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Todología con bigote
Nadie sabe nada

Tomo prestada esta frase de William Goldman, que es algo así como el “amén” de cualquier guionista, para pensar un poco sobre lo que está sucediendo en Egipto. Y mi conclusión a lo largo de estos días siempre acaba siendo la misma: no tengo ni puñetera idea de qué va a pasar.

Lo que sí tengo bastante claro es que no soy el único: tras leer, ver y oír a analistas internacionales de todos los colores, me queda el convencimiento de que ellos están tan en la inopia como yo. Y creo que es porque seguimos empeñados en analizar lo que está pasando en Egipto, en Túnez, puede que pronto en otros países, con parámetros occidentales; egocéntricamente occidentales, me atrevería a decir. Se habla de transiciones ordenadas, de estabilidad (política, pero sobre todo económica, pues ésa y no otra es la que verdaderamente les preocupa), de “tablero internacional” y de estrategias y tácticas. De democracia, la verdad sea dicha, se habla muy poco. Es más, una de las frases que más he visto repetida es la de “los egipcios ahora deberían hacer…” Y se nos olvida que son los propios pueblos los que elaboran su historia de un modo u otro, y que el mundo, incluso el nuestro tan cómodo de Europa y Estados Unidos, se ha ido configurando a base de explosiones en absoluto controladas. En los últimos dos siglos hemos intentado imponer nuestra visión de la sociedad a comunidades que poco querían saber de ella. Y, si bien es tonto negar nuestra influencia en ciertos aspectos de algunas de ellas, es directamente estúpido pensar que en algún momento hemos sido capaces de recrear esas sociedades a nuestra imagen y semejanza.

Por eso cuando hablamos de Túnez y de Egipto y nos sorprendemos de que pasen tantas cosas en tan poco tiempo, obviamos tres cosas fundamentales: la primera, que el llamado “mundo árabe”1 consiste en una franja heterogénea de pueblos que pueden compartir ciertos rasgos de raza y de religión, pero que son tan diferentes los unos de los otros que es imposible determinar un comportamiento sociológico único, ni siquiera dentro de un mismo país. La segunda, que las naciones bajo dictaduras tienen su tiempo y sus circunstancias, pero puede bastar una chispa para que estallen, y nadie sabe qué puede hacer que esa chispa salte. Y la tercera, que la definición de democracia que para nosotros resulta —ahora— obvia, para otros lugares de este mundo puede que no lo sea tanto.

No sé qué va a pasar en Egipto, porque cualquier opción sigue abierta: desde la de dejar que esta ¿revolución? se enfríe y vuelva a no ocurrir nada durante cuarenta años hasta que estalle una guerra civil por hartazgo, pasando por una transición efectiva hacia un régimen democrático cuya fortaleza sólo nos la podrá determinar el tiempo. Sí que tengo muchas dudas: el ejército controla ahora mismo el poder, el número dos de Mubarak, ese siniestro Suleyiman, todavía está por ahí rondando y el propio dictador —aparentemente— aún no ha salido de Egipto2 y dispone de una fortuna personal que ya quisieran para sí algunos banqueros. La prensa y no pocos políticos están deseando una resolución rápida a un problema muy incómodo. Y en el club de los déspotas seguramente están poniéndose nerviosos ante posibles réplicas del terremoto en sus países, por lo que tampoco hay que descartar que se muevan para ahogar la voz del pueblo, no vaya a ser que se contagie. Que esto no sería nuevo, por otra parte; en realidad no es más que la enésima repetición de la Historia en términos de geopolítica.

En suma, y perdonen por la obviedad, la revolución egipcia no es más que el principio. Y es imposible prever cómo va a terminar. En estos momentos, nadie sabe nada, quizá ni siquiera los propios egipcios.

1 Una expresión empleada por políticos y periodistas que me resulta irritante por la ignorancia que demuestra

2 Apenas publicado este texto leo en Al Jazeera que Mubarak podría haber abandonado Egipto para refugiarse en los Emiratos. ¿Ven como nadie sabe nada?

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