título
Todología con bigote
Huelga

Me resulta un poco incómodo decir aquí que hay que ir a la huelga, cuando yo mismo no tengo posibilidad de hacerla. Aún así, lo digo: esta vez es necesario.

Durante el día habrán leído ustedes cientos de textos, cortos y largos, explicando las razones por las que hay que ir o las —supuestas— razones por las que no hay que ir. En este sentido, la posición editorial de los principales medios de comunicación (con honrosas excepciones) es de una miseria moral absoluta. Con asombrosa unanimidad se han dedicado en las semanas previas a intoxicar a sus lectores/espectadores/oyentes sobre la poca eficacia de la huelga, la inoportunidad (?) de hacerla, las catastróficas consecuencias en la economía del país y, el colmo, han apelado al sentido de la responsabilidad de los trabajadores para que estos no cumplan con un derecho que la Constitución les garantiza; por si alguno se había olvidado de ello: artículo 28.2. Y digo esto porque en algún fasciomedio he llegado a leer que la CE no reconoce ese derecho, con dos cojones.

El argumento esgrimido con mayor frecuencia ha sido el de que no se le debe hacer el juego a los sindicatos (así, en general), ya que éstos se dedican principalmente a pastelear con los patronos para conservar las condiciones laborales de sus afiliados, o mejorar las suyas propias, sin importarles para nada la gente que está en el paro. A grandes rasgos, esa es la idea que han tratado de difundir en los últimos días. Es necesario recordar, desde luego, que han sido las propias centrales sindicales las que con su actitud a lo largo de los años, y particularmente tras los pactos de reforma laboral con Aznar y la posterior mansedumbre con ZP su papel de defensa del trabajador ha quedado tan diluido entre la opinión pública que el esfuerzo de movilizar a la gente ha sido realmente ímprobo. Y, si hacemos caso a las encuestas, bastante improductivo. Pero, además, esta actitud ha tenido un efecto de contagio sobre otros sindicatos mucho más pequeños, más sectoriales y que, en su ámbito de actuación, tienen mucho más ascendiente entre sus trabajadores y les defienden con mucha más eficacia. Es decir, que han sido la propia UGT como CCOO quienes han labrado el terreno para que la labor de intoxicación mediática sea efectiva.

Pero, estimados lectores, esta huelga no es “pro sindicatos”. Esta huelga no es para darle la razón a ugetistas o comisionistas (sin intención de faltar). Tampoco es una huelga “contra el país”, ni siquiera —al menos no del todo— es una huelga contra los patronos, entre los que se encuentran no pocos empresarios que me consta que sí se esfuerzan día a día por levantar la economía y, a la vez, proteger y motivar a sus empleados. Esta huelga es una protesta contra un sistema, contra una forma de hacer política que toma decisiones de acuerdo con lo que “ordenan los mercados”, sin que nadie sepa (o sí sabemos, porque no somos tontos) quienes son esos “mercados” y cómo “ordenan” esas medidas. Es una protesta conta una política económica limitada a hacer recortes a nosotros, a usted, a los que siempre pagamos cuando falta dinero, a los que nos echan del trabajo cuando se reducen beneficios (ya ni siquiera cuando hay pérdidas) o, mucho peor, si se prevé que vayan a reducirse. Una protesta contra un sistema de recortes que no se ve compensado por un aumento de ingresos cuando nos enteramos, día sí día también, de que las principales empresas españolas han aumentado sus beneficios en época de crisis o bien gastan cantidades ingentes de dinero (de las cuáles el Estado, es decir, USTED, ha puesto una parte) en inversiones absurdimillonarias sin que haya una mínima previsión de que Hacienda vaya a obligarles a contribuir más por ello. Es una protesta contra una reforma laboral que no se ha limitado a recortarle a USTED su indemnización por despido o su prestación por desempleo, en caso de que la necesite, sino que además está haciendo lo posible por eliminar su protección jurídica si dicha situación llega a ocurrir.

Es, también, un grito de indignación contra una gobierno que está haciendo todo esto mientras, al mismo tiempo, se acojona cuando tiene que pedirle una peseta más a “los ricos”, mientras que consiente que un sinvergüenza como Díaz-Ferrán, que hace tiempo que tendría que estar ante un juez, siga como presidente de la patronal. Es una protesta contra dos partidos, uno en el gobierno y otro en la oposición, que acaban —y perdonen ustedes— chupándose las pollas en político 69 a sabiendas de que cuando uno tome el relevo al otro tendrá ya el campo preparado para terminar de desmontar, y vender por piezas, lo que quede del Estado. Todo ello, naturalmente, mientras ambos partidos se encuentran inmersos en océanos de corrupción, amiguismo, nepotismo y, en definitiva, degradación de la vida política y moral de este país, infectando de esa gangrena a la sociedad a la que representan y a la que afirman servir.

Pero, sobre todo, es una vacuna; puede que no muy efectiva, pero peor es no ponérsela. Es una vacuna contra la paulatina —y, si no lo remediamos, imparable— reducción de derechos de los trabajadores. Con cada reforma laboral que hemos tenido, esos derechos han ido desluciéndose y degradándose cada vez un poquito más. Ha sido un proceso lento, pero constante, del cuál la última (esa que viene “impuesta por los mercados”) está suponiendo una manta de hostias a la protección social y salarial del empleado que casi ni vemos por dónde nos vienen.

Es también una vacuna contra esa manada de individuos (e incluyo aquí a la mayoría de los medios de comunicación) que quieren reventar a los sindicatos y, por extensión, a los derechos laborales, utilizando a los propios trabajadores como herramienta para ello. Y esto no tiene nada que ver con la simpatía o antipatía que se pueda tener a UGT, CCOO y derivados: simplemente, los sindicatos, como institución, son los primeros responsables de que hoy día, tras más de un siglo de lucha, podamos tener cosas como vacaciones pagadas, jornadas de 40 horas semanales (que eso ya hace años que sutilmente se está perdiendo), o una cierta seguridad si perdemos el empleo. Eso, desde luego, no es cosa de la patronal ni de ningún gobierno que tuviese la idea espontáneamente. Y eso, a “los mercados”, que son gente con nombre y apellidos (muchos apellidos), es algo que les estorba, les molesta, les chirría y lo aborrecen.

Por eso hay que ir a la huelga. Hay que protestar, decir que no tragamos con todo, que ya hemos tragado bastante, que el “mercado” no puede estar por encima de nuestros derechos, que este sistema económico está podrido y no hemos sido nosotros los que lo hemos dejado fuera del frigorífico, que nos gusta tener estos derechos porque ha costado mucho conseguirlos y que lucharemos lo que haga falta para mantenerlos. Hay que salir a protestar, a decir que NO, que no nos van a callar.

Porque, como decía, esta huelga no es por los sindicatos, sino por los trabajadores. Por NOSOTROS, por USTEDES, en definitiva. Porque si no se hace, pasarán de meternos el dedo en el culo a meter el puño entero —y disculpen de nuevo el símil, pero no se me ocurre nada tan impactante—, y para entonces no valdrán de nada las protestas, suponiendo que para entonces sigamos teniendo el derecho a protestar.

No es sólo por nuestro trabajo, ni por nuestro dinero. Es por nuestra DIGNIDAD como personas, como sociedad. Por lo que queramos dejar a las generaciones futuras.

comments powered by Disqus

 ||—|| 

Los textos originales de este cuaderno se encuentran bajo la Licencia ColorIuris especificada aquí. El resto son propiedad de sus respectivos autores. El diseño de la página es obra de Jorge Portillo. Valida xhtml y css. Formatos disponibles para agregadores de noticias: atom y rss ( Suscribir). Alojamiento provisto por Libro de notas. Gestionado con Textpattern. La caricatura de Groucho Marx es creación de Al Hirschfeld, publicada por George J. Goodstadt. Si quiere saber quién visita este cuaderno y desde dónde, pinche aquí.