres.
No se asusten, que no voy a justificar lo que dijo.
No se asusten, porque voy a defender, eso sí, que diga lo que quiera.

Creo que no es ningún secreto que Salvador Sostres me da bastante asquito. Razones para ello hay muchas, seguramente ustedes compartan algunas de ellas, y ejemplos de su prosa hay a montones repartidos por la red. Dentro de la línea habitual de los medios en los que trabaja, sobre todo en el diario El Mundo, la labor de Sostres está muy clara: provocar, polemizar y crear reacciones desaforadas a ambos lados del espectro político de los lectores. Dicho en lenguaje llano: soltar burradas. El editor del diario es consciente de esto, porque da lectores y, en consecuencia, ingresos. “Que hablen de ti aunque sea mal” debería ser la divisa permanente de dicho diario en lugar de las citas célebres que aparecen cada día bajo la cabecera.

Sin embargo, hace un par de días, Sostres pinchó en hueso. Publicó una columna un poco alejada de su grasia habitual en la que hablaba del llamado asesino de la webcam, pero desde un punto de vista poco frecuente: intentando analizar —y verbalizar— lo que podía pasar por la cabeza del asesino en el momento de ejecutar su crimen. Como a Sostres, mal que le pese a sus defensores, se le da fatal el juego de las provocaciones, pues para esto hay que valer y no es fácil ser un Dragó o un Umbral1, tuvo que decir explícitamente, hasta tres veces a lo largo del texto, que él no justifica al asesino. Con esas mismas palabras que, aparentemente, muchos no han leído, seguramente porque tampoco han leído el texto más allá de lo que les han contado.

¿Qué ha pasado aquí, entonces? Permítanme especular un poco: creo que Sostres intentó hacer un ejercicio de estilo. Quiso tomar la noticia de una tragedia, darle la vuelta como un calcetín, e intentar ponerse en el lugar del criminal, en lugar del de la víctima. Y, a partir de ahí, hurgar a ver qué sale. Pero a Sostres le faltan tablas para eso y, quizá, cometió varios errores: uno, hacer un juicio de valor (”ese chico no es un monstruo“) sin un solo argumento para sostenerlo; otro, meterse en harina con el cadáver aún caliente; y otro más, seguramente el más gordo, tocar un tema tan sensible como el de la violencia contra las mujeres, desde un punto de vista arriesgado. Quiero volver a insistir en esto, porque es importante: el problema fue el punto de vista, porque Sostres incide en que en ningún caso justifica al asesino, ni el asesinato. Y, por mucha grima que me dé el columnista, en este caso estoy convencido de que así es.

¿Dónde está el sectarismo? Pues no en Sostres, puesto que no ha hecho nada distinto a lo que su trayectoria nos muestra. En realidad, es mucho más blando este artículo que otros que ha supurado, como aquél sobre Haití que desgraciadamente no tuvo tanta repercusión. Pero ha suscitado dos tipos de reacciones que a mí me parecen exageradas, en un caso, y deleznables, en el otro.

La primera de ellas es la nuestra, la de los lectores. Les decía más arriba que estoy convencido de que muchos de los que critican el artículo no se lo han leído, sino que se lo han contado. Es más, apuesto un trinaranjus de manzana a que se lo han contado en plan “Sostres ha escrito una columna en la que justifica al asesino de la webcam”, cuando precisamente eso es lo que no ha hecho. Prensa, twitter, asociaciones, incluso la ministra Pajín (estoy por afirmar que ni siquiera ha visto una sola línea del texto; dice ella “ha publicado hoy un artículo justificando la violencia de género”) han exhibido ese argumento sin vergüenza ninguna. Han pedido que Sostres sea expulsado del periódico en el que trabaja e incluso han trasladado el artículo a la Fiscalía por si pudiera ser constitutivo de delito. En la mejor línea pepera, han olido sangre y han agarrado a su presa con los dientes, y no piensan soltarla.

La segunda reacción, la peor de todas, es la de su propio medio. Por un lado, Pedro J. Ramírez, quien hace poco se ha abierto una cuenta de Twitter —que usa, principalmente, para alimentar su propio ego— y empieza a descubrir que la reacción de la masa puede ser abrumadora cuando la tienes delante de la cara. No es que le importara eso mucho hasta ahora, pero lo cierto es que la respuesta a la columna de Sostres fue tan rápida y furiosa que en pocas horas avisaba de que el texto había sido retirado de la edición digital pero no de la de papel (una tontería como otra cualquiera, como sabe perfectamente Pedro J., que no desconoce el funcionamiento de internet), y pedía disculpas por ello con un increíble “Ayer fallaron nuestros controles“. Vistos los contenidos de las columnas sostrianas hasta ahora, sólo puedo deducir que tal respuesta es una burda mentira2, cuyo único efecto ha sido dejar con el culo al aire a un columnista al que has contratado, principalmente, por el tipo de artículos que escribe.

Por otro lado tenemos al inefable Arcadi Espada, que en una de sus pesadísimas homilías (de verdad que no me explico cómo alguien puede pensar que este hombre es buen escritor) utiliza unos argumentos muy parecidos a los que hoy les expongo aquí para defender a su compañero Sostres afirmando que no hay opinión inmoral en lo que él dice y, a grandes rasgos, criticando ese linchamiento que Sostres está recibiendo. Y estaría muy bien, y sería hasta de alabar, de no ser porque el propio Espada, cuando el affaire Vigalondo, ya se preocupó muy bien de trenzar la cuerda de la horca mediática (con una carga extra de desprecio indisimulado por el cineasta), recreándose precisamente en eso que tan mal le parece ahora con su colega de trabajo. Lo único que demuestra Espada con su artículo es una hipocresía a prueba de bomba, más una definición casi perfecta de lo que significa el sectarismo.

De estos dos sectarios, en realidad, no se podía esperar otra cosa. Seamos justos: tanto en El País como en El Mundo hay otros columnistas que han sido coherentes en sus posturas y han criticado a Sostres con la misma virulencia (en el caso de El País, esta vez, sin disimulos) con que criticaron a Vigalondo. Se equivocaron, a mi entender, en ambos casos, pero nadie les podrá acusar de veletas. Con los sectarios, especialmente con Espada, es bien distinto: en el caso de Vigalondo era diáfano que se trataba de una broma; mal llevada, pero broma al fin y al cabo. No sirvió de nada, lo devoraron sin piedad. En el caso de Sostres, que trataba de forma seria una cuestión igualmente grave, estos mismos le ponen algodones y colchones de plumas, como diciiendo “huy, qué caída más tonta”. Otro triunfo más del periodismo bananero.



Referencias:
— La columna de Sostres, reproducida por Alberto López Marín.

Más responsabilidad, con Sostres y sin él, artículo de Juan Varela analizando la situación producida y con varios enlaces a las reacciones.

— Un interesante debate generado en El Focoforo, del que sugiero que se salten los posts cortos y pasen directamente a los argumentados por los distintos foreros, entre los que hay bastantes discrepancias y opiniones contrapuestas que creo que enriquecen la discusión. Allí también se referencian los textos a los que se alude en la presente nota.

— También pueden buscar en Twitter por “Sostres” y encontrarán innumerables enlaces referidos al tema. Demasiados para encajarlos aquí. Lógicamente, se aceptan comentarios y críticas en los dos sentidos, siempre con educación y sin insultos, que comprendo que el tema es muy delicado.


1 Una nota necesaria, que luego todo se magnifica: tanto Dragó como Umbral me provocan el mismo rechazo en su fondo, pero tienen mucha más habilidad y más recursos estilísticos para provocar que Sostres, quien se limita a recurrir a lo grueso de manera bastante torpe.

2 No pude ver la edición impresa de El Mundo de ayer, pero imagino que, de ser cierto (o mejor dicho, de ser consecuente) el argumento de Pedro J., debería de haber salido una nota de rectificación. ¿Alguien puede confirmarme si se hizo?

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