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Todología con bigote
Dame pan y llámame demócrata

La actitud de los países de la Unión Europea con respecto a la concesión del premio Nobel de la Paz al disidente chino Liu Xiaobo es cobarde. No se me ocurre otro calificativo tras leer en varios sitios (por ejemplo, aquí) que Nicolas Sarkozy estaba planteándose no enviar a ningún representante diplomático a asistir a la entrega del premio en Oslo, ante la amenaza de “consecuencias” por parte del gobierno de Beijing. Consecuencias económicas, obviamente; las dictaduras lo son menos si dejan que uno comercie con ellas libremente y se les pueda vender chucherías como armas y tecnología militar de última generación. Si no, bloqueo, embargo y dejar de seguirles en twitter, como mínimo.

Liu, su mujer y varios disidentes más se encuentran en la actualidad detenidos y casi sin que se sepa cuál es su situación penal o procesal. Su delito, la subversión, entendida esta palabra como pedir públicamente libertad, apertura y derechos humanos en un país a cuyos dirigentes esas palabras resultan tan obscenas como una película porno en horario infantil. En Europa y Estados Unidos, los paladines de la libertad a base de bombas, sus dirigentes miran para otro lado y silban el himno a la alegría para disimular.

Finalmente parece que sí, que Sarkozy el sastrecillo valiente y sus colegas de poltrona enviarán a sus embajadores a la ceremonia de Noruega. Eso sí, se han apresurado a aclarar, para que la novia no se enfade, que lo hacen porque es tradición y “siempre se ha hecho así”. La presentación de excusas ante el que paga es incluso peor que haber retirado a sus representantes y una declaración definitiva de que a Europa, políticamente, le importan una leche los derechos humanos en China o en cualquier país (incluyendo los propios) mientras que el dinero fluya. Una manera de haber quedado neutral era mandar a los embajadores, como hasta ahora, sin decir ni explicar nada, pues nada hay que justificar ante el dragón Hu; otra forma de hacer las cosas, más atrevida, habría sido sustituir a los embajadores por ministros o incluso por presidentes de gobierno. Una acción en bloque, como si la UE fuese, por una vez, una verdadera unión de estados con intereses comunes. Habría sido arriesgada y probablemente tensa en el aspecto comercial posterior, pero quizá nos permitiría ahora mirar a la Unión sin sentir una vergüenza absoluta por su cobardía.

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