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Todología con bigote
Entre todos la mataron y ella sola se Estatut

Un artículo de Carlos Luna en su blog y un comentario mío que no pasaba de ser una crítica a las cifras dadas ha derivado en una interesante discusión sobre el fondo del Estatut de Catalunya. Quise participar con un comentario, pero me ha salido tan largo que he preferido sacarlo de ahí y hacer una nota en el cuaderno. El motivo, cómo no, la sentencia del Tribunal Constitucional y la posterior manifestación que tuvo lugar en Barcelona el 10 de Junio. Las personas que se mencionan en el post son comentaristas previos en la nota de Carlos.

Advierto que lo que cuento en la nota son impresiones personales y que no están apoyadas en textos jurídicos, porque no me he molestado en buscarlos. Si hay algún abogado en la sala que quiera matizar cualquier cosa referente a leyes que aquí se menciona, bienvenido sea en los comentarios.

Servidor es, hasta cierto punto, partidario de que se cumplan las leyes. Aquí entonces tenemos dos posibilidades: o bien nos las saltamos, o bien intentamos hacer algo que encaje en ellas; veamos lo segundo, es decir, el Estatut.

El Estatut fue una idea de Maragall, que no recuerdo ahora mismo si estaba en su programa electoral o no, creo que sí. En cualquier caso, da lo mismo; surge la iniciativa y se pone en marcha, para ser concluida por su sucesor, Montilla, con sustanciales diferencias sobre el proyecto original. Se aprueba en el Parlament, ya con modificaciones precisamente para intentar que encaje en la Constitución, no perdamos este detalle: hasta Maragall es consciente de que el Estatut en su redacción original tiene puntos anticonstitucionales que pueden ser tumbados en un hipotético recurso. Luego se lleva al Congreso, donde pacto arriba pacto abajo se le aplican todavía más recortes; ahora no solamente para prevenir una posible anticonstitucionalidad, sino para evitar —esto es política nacional, oigan— que al Gobierno le echen los perros desde todas partes. Ahí el Gobierno tiene una de sus múltiples meteduras de pata, que es pactar los términos de aprobación con CiU, que no gobierna en Catalunya; el resultado es que ERC, uno de los partidos impulsores, se niega a votarlo.

Así y con todo, se aprueba y se pasa a referéndum. En ese referéndum, efectivamente, sale que sí, pero ahí entramos en un tema de legitimidad que a mí me resulta incómodo y que en modo alguno tiene una respuesta válida: menos de la mitad de los catalanes con derecho a voto van a votar. Y de los que quedan, hay un veinte por ciento (seguramente muchos de ERC) que votan que NO. Entonces lo de que “está aprobado por los catalanes”, siendo cierto técnicamente, a mí me siembra muchas dudas en la realidad. Insisto que esta es una impresión personal, no un hecho, y que muchos (sobre todo los partidarios del Estatut) tienen la opinión contraria. Pero aparte de eso, todo lo demás mencionado arriba sí son hechos.

Vale, ya está aprobado. El PP, más por oportunidad política que otra cosa, presenta recurso de inconstitucionalidad. Éste se admite a trámite pero no se suspende la aplicación del Estatut (otro error). No sólo eso, sino que los miembros del TC que deben decidir sobre su validez están a punto de cumplir sus mandatos, en muchos casos, y están fuertemente politizados, en todos ellos. Ahora bien, independientemente de todo esto y sin ser jurista el que suscribe, una cosa esta clara: hay cosas en el Estatut que son diáfanamente inconstitucionales, y solamente hay que poner artículos de éste junto con los correspondientes de la CE para ver que se contradicen. Y qué quieren que les diga, cuando eso sucede la Constitución prevalece sobre la norma autonómica por su propia naturaleza. Yo no digo que la CE sea infalible (no lo es) , que no sea mejorable (lo es) ni que deba ser intocable (hace años que sostengo que debe reformarse para poder permitir el estado federal, entre otras muchas cosas). Pero es la carcasa dentro de la cuál ha de contenerse el marco legislativo actual; si una ley la contradice, sencillamente esa ley no es válida. Pasa con el Estatut como pasa con otras muchas leyes, y ahí —y perdonen uds., porque sé que no les va a gustar esto— da igual que se haya votado en referéndum, precisamente por la jerarquía de leyes existente en España. Esto viene a cuento de la frase leída en un comentario anterior: “Da igual si estabas a favor o en contra del estatuto. Lo decidimos nosotros, estos 10 hombres no deberian poder acallarnos.” – Me temo que esa aseveración es solamente cierta (legal y moralmente) si Catalunya es independiente; en tanto siga dentro de España, su legislación ha de ser compatible con la española, con o sin referéndum. Esos diez hombres no acallan a nadie: interpretan una ley. Aunque lo hagan de aquella manera (véase el siguiente párrafo)

Volvamos un momento al TC: tras cuatro años de (je) “deliberaciones” (las comillas son muuuy intencionadas) por parte de unos señores y señoras que hace tiempo que dejaron de tener legitimidad para tomarlas, se llega a un acuerdo a velocidad del rayo por el cuál, efectivamente, se declaran nulos artículos que claramente van contra la CE, otros que tienen bastantes más dudas, y —nuevo error, éste de bulto— se hace un juicio de valor sobre las motivaciones del Estatut, cosa que el TC no debería hacer jamás. Eso, unido a toda la mierda acumulada por el tribunal desde 2006, ha supuesto, junto con otras cosas, la manifestación del 10 de julio en Barcelona.

¿Entonces qué? La manifestación no va a cambiar nada, me temo; al menos nada respecto del Estatut en sí, por todo lo que he expuesto arriba. Yo les propongo, no a ustedes si no a los políticos catalanes, que sean honestos, y me remito a mi primerísimo párrafo:

1. Si quieren hacer un Estatut porque, como se dice, se quiere hacer encajar a Catalunya dentro de España, ha de hacerse conforme a las leyes españolas; quejarse después porque no te aceptan tal o cual cosa es —sigo hablando de los políticos, ojo— de un cinismo estupendo.

2. Si uno quiere rehacer las leyes, se puede intentar (y yo creo que se puede, además) pedir una reforma constitucional. No en el parlamento, donde se ve que no funciona, sino directamente en la calle: sacando a la gente, haciendo propaganda de lo que se quiere, animando al ciudadano a que se revuelva contra su Gobierno, incluyendo las propuestas de reforma en cualquier movimiento político, en cualquier programa electoral. En suma: diciendo bien y claro (cosa que en ninguna campaña ha sucedido) qué se quiere hacer y las consecuencias parlamentarias que tendrá el que no se haga.

3. Y si uno quiere directamente saltarse las leyes y el marco jurídico no se lo permite ni se lo va a permitir, entonces sean REALMENTE honestos y pidan la independencia. No de boquilla en un mitin de la Diada o en una calçotada con la agrupación local del partido de turno, sino en un programa electoral, en una campaña electoral, en el Parlament, en la Generalitat. Díganles a sus votantes que se quieren ir, que se quieren separar y vivir por su cuenta, que están hartos de esas leyes que les oprimen y de esa Constitución que les consume. Pero que se diga claramente y sin mierdas —con perdón— de pragmatismo y de Realpolitik.

Y no sólo estoy hablando de CiU o del PSC, que siempre amagan pero nunca dan y al final acaban a besos de tornillo con el partido de turno en el Gobierno central. Hablo también de ERC, partido que ha llegado a folklorizar y frivolizar la independencia de Catalunya hasta extremos incluso peligrosos (un día habría que hablar de sus juventudes, que menudas las gastan a veces) pero al que no le duelen prendas de apoyar al PSC/PSOE porque a fin de cuentas las poltronas son ciertamente cómodas. Y no me hagan hablar de Laporta, que ya me parece bastante grave que haya querido usar al Barça de mis amores como plataforma política para su promoción personal. Un tipo que no respeta ni eso, ¿cómo pueden esperar que gobierne Catalunya, independiente o no?

Para terminar, quiero regresar brevemente a la manifestación del 10-J. Sin querer despreciar a nadie —lo juro—, creo que muchos de los que allí fueron no sabían realmente qué estaban defendiendo. Es más, puedo suponer casi sin peligro que la mayoría no se ha leído el Estatut y desconoce qué es lo que de él se ha recortado. No digo nada, porque es normal; yo sí me leí el tocho en su día y no hay quien se lo fume, pero contiene muchísimas cosas que van bastante más allá de la discusión tertulianológica de si “nación” significa tal o cuál cosa, que no sirve más que para ocultar lo que realmente importa dentro del texto (financiación, relaciones bilaterales, competencias exclusivas que chocan contra la propia exclusividad del Estado para ellas, pérdida de la solidaridad interterritorial o separación de la administración de Justicia y la aplicación independiente de leyes aunque vayan contra las leyes de ámbito estatal, por ejemplo). A mí me parece perfecto (es más, ojalá siempre fuera así) que alguien se manifieste y luche por los derechos en los que cree; menos bonito me parece que otros se apropien de esa gente para motivos que son más complejos y mucho más oscuros que un simple, genérico y mayoritariamente falso grito de “nos recortan nuestros derechos”. Igual una lectura a fondo del articulado del Estatut, así como de la sentencia del TC, acabaría haciendo dudar a muchos, al menos al nivel de una expresión inglesa que a mí me gusta usar por lo clara que es: not quite.

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