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Todología con bigote
La fiebre Cascos

La fiebre no es una enfermedad, sino un síntoma. Igual que lo de Álvarez-Cascos. El caso del ex-vicepresidente, ex-general secretario del PP y ex-ministro del Momento está llenando páginas y páginas de la prensa nacional por la trascendencia que tiene una ruptura del monolítico partido de la gaviota en vísperas de unas elecciones autonómicas y municipales y en un momento en el que los populares tienen visos de arrasar hasta en las elecciones de una comunidad de vecinos.

No me quiero meter —por ahora— en las razones que puede tener Cascos para, de repente, sentir tal querencia por el asturianismo que necesita irremediablemente un bastón de mando para ponerse a repartir estopa, en una comunidad autónoma de la que ha “pasado” olímpicamente durante una década1. Pero sí quiero entrar en un aspecto al que se le ha dado poca cancha en los medios desde ambos lados de la línea ideológica: el desprecio de los partidos políticos españoles por cualquier forma de democracia interna.

El caso Cascos, curiosamente, ha demostrado este hecho tanto por la actitud del postulante como por la del partido al que hasta ayer pertenecía. Por un lado, pacocascos pretendía hacerse nominar candidato casi por aclamación pero, eso sí, obviando el paso por un congreso ordinario del PP asturiano que, a fin de cuentas, es el órgano democrático contemplado en los estatutos de ese partido para determinar quién lleva sus riendas durante cuatro años. Por otro lado, deja claro que quien designa a los candidatos a todos los niveles (nacional, autonómico, municipal) dentro de dicho partido es su dirección nacional, independientemente del que ostente el poder en las agrupaciones de menor rango en cualquier momento. El titular, en pocas palabras, es “Rajoy designa a Isabel Pérez-Espinosa y rechaza la candidatura de Álvarez-Cascos”. Y es una afirmación que no se ha discutido en modo alguno, ni siquiera por los propios protagonistas, beneficiados y perjudicados.

El sorprendente y lamentable espectáculo de a ver quién la tiene más gorda en el PP podría haberse evitado, aunque nadie se atreve a decirlo, con un simple proceso de elecciones primarias, mediante el que cualquier militante del partido (¡sí, incluso Cascos!) podría proponerse como candidato a una elección en ciernes y luchar, con métodos democráticos, para ganarse el favor de los militantes2 y obtener la nominación para dicha candidatura. Es un sistema que partidos como el PSOE ya han implementado dentro de su organización y que, entre otras cosas, ha permitido resolver de forma más o menos civilizada el contencioso entre Trinidad Jiménez y Tomás Gómez; por encima, además, de los deseos de la cúpula socialista. Cierto es que este tipo de procesos comenzaron con muchas dificultades, incluso el acoso y derribo del principal candidato por quienes no estuvieron conformes con el resultado. Y también es verdad que hace muy poco tiempo se han producido hechos oscuros en lugares como Valencia, donde se ha demostrado el poder caciquil de las directivas del partido por encima del sentido democrático que debe tener éste. Pero las críticas ya no se han orientado hacia las primarias en sí, sino hacia los defectos en origen de éstas. E igualmente cierto es que la dirección socialista tiene la última palabra si hay conflicto entre posibles candidatos, pudiendo incluso soslayar las primarias si considera que les conviene. Pero son justamente todas estas controversias las que a la larga (a la corta es complicado) van a mejorar el proceso de elección de candidatos, al menos mientras se mantenga el debate interno.

En el Partido Popular ese debate, sencillamente, no existe. Sea porque la directiva lo silencia, sea porque en el propio partido ni se lo plantean, la mención de cualquier disidencia dentro de los populares es algo que acaba poniéndoles muy de los nervios, en especial a la hora de elaborar las listas electorales. Reconozcamos que hasta ahora es un método que les ha funcionado: la mano de hierro que opera desde Génova 13 ante unas elecciones, eliminando de raíz cualquier conato de fisura (no es necesario expulsar a nadie, basta con el ostracismo) les ha valido no pocas victorias al asegurarse el apoyo completo de un electorado muy fiel, pero también muy heterogéneo. Y quizá por eso tienen terror, hasta el punto de llegar al desprecio y la burla, a cualquier sistema de democracia interna que pueda mínimamente poner en riesgo la integridad del monolito; imagino que el pensamiento predominante es del estilo “si hay disensión en el partido, la habrá entre el electorado”. Y por eso procuran moverse lo menos posible.

La consecuencia es que pasan cosas como la de Cascos, que ha abandonado el partido tras 34 años de militancia (más probablemente por un berrinche egocéntrico que por cualquier consideración de tipo ideológico) y que está arrastrando a un grupo de incondicionales tras él, si bien es verdad que hasta ahora de poco peso político y mucho menos mediático. Es muy poco probable, sin llegar a descartarlo, que algún dirigente popular “de campanillas” siga los pasos del ex-…loquesea con el fin de mostrarle su apoyo, y es mucho menos probable que le acompañen en su aventura de fundar o adscribirse a un nuevo partido para conseguir su cortijito asturiano, especialmente cuando el PP lo tiene todo a favor para las elecciones de mayo. Más que la famosa frase de Guerra sobre la foto, me gusta la de otro político —cuyo nombre ahora no recuerdo— que afirmaba que ahí fuera hace mucho frío. Y desde la oposición nadie paga favores.

Es obvio que el sistema electoral español hace mucho tiempo que no funciona y está condenando a la política del país (y, por extensión, a sus ciudadanos) a un bloqueo político, social y moral en el que cualquier iniciativa del militante de base es cortada de raíz por cálculos electorales gobernados por el miedo. Está también muy claro que cambiar ese sistema es, aunque legalmente posible, una misión casi utópica. Pero pueden producirse cambios de fondo si empezamos por exigir desde las bases de los partidos una evolución de éstos hacia el funcionamiento completamente democrático. Algo que, entre otras cosas, está exigido por la propia e inamovible Constitución. Evidentemente, corre uno el riesgo de encontrarse con gente como Álvarez-Cascos compitiendo por un cargo público por razones completamente espurias. Pero la alternativa a ello es seguir disfrazando de democracia lo que, en realidad, no es más que una partitocracia.

1 Y cuyo último acto fue, justamente, conseguir que expulsaran al tío que consiguió que el bastión socialista asturiano pasase a manos populares. Óle.

2 Y simpatizantes, si de verdad queremos representatividad. Próximamente un artículo sobre cómo debería ser el sistema de primarias en España.

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