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Todología con bigote
Si te he visto no me acuerdo

Tendemos a volvernos nostálgicos con la edad, y una de las consecuencias es idealizar los períodos pasados hasta el punto de tomar la parte (las cosas que entonces nos maravillaban) por el todo. Sucede a menudo con la televisión que veíamos: los que tenemos más de treinta recordamos la época en la que había solamente dos canales (públicos), en algunos “afortunados” casos hasta tres, como una gran época para la tele patria, con programas de calidad, orientados al servicio público, pensados más para el espectador que para la publicidad que atraerían y, en definitiva, algo de lo que hoy ya no se encuentra; ni siquiera en TVE, a pesar de que ésta ya no nos ofrezca los interminables e inevitables anuncios.

Es por eso que cuando hablamos de programas como La Edad de Oro (que jamás vi porque aún era demasiado imberbe para comprenderlo), La Bola de Cristal o incluso esos magazines de tarde que seguían a la serie que seguía al telediario, y que contenían entrevistas a gente a la que hoy jamás podríamos ver en una pantalla de televisión (salvo en el horario habitual de las tres de la mañana, y eso con el permiso de la teletienda), tendemos a recordarlos como principios fundamentales de lo que hoy denominaríamos “tele de la güena”, de la libre, de la transgresora, de aquella que merecía la pena plantarse ante la caja tonta para después comentarla en el bar frente al trabajo o susurrando en el patio del colegio mientras se hacía la fila.

Treinta años después la frase más repetida es “ha envejecido fatal”. Y pocos programas se libran de ello, precisamente por la falta de perspectiva. Un ejemplo muy claro es la mencionada La Bola de Cristal, unánimemente reconocida como el mejor programa infantil-juvenil de los años ochenta, pero que hoy seguramente no se sostendría en la parrilla de ninguna tele más de un par de semanas. Es precisamente esa confusión entre la parte buena (los contenidos) y el todo (la realización, que vista con perspectiva era infame) lo que ha provocado que cuando uno repasa esos programas ha de morderse la lengua para decir en alto lo que uno jamás va a reconocer so pena de que le estopen: que eran básicamente una mierda. Muy entretenida, muy educativa, incluso muy liberadora, pero de factura absolutamente espantosa. Lo habitual es decepcionarse, pero es lógico: nos hemos quedado con lo que nos gustaba, que no era poco, desprendiéndolo del envoltorio que, al fin y al cabo, era lo que nos sobraba. Y que la única razón por la que el envoltorio no nos importaba en absoluto era porque, en aquellos años, las alternativas eran inexistentes.

En un detalle que yo creo crucial sí que estoy de acuerdo, y ya lo he mencionado un par de veces: los contenidos eran excelentes. No sólo por la variedad y por el hecho, a mi modo de ver insólito (antes y después de aquello), de que no trataran al espectador como un imbécil, sino porque en aquel momento los creadores televisivos disponían de una libertad tan amplia para hacer lo que querían que se esforzaron todo lo posible por usar y abusar (¿se puede abusar, acaso?) de ella. Tras cuarenta años de franquismo y censura, más otros siete de ucedismo monárquico-católico, la entrada del PSOE en el gobierno supuso, al menos al principio, “dejar hacer”. Y por eso era perfectamente posible ver en una televisión socialista a gente como Pedro Ruiz poniendo a caldo a Boyer por freírle a impuestos, a Sánchez-Dragó hablando de las mierdas de la tele y la política o a Balbín consiguiendo que mucha gente se quedase a ver un ¡coloquio! después de una película un viernes por la noche. Porque eso era así: con o sin comisarios políticos, en la tele de aquella primera mitad de los ochenta era posible que todo aquello sucediese y que la gente adorara y se cagara en el gobierno a partes, si no iguales, sí parecidas.

Luego Guerra se disparató y tomó el control absoluto de RTVE, poniendo y quitando directores de todo pelo, y la cosa ya no volvió a ser la misma, ni con aquel gobierno ni con ninguno de los que le siguieron, tocando fondo y excavando en el lodo en la etapa aznariense y con un breve paréntesis de lucidez durante un par de años zapateristas, para luego regresar al fango del bisabuelo Oliart y su nada descartable desmantelamiento del Ente Público. Pero permítanme que me detenga en aquellos maravillosos años y no siga por este camino de perdición y podredumbre.

Todo el rollo anterior viene generado por el “hallazgo” en Youtube de un especial navideño emitido en diciembre de 1985 y titulado Si te he visto no me acuerdo, donde se repasaban tres años de televisión bajo el gobierno del PSOE y en el que dos desatados Guillermo Summers e Ignacio Salas (posiblemente la pareja televisiva con mejor química desde que existe la tele en color) repartían leña a políticos y sociópatas de todo el imperio celtibérico sin cortarse un pelo de las barbas. Confieso que cuando me topé con el programita de marras dudé si verlo o no, pues recordaba que entonces me había hecho mucha gracia, pero claro… yo tenía once años. Y no quería sufrir el mísmo palo que me llevé al revisar la mil veces mencionada Bola. Aun así lo puse.

El resultado, estimados (y sufridos) lectores, ha sido brutal, impactante hasta las corvas (que es un sitio donde duele mucho, como siempre nos recordaba Raymond Chandler). El programa es un ejercicio casi espiritual de libertad democrática como jamás he vuelto a ver, y sospecho que jamás volveré a ver, en una televisión pública española. Un retrato de una sociedad que todavía estaba aprendiendo a crecer y vivir fuera del paraguas dictatorial y a la que la libertad llegaba incluso a agobiar en ocasiones, pero que en su mayoría creció y maduró —independientemente de la edad— mirando la pantalla de su salón y, en buena medida, formando su vida en torno a lo que ésta le contaba. Un programa que, en lenguaje MTVesco actual, llamaríamos un “One Hit Wonder”; un tipo y un estilo de programa que nunca volvería a verse en televisión hasta la aparición de las privadas; e, incluso en éstas, ya con un fuerte sesgo ideológico dependiendo de quien las manejase en cada momento.

El programa no aparece (¿lo hará alguna vez?) en el archivo de la web de RTVE, por desgracia. Un usuario de Youtube, manuTVX lo subió dividido en diecisiete partes hace dos años; de éstas, algunas ya no pueden verse por cuestiones de copyright con la música que suena (gracias, Sony Music, por ser tan PETARDOS) y no he conseguido encontrar el video completo por ninguna parte. Sin embargo, lo que queda es realmente jugoso y lo que más sorprende es —hombreras aparte— lo actual que se ve y el excepcional ritmo que tiene para durar alrededor de dos horas. Aquí les dejo incrustada la parte número 14, donde se parodia al Telediario y en el que las noticias son… bien, digamos que hoy rodarían cabezas con la mitad de lo que en ellas se dice, como seguramente rodaron después de 1985. Es doblemente interesante porque se encuadra en la entrada de España en la CEE, para la que faltaban sólo unos días. Les diría aquello de “véanlo y lloren”, pero creo que no voy a necesitarlo. No porque haya envejecido mal, como les contaba al principio, sino porque ha envejecido excesivamente bien, incluso en la época del bótox.

Ah, y no se pierdan la canción de Joaquín Sabina y Viceversa que da título al programa (a partir del minuto 2):

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