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Todología con bigote
Dos 23-F

Ser testigo de dos acontecimientos con treinta años de diferencia. Cada uno con un significado distinto, y cada uno representando un punto de inflexión en el desarrollo democrático de un país. El más antiguo tuvo consecuencias ciertas y otras cuya certeza estamos empezando a descubrir desde hace poco. El más moderno, el que ha sucedido ayer, tendrá consecuencias, si bien aún son difíciles de predecir.

España
Sobre el intento de golpe de estado hay miles y miles de páginas escritas y yo no quiero aburrirles con la mía. Ni voy a hablar del rey, ni de Suárez, ni de las dieciocho horas de secuestro, ni de lo que venimos arrastrando desde entonces. Lo que sé, lo sé de primera mano o de mano y media. Lo que de ello deduzco me lo quedo yo para discusiones de bar.

Yo les quiero hablar de un momento, uno sólo, que a mí me sobrecoge mucho más que cualquier cosa que me pudieran contar sobre el hecho. Un momento que no recuerdo si vi en directo (yo tenía siete años) pero que he visto repetidas veces y del que no soy capaz de despegar la mirada. Un momento que para mí tiene mucho más significado que cualquier cosa que pasara después, que cualquier cosa que nos contaran mucho después.

Ese momento se produce poco después de cuando Tejero sube al estrado desde la entrada derecha al hemiciclo. Vemos al bigotudo teniente coronel subir las escaleras enarbolando la pistola, sin apuntar a nadie concreto pero dispuesto a abrir fuego si le intentan parar. Se coloca al lado de Landelino Lavilla. Mira hacia los diputados, diría que más bien por encima de ellos y grita: “¡Quieto todo el mundo!”

RTVE pasa a otra cámara, la del ángulo contrario, en el plano están los bancos azules del gobierno a un lado y Tejero en la tribuna al otro. Suena una de las frases peor citadas de la historia: “¡Al suelo, al suelo todo el mundo!”1. En ese momento, del segundo banco azul por la derecha, se levanta un hombre y se dirige hacia el guardia civil dispuesto a quitarle el arma.

Ese hombre es Manuel Gutiérrez Mellado. Ha sido capitán general del ejército y es vicepresidente del gobierno. Es un hombre no demasiado alto, muy delgado, encorvado por la edad y que, sin embargo, se mueve con paso firme y rápido, sin dudar y sin señal alguna de miedo. Quiere hacer valer su autoridad y exije a Tejero que deponga inmediatamente su actitud. Tejero se niega y le exhorta a que vuelva a su sitio. Ante la negativa de Gutiérrez Mellado a moverse, dos números lo agarran y zarandean intentando obligarle a regresar al escaño. El general resiste y le sueltan; mientras tanto suenan las metralletas disparando contra el techo del Congreso y los parlamentarios se refugian bajo los asientos. Todos menos tres: el propio Gutiérrez Mellado, Suárez y Santiago Carrillo. Por razones distintas, seguramente tres personas que habrían sido inmediatamente fusiladas de haber triunfado el golpe.

El general no sólo no se echa al suelo sino que permanece al lado de la tribuna de oradores, mirando a Tejero desafiante y con los brazos en jarras. Finalmente y tras nuevos zarandeos que no consiguen su objetivo, Suárez le pide que vuelva a su asiento. Sólo ante la petición de su presidente, el general consiente.

Para mí uno de los puntos clave de la democracia española está en esas primeras imágenes (pueden verlas en los dos primeros minutos del video del asalto al Congreso, aquí). Recuerden que estamos en 1981, que las primeras elecciones democráticas tras la dictadura han tenido lugar apenas cuatro años antes; la Constitución tiene mucho menos tiempo y la vida política y social española seguía siendo convulsa. Y, sin embargo, nada menos que un general, un miembro de la cúpula militar —la que a priori tiene más que perder con el cambio de régimen—, un hombre que ha vivido toda su vida aprendiendo a cumplir y a dar órdenes, se ha enfrentado, él solo y arriesgando su vida, a hombres armados, para intentar defender una democracia que está recién nacida.

Treinta años después, esa imagen me sigue poniendo los pelos de punta. Es la imagen que a mí me dice que, efectivamente, algo ha cambiado en España. Luego la cosa no habrá salido tan bien como desearíamos, pero en ese 23 de febrero de 1981, sospecho que esa imagen transmitió a quienes entonces entendían lo que estaba sucediendo que ese cambio era posible.

Alemania
Imagino que estarán enterados —y si no, deberían— del escándalo Guttenberg que sacude estos días la política alemana. Permítanme resumírselo: Karl-Theodor von und zu Guttenberg es ministro de defensa en el gobierno de Angela Merkel. En su anterior gabinete fue nombrado ministro de Economía con la legislatura casi concluida. Es un hombre de 39 años, bien parecido, miembro de la CSU (Unión Social Cristiana, fuerza política bávara que acude en coalición con la CDU a las elecciones del Bundestag), ambicioso, orgulloso y con fuertes apoyos en los sectores más conservadores de la democracia cristiana, entre ellos el incondicional (hasta la desvergüenza) del tabloide Bild, el diario más leído en el país teutón. Guttenberg está considerado en no pocos círculos como un posible sucesor de Merkel y su ascenso en la política alemana es ciertamente meteórico.

Guttenberg ha sido pillado en falta. En calzoncillos, como se diría vulgarmente, pero esta vez sólo en sentido metafórico. Decíamos que es un tipo orgulloso y así es: no sólo lleva a gala tanto sus múltiples apellidos como la grandeza de su origen (es descendiente del inventor de la imprenta y está emparentado por matrimonio con el linaje del mítico Bismarck), sino que hace gala de su formación y de sus títulos, entre ellos el de Doctor en Leyes por la Universidad de Bayreuth.

Pues bien, resulta que le han pillado copiando. No sólo se ha descubierto que buena parte de su tesis está plagiada de trabajos de otras personas —incluyendo alumnos de primer curso— de las que ni siquiera se citan referencias, sino que es posible que parte de esa tesis no la haya escrito él. Como pueden ver en el enlace que les pongo arriba, Guttenberg ha sido hoy desposeído de su doctorado por la Universidad, lo que ciertamente le deja en evidencia. Pero el caso tiene consecuencias más graves.

Casi al mismo tiempo de la decisión tomada en Bayreuth, en Berlín se ha producido un pleno del Bundestag bastante agrio, en el cuál los partidos de la oposición (SPD, Verdes y La Izquierda) han denunciado a Guttenberg con palabras bastante gruesas, acusándole de haber pervertido no sólo el prestigio del sistema educativo alemán, bandera de este país desde incluso antes de la II Guerra Mundial, sino también la integridad del propio Parlamento federal y del gobierno al que representa. En el pleno también iba a discutirse la posición del Estado en la crisis libia así como la situación de las tropas alemanas en Afganistán, con muertos recientes de por medio. Pero el affaire del plagio ha dominado la sesión y han sido muchos parlamentarios de las tres formaciones quienes han tomado la palabra para afearle su conducta al ministro de Defensa. Por su parte, tanto el propio Guttenberg como diputados de la coalición gubernamental se han dedicado en sus réplicas a echar balones fuera. Desde el anarosaquintaniano “no me di cuenta de lo que estaba haciendo” hasta el “eso no toca hoy, hay cosas más importantes de las que preocuparse” con el que nos ha obsequiado uno de los coaligados liberales del FDP, partido que forma gobierno con los cristianodemócratas. Al final, Guttenberg ha rechazado de plano dimitir y los tres partidos de la coalición le han respaldado sin ambages. De momento.

La gravedad del asunto es doble: por un lado, lo que hemos comentado acerca del prestigio del sistema educativo alemán. No es algo baladí: los títulos académicos, y muy especialmente el doctorado, tienen un valor importantísimo dentro de una comunidad acostumbrada a premiar —en términos materiales e inmateriales— la inteligencia, la disciplina y el buen hacer; la excelencia, en definitiva. Los propios políticos, incluso en sus carteles electorales, no olvidan jamás indicar su título si lo poseen, como señal de una posición intelectual que les otorga un estatus de validez en una sociedad hipercompetitiva. No por casualidad Frau Merkel es frecuentemente nombrada como la doctora Merkel.

Por otro lado, abre un tipo de política en Alemania que hasta ahora se había dado sólo muy esporádicamente y en parlamentos regionales (aunque, ciertamente, con casos que han escocido mucho), pero que ha saltado de la peor manera al federal. En España la conocemos demasiado bien: esa de “asumo mi responsabilidad, pero no dimito así me lo pida el Papa”. Los que me conocen lo saben, porque les aburro hablando de esto: ese tipo de actitudes, hasta hoy, eran prácticamente impensables a este lado de los Alpes; si un político la cagaba, incluso de manera leve, la dimisión o cese eran inmediatos y sus responsabilidades políticas daban inmediatamente paso a las penales si las había. En este caso, Guttenberg no sólo tiene el rostro pétreo de no dimitir, sino que además ha planteado el desafío de “a ver quién tiene huevos de echarme”. Lógicamente, sólo la canciller o la dirección de la CSU podrían conminarle a que lo dejara, pero —y he aquí el verdadero problema— no parece que vayan a hacerlo, al menos a corto plazo. Y eso es algo que puede corromper la idea política alemana de una forma que ni siquiera Frau Dr. Merkel es capaz de imaginarse: sentando un precedente muy peligroso, del que podrán colgarse otros impostores cuando se encuentren en situación similar.

El asunto del plagio es de por sí grave, pero la razón principal por la que Guttenberg debe dimitir no es esa: Guttenberg debe dimitir, además de por tramposo, porque ha mentido públicamente y en sede parlamentaria. Algo que en cualquier país serio (deduzcan lo que quieran) jamás debería permitirse, y algo que en la República Federal, hasta ahora, era hasta causa de ostracismo político y social. Sin embargo, el dato de unas encuestas aparentemente favorables al ministro bávaro está pesando demasiado en el ánimo de una Merkel, que está viendo cómo la hegemonía democristiana sufre en los últimos meses, con reveses electorales como el reciente de Hamburgo.

Si Karl-Theodor acaba aceptando las consecuencias de sus actos y marchándose, incluso si la canciller decide apartarle por fin del gobierno (y esperamos que sea una de las dos cosas), el daño ya está hecho en ambos frentes, en ambas enseñas de la sociedad alemana ante el resto de Europa. Y ese daño se hará más grave cuanto más tiempo se deje pasar sin que nadie tome una decisión. Frau Merkel tiene ahora la palabra.



Post scriptum: si saben alemán, les recomiendo el blog de Markus Trapp, con una posición muy clara sobre el tema, y que pueden usar como punto de partida gracias a sus enlaces a otras opiniones igualmente bien fundadas. Lamentablemente la prensa española se está quedando en la superficie con sus noticias acerca de este asunto.


1 Mucha gente cita la orden incorrectamente como “¡Todos al suelo!”, posiblemente por una película de Pajares y Esteso que se estrenó después y que nada tenía que ver con el tema.

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