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Todología con bigote
Escenarios (I)

Ya nos hemos metido en el alto el fuego ese. “Permanente”, palabra que ha suscitado todo tipo de controversias: los más optimistas apuntan, estableciendo un extraño sistema de gradación semántica, a que es más que “indefinido”. Los más pesimistas (¿o debería decir “los menos contentos”?) han acudido a sus escasos conocimientos de euskera para decir que la traducción de “permanente” no significa, en realidad, “permanente”. Un servidor, que sigue pensando que la mayor parte de los etarras hablan menos euskera que yo mismo, cree que primero hicieron el comunicado en castellano y después prepararon la galería, pero no deja de ser una hipótesis de partida.

El caso es que tenemos alto el fuego y eso ha monopolizado la actividad informativa desde el miércoles (pobre Rocío Dúrcal, le pasó lo mismo que a Rainiero cuando palmó). Ahora se multiplican voces, opiniones y tertulianos, por ese orden. A muchos, casi todos del mismo partido, les ha pillado con el paso cambiado. Ni siquiera los más recalcitrantes abanderados de Españaza se han atrevido de buenas a primeras a lanzar los venenos contra este aparente gran paso para un cese total del terrorismo etarra. De buenas a primeras, digo. Una vez pasado el primer susto, ya veremos.

Los más listos de la clase dicen, como si fuera aquello la primicia informativa, que el alto el fuego estaba pactado, lo que prueba que algunos siguen empeñados en fundar Caracas en pleno centro de Caracas… ¡pues claro que estaba pactado! ¿De veras creen que unos asesinos ven, en grupo, la luz de un día para otro? Permítanme la desvergüenza de autocitarme:

Yo estoy convencido de que pasó en Argel con el gobierno de Felipe González, de que pasó en Zürich con el de Aznar y la famosa tregua, y de que pasó también en Irlanda con los acuerdos de Stormont. Antes de eso, hubo muchos teléfonos sonando y posiblemente conversaciones a media luz en más de un bar. En todos los casos, hechos de forma casual, callada y esperando que hubiera un primer acuerdo antes de poder decidir qué se hacía público y qué no. Y sobre todo, cuándo se hacía público.
Conversaciones, como digo, lleva habiendo desde hace muchos—demasiados—años. En todas, sin excepción, con los muertos sobre la mesa, con las mismas exigencias y con las mismas premisas “irrenunciables”. Eso es así, aunque Aznar ahora quiera reescribir la historia a su antojo, pero él mismo impulsó las suyas en el loable objetivo de intentar buscar una solución a un problema trágico, y con la comprensible intención de colgarse cuantas medallas cayeran si la cosa salía bien. En eso no fue diferente ni de su predecesor en el cargo ni de quien ahora le sucede.
Y quien ahora le sucede está dando un giro inesperado, al hacer lo que ya se hacía antes, pero con luz y taquígrafos (más o menos) desde el principio, advirtiendo los pasos que se van a dar, en lugar de explicarlos cuando ya se hayan producido. Dando ambiciosos pasos en una dirección que le puede llevar a la gloria política (y a todos nosotros, a una relativa tranquilidad por primera vez en cuarenta años de violencia), o bien al abismo de los desheredados. Y la gran diferencia es que… los estamos viendo.

Pues ahí anda nuestro presidente, avanzando con una cabezonería quizás digna de mejor causa, pero lo cierto es que ya ha apuntado que en el verano hará un análisis de la situación y, si se constata que el alto el fuego se está cumpliendo (y eso incluye la ausencia de extorsión, terrorismo callejero o cualquier otra forma de violencia), solicitará el beneplácito del Parlamento para dar más pasos hacia delante. Esta vez ya no se podrán exponer argumentos un tanto abstractos como lo de “primero hay que dejar la violencia”, sino que Zapatero tendrá que decir bien clarito qué es lo que se propone hacer, bajo qué condiciones y hasta dónde pretende llegar, y deberá hacer uso de toda su habilidad política (no se rían, coño, que esto es serio) para no quedarse con el culo al aire apenas se vislumbre la posibilidad de un resbalón.

Porque, claro, este anuncio ha tenido como consecuencia inmediata hacer a ZP el protagonista principal de este enredado drama, dejando en sombras tanto a la oposición tremendista del PP como al obnubilado Ibarretxe, e incluso, si me apuran, a Carod y Maragall, los “estatut-boys”. Rajoy se ha puesto de repente muy mansito, hablando de apoyo al Gobierno con condiciones, el lehendakari ya empieza a descolgarse con un “plan de paz” al que, sospecho, nadie va a hacer caso (su momento de gloria ya pasó) y, permítanme la broma malvada, a Carod le ha tenido que dar un síncope para salir otro día más en los papeles. Hasta Zaplana ha dicho sus últimas boberías con la boquita pequeña, no les digo más. Y puede ser realmente paradójico que vaya a ser ETA la responsable de que se suavice la crispación de los últimos años entre los dos grandes partidos. El martes podremos constatar esto o decepcionarnos por enésima vez, apenas se produzca el esperado encuentro entre Ozeluí y Mariano.

(Continuará)

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