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Todología con bigote
Gobiernos de plastilina

Cada vez que leo lo de remodelación de gobierno me imagino al presidente con una caja de plastilina Jovi juntando todos los pedazos (verde, rojo, azul, blanco, morado) y mezclándolos bien hasta obtener una pasta homogénea, de color indefinidamente marrón, que sirve lo mismo para un roto que para un descosido.

Hacer un cambio de gobierno tan grande, a falta de apenas año y medio para que concluya la legislatura1 y sin tocar lo esencial (es decir, el ministerio de Economía) tiene muchas lecturas y casi ninguna buena. La más repetida es haber hecho concesiones al “enemigo”, y en parte razón no falta al afirmar eso. Por otra parte, en este caso los cambios son de corte claramente de partido, más que de gobierno, y en un par de casos un premio a los servicios prestados, que desde la perspectiva del gobernado son imposibles de comprender.

Uno de los cambios era inevitable y es el que seguramente genera toda esta movida ministerial. Celestino Corbacho iba a presentarse a las elecciones al Parlament de Catalunya como número tres de Montilla; una forma de sacarle de la quema tras la reforma laboral y de devolverle a la política catalana de la que seguramente nunca debió salir. Corbacho será seguramente recordado como el ministro más antipático de la era ZP. Su sucesor, más allá de quienes conozcan a fondo la política ministerial, es un hombre de perfil bajo —a priori—, que se manifestó contra la propia reforma y a quien, en un alarde de coherencia política (esto es una hironía con hache), le va a tocar gestionarla hasta que le quiten la cartera.

El resto de cambios deja bastante perplejo, en especial al sacar a una buena ministra de Sanidad para meter a la Pajín, que no es buena en nada salvo en medrar dentro de su partido y asegurarse una paga jugosa cuando la retiren. Incluso aunque Trini tiene mucha experiencia en su nuevo cargo, por los años que se llevó en Cooperación Internacional, incluso Moratinos podría haber permanecido en el cargo tranquilamente. La desaparición de Igualdad, integrada dentro del nuevo ministerio pajinense y con Bibiana Aído de secretaria de Estado (suponemos que con las mismas competencias) supone una concesión a la caverna no sólo injusta, sino también inaceptable. Y todo porque el Gobierno no supo defender las políticas de dicho ministerio, muchas de ellas necesarias e interesantes, permitiendo que los neanderthales con columna o con escaño las ridiculizaran simplemente por ser Aído quien es.

Desaparece también el ministerio de la Vivienda, lo que me parece bien por su manifiesta inutilidad. La culpa, no obstante, no es de la ministra (ahora también secretaria de Estado), sino de que en los tiempos de bonanza nadie quiso hacer de ese ministerio un ente realmente útil, con políticas activas de alquiler que habrían supuesto para empezar, la independencia real de muchos treintañeros que no son capaces de pagarse un piso. Ahora, en tiempos de crisis, sencillamente es imposible arreglar lo que en su día no se quiso zurcir.

Mención especial merece la concentración de poder que ha recibido Alfredo Pérez Rubalcaba. Ahora, aparte de sus competencias en Interior, se hace con la vicepresidencia política y asume la portavocía del Gobierno (cargo que ya estaba absorbiendo de facto al ocuparse de dar la cara más de una vez en sustitución de De La Vega). Imagino que, al ser el ministro más valorado del PSOE y el auténtico “azote de la oposición” en esa extraña españolidad que hace gobernar siempre contra el de enfrente, ZP lo va a emplear como ariete propagandístico ante los dieciocho meses que quedan antes de las elecciones. Hay quien habla de que él podría ser el sucesor de Zapatero si éste no se presenta a los comicios, pero yo no lo creo; a Alfredo siempre ha parecido gustarle más usar el poder desde el segundón, que al cabo se suele llevar menos hostias. Me parece mucho más interesante el hecho de que Blanco permanezca en Fomento, donde ha conseguido hacerse un prestigio sin demasiado ruido y desde donde es mucho más factible prepararle una candidatura con posibilidades que estando en la misma línea de fuego. Aunque más le valdría al gallego ir con cuidado, si eso es lo que pretende: al casi desconocido (fuera de Aragón) Marcelino Iglesias lo han ascendido a número 3 del partido, lo que significa que a alguien le interesa que lo conozcan bien.

Poco más que decir del resto: Jáuregui es un hombre con muchas tablas entre los socialistas y poco trabajo desde que lo mandaron al Parlamento Europeo (esto se llama sarcasmo), y que está considerado por muchos como un buen negociador, lo que explicaría su entrada en un ministerio, el de la Presidencia, que a mi juicio se ha vaciado de contenido al colocar a Rubalcaba como vicepresidente primero. En cuanto a lo de Rosa Aguilar, es el broche perfecto para la definición exacta de “trepa” política. Yo recuerdo cuando la Aguilar era el azote comunista de los gobiernos de Felipe y Chaves; pero azote de verdad, de las que te daba leñazos verbales con el rostro desencajado y una combatividad inusitada. Basta con ser la beneficiaria de un pacto que te da la alcaldía para terminar abrazando la verdadera fe. La colocan en el ministerio de Agricultura, Pesca y Medio Ambiente (permítanme que use las palabras exactas, y no ese invento raro que se sacaron), tras haber estado en una consejería andaluza de propósitos directamente opuestos (Obras Públicas) y probablemente permanezca mansa como un corderito hasta los próximos comicios, en los que se le buscará acomodo, quizá en su parlamento autonómico para que no tenga que moverse mucho de su amada Córdoba.

El que se hayan hecho estos cambios a tan poco tiempo de unas generales me recuerda mucho a la última legislatura de Felipe González, donde se nombraron ministros de cierta capacidad también a pocos meses de una convocatoria electoral (claro que por entonces las elecciones se anticiparon y no era algo tan previsible). Ejercer esta acción de gobierno que lo único que muestra es desconfianza ante quienes anteriormente ocupaban esos cargos, y dar esa muestra de debilidad política suprimiendo un ministerio que, a pesar de su escaso presupuesto y peor imagen, estaba consiguiendo buenos resultados, da la sensación de que su presidente actúa al estilo de los lame ducks (patos cojos). Este término se aplica en la política anglosajona a los líderes que, o bien terminan obligatoriamente sus mandatos, o bien se ven como perdedores en las próximas elecciones y, como consecuencia, comienzan a tomar decisiones incomprensibles pero de gran penetración mediática. Un dato interesante es el de la permanencia de la ministra más odiada a ambos lados del espectro, Ángeles González-Sinde, cuya labor en Cultura da sólidos argumentos a quienes abogan por la desaparición de dicha cartera, dedicada ahora casi en exclusiva a la defensa de (una pequeña pero muy poderosa parte de) la industria cultural. La Sinde también cobrará, según leo, la pensión máxima ofrecida a los ex-miembros del gobierno en una hipotética y previsible derrota socialista en 2012, y tanto su nombramiento como su permanencia son dos de los grandes misterios del gobierno de ZP, que tan rápidamente cede a las críticas en otros aspectos.

Se acaba la legislatura y, casi con seguridad, una etapa de ocho años de gobierno socialista que ha derivado peligrosamente hacia políticas de derecha en lo económico, mientras abandona las políticas de izquierda en lo social, al estilo de la Tercera Vía de Tony Blair. Posiblemente las consecuencias para el PSOE, en términos electorales, sean muy parecidas a las que han sufrido los laboristas británicos, aunque considero su suelo electoral suficientemente sólido como para que no se repita el desastre de Almunia en el 2000. Quizá lo que salvase a ZP ante la historia sería dejar los cimientos suficientemente firmes para que los que vendrán (si nadie lo remedia) no terminen de desmontar el estado de bienestar y lo vendan por partes a sus colegas… o a sí mismos. Lo veo difícil.

1 Nota fatua: a mí nunca me cupo duda de que concluiría; mal que le pese a la oposición, 169 diputados dan para un margen de maniobra amplísimo aún sin mayoría absoluta.

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