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Todología con bigote
Fußballfieber, o "Ich war da (allí estuve yo)"

Sábado 3 de julio, Olympiastadion, München. 17:48 horas.
Alemania acaba de ganar su partido de cuartos de final a Argentina. Lo que se esperaba como un choque de trenes acabó siendo el atropello a un conejo a trescientos kilómetros por hora. Treinta mil personas, algunas sentadas bajo un sol asesino en uno de los días más calurosos del verano, llevan más de noventa minutos aullando con cada movimiento, cada pase, cada finta realizada por su selección. El estadio ruge como una única voz, amplificada hasta el límite con cada uno de los goles de los pupilos de Jogi Löw. La megafonía aprieta aún más las tuercas a los aficionados. Casi podría decirse que al otro lado de las pantallas gigantes los futbolistas pueden oír los gritos de un pueblo entregado a su equipo. El estadio es una gran sábana blanca salpicada, a veces, con los negros y dorados de una tercera equipación que se ve más de lo que sería habitual. Caras pintadas, bikinis con la bandera de la República Federal, camisetas de Klose, de Lahm, de Schweinsteiger (la más popular), de Özil, de Cacau… de una selección que hace tiempo que abandonó el clasicismo en su aspecto y en su forma de jugar, pero que sigue manteniendo fuerza, disciplina a prueba de bomba y un solo objetivo: ganar. Y Alemania gana y pasa a semifinales, algo que nadie había dudado, pero que nadie se esperaba que fuese de tan brutal manera: goleando a una de las favoritas y metiendo, por tercera vez en cinco partidos, cuatro goles al contrario.

Martes 6 de julio, centro de München. 18:00 horas
España ganó el domingo el partido de cuartos a Paraguay y se enfrentará a Alemania en semifinales. Manteniendo la tónica de todo el Mundial, lo ha hecho con un partido feo, incluso malo, con un juego nervioso y muy fallón, con un arbitraje demasiado protagonista y, al final, con un solitario gol que defienden con las garras poco afiladas hasta el último pitido. En la tarde del martes ya se conoce a la primera finalista, Holanda, que ha ganado a Uruguay con autoridad y dos delanteros excepcionales. Los alemanes andan enfadados, por ese extraño pique que siempre han tenido con los holandeses (no son dos pueblos que en general se lleven bien) y porque preferían en la final a los uruguayos, a quienes consideran más sencillos de batir. Visto el juego de España y las ganas de revancha respecto a 2008, nadie en Múnich duda de que la Mannschaft estará en la final.

Miércoles 7 de julio, München, 8:45 horas
El fútbol se ve, se oye y se huele en las calles. Es imposible abstraerse de ello, ni siquiera en el pequeño tramo de autopista que me lleva al trabajo: banderas prendidas en los coches, fundas con los colores federales envolviendo los retrovisores, escaparates recubiertos de motivos negros, rojos y dorados. No queda un sólo bar sin pantalla gigante. Pantallas, en realidad, porque lo normal es que tengan más de una para que pueda verse bien desde todas partes. La radio no deja de hablar del partido de la noche y de la final contra los holandeses. Incluso muchos negocios se anuncian con cuñas en las que ya hablan de la victoria teutona. Curiosamente, sólo el seleccionador alemán y algunos veteranos de mundiales anteriores avisan: “España es el mejor equipo”. Aunque también recalcan: “somos mucho mejores que en 2008”. Son zumbidos de mosquito entre el ruido de la jungla, casi nadie contempla otra posibilidad que la final… qué coño la final, la Copa casi tiene color alemán. Si en vez de en Sudáfrica se jugase allí, la presión para el rival sería insoportable.

Miércoles 7 de julio, München, 19:15 horas
“Buena suerte, mucho éxito” — intercambio de cortesías porque ni este español cree que su selección sea capaz de pasar a la final. He quedado con un amigo para ver… más que el partido, el previsible ambiente de antes, durante, y sobre todo después. Dejo el coche en casa y me dirijo al metro, donde grupos de todas las edades y condiciones, vestidos en su mayoría con la equipación blanca de la Mannschaft, ellas además adornadas con guirnaldas tricolores, abarrotan los vagones que recorren el centro de Múnich para dispersarse luego por los distintos puntos donde verán el partido. “Public Viewing” es la expresión más vista por la calle; “Deutschland, Deutschland, Deutschland” la que más se oye. Ningún establecimiento quiere perderse el evento y, por una vez, los dueños no se mosquean porque haya parroquianos que pasan por delante y se quedan de pie a ver la tele sin consumir nada; para ese día el negocio ya está hecho. Muchos fans irán de nuevo al Olympiastadion, pero en su mayoría se repartirán por bares y Biergarten. El vagón sigue repleto hasta Münchner Freiheit, que es donde me bajo.

Miércoles 7 de julio, München-Schwabing, 19:45 horas
Ni una bandera española. Hace dos años se veían bastantes, naturalmente siempre superadas por las alemanas, pero entonces la ilusión era mucho mayor entre los “exiliados”. Quizás es que antes muchos visitantes se quedaban a dormir en Múnich para ir a ver los partidos en Salzburgo, o quizá es que ahora el poco juego desplegado por la selección unido a la desbordante ilusión alemana han vuelto tímidos a los “Spanier”. Se me ocurre que los jugadores tienen mucha más confianza y están más tranquilos que sus propios aficionados, lo que me parece algo más bien raruno. Al mismo tiempo, lo creo buena señal, aunque sea más deseo que realismo. Algunos bares no están todavía llenos y avisan con pizarras: “Aún quedan tres mesas libres!”. Al igual que en la Eurocopa o en la final de la Champions, normalmente hay que reservar con tiempo si quieres ver el partido en un bar. Nunca había visto tantas pantallas planas en plena calle. De hecho, nunca había visto un fervor semejante por un partido de fútbol en plena calle, ni siquiera en España. Pienso en la gente de casa a la que no le gusta el balompié y me sonrío… podría ser peor, mucho peor, para ellos.

Miércoles 7 de julio, München-Englischer Garten, 20:30 horas
Hay menos gente de lo que esperaba, pero aún así el Biergarten está a rebosar, casi todos de pie. Aprovecho las mesas vacías —desde las que no se ve el partido— para dar buena cuenta de la inevitable Currywurst con patatas fritas y su correspondiente medio litro de cerveza. Rugido tras rugido detecto: la salida del equipo alemán, el himno nacional y el comienzo del partido. Hay dos seguratas a cada lado del Biergarten para vigilar que la gente no agarre los largos bancos y se los lleve para subirse en ellos y ver mejor, ya que algún descerebrado que gobierna el local ha decidido no retirar la carpa de lona que cubre las cajas, con lo cuál la visión es más que limitada si te encuentras detrás. Nos levantamos para buscar un ángulo bueno y, aunque está un poco lejos, lo encontramos. El trasiego de gente entrando y saliendo no cesa. Hay un grupo de chicas más bien jóvenes que se dedica a pasearse luciendo palmito y que no muestran interés alguno en el partido. Quién dijo que no había “poligoneras” en Alemania?

Miércoles 7 de julio, München-Englischer Garten, 21:10 horas
Discurre la primera parte sin demasiadas acciones de peligro, aunque parece que España juega algo mejor. De hecho, me sorprendo de lo bien que están defendiendo y de que, por primera vez en todo el Mundial, no están perdiendo balones a centenares ante el contrario. Pero sobre todo hay algo que me resulta muy raro y que me da una pista de lo que puede estar pasando: el público está inusualmente callado, nada que ver con lo que presencié en el Olympiastadion cuatro días antes. Y me doy cuenta entonces de que Alemania apenas tiene el balón, que apenas está creando dificultades y que no es capaz de quitarles la pelota a los rivales. De vez en cuando sí que se oye algún grito, algo ha pasado, algo que mínimamente se parece a una ocasión de gol… pero si es posible detectar la convicción en los que animan, esos gritos no se oyen demasiado convencidos, o no resultan demasiado convincentes. Aún así, el partido aburre bastante y en el descanso decidimos abandonar el Biergarten y buscar si acaso algún sitio libre en Schwabing. Aquí el ambiente no parece demasiado festivo.

Miércoles 7 de julio, München-Schwabing, 21:50 horas
Pues lo encontramos, ya con la segunda parte empezada y viendo televisores durante el camino, en uno de esos bares en los que uno piensa que se va a quedar de pie, llega el dueño y nos dice que hay un sitio libre al final del todo, justo frente a la pantalla. Cojonudo, de no ser porque el resto del bar está plagado de alemanes enormes con cara de mala hostia. Alemania no está jugando bien, pero es que además España está jugando fenomenal, como no lo había hecho en todo el torneo (perderemos como siempre?). Queda una media hora y el dominio español es clarísimo, cada vez más, aunque Kroos (cuya entrada al campo ha sido muy celebrada por los parroquianos) a punto ha estado de dar un susto. En el bar casi no hay cánticos ya y sí muchos “ohhh!” y “ufff!”. Ya nadie lo ve claro; casi diría que ya nadie lo ve.

Miércoles 7 de julio, München-Schwabing, 22:17 horas
Creo que hemos sido los únicos que hemos cantado el golazo de Pujol, aunque apenas un par de segundos, cuando el cerebro nos ha recordado que tenemos unas veinte torres alemanas muy cabreadas sentadas tras nosotros. Pero ha merecido la pena. Empieza el desfile de los clientes hacia los servicios y la camarera nos cobra las bebidas antes de que acabe el encuentro. Aunque restan veinte minutos de partido, tanto jugadores como espectadores lo dan ya por muerto. España va a ganar y va a estar en la final. En el descuento, algo increíble… el estadio se llena de pitidos pidiendo la hora, Sudáfrica no quiere que Alemania empate! Creo que nadie se ha dado cuenta del detalle, pero así es. Salimos rápidamente del bar (por si acaso, aunque todavía están un poco groggies de la mala sorpresa) y empezamos a llamar por teléfono a todo el mundo. España está en la final de un Mundial de fútbol. Repetimos: EN LA FINAL DE UN MUNDIAL DE FÚTBOL. Ya saben, una de esas cosas que uno piensa que jamás verá en esta vida, pero que ha ocurrido. Qué pasará en la calle?

Miércoles 7 de julio, München-Leopoldstrasse, 22:30 horas
De repente salen tantas banderas españolas como caracoles en una tarde de otoño. Poquito a poco, se ven desplegándose a lo largo de esta ancha avenida, la Leopoldstrasse, que la Policía ha cortado al tráfico desde hace un buen rato para que la gente festeje a gusto. Claro que igual esperaban otro tipo de celebración, pero aún así la calle vibra: Alemanes animando a su equipo y sin dejar de corear su nombre. Españoles y extranjeros con banderas colgadas a la espalda. Más alemanes que se te acercan al ver tu bandera (la de mi colega, al que ni siquiera le gusta el futbol pero que se lo ha pasado como los indios) y te felicitan, se hacen fotos contigo y con la bandera, cantan, saltan, ríen y te dicen: “vale, pero ahora tenéis que machacar a Holanda el domingo! Prometido? – Prometido!” Otra vez el pique y esa cosa tan curiosa que hará que buena parte de Alemania esté apoyando a la selección dentro de dos días. Me hacen un par de preguntas para la radio y contesto lo más diplomáticamente que puedo… esto mismo ya lo viví hace dos años y me sigue sorprendiendo lo deportivamente que encaja esta derrota un pueblo acostumbrado a que sus equipos lo ganen casi todo. Desgraciadamente no puedo decir lo mismo de un grupo de españoles a quienes prefiero evitar por vergüenza ajena. Con excepciones como esas y alguna que otra alemana, el ambiente es sencillamente grandioso. De haber ganado Alemania, eso sí, tendríamos que aguantar lo mismo al menos hasta el domingo, así que —y que me perdonen mis colegas de aquí— eso que nos ahorramos el resto :-)

Casi una hora y media después del final del encuentro, tomo el metro para casa. No están precisamente en silencio, sino calentando motores para el partido del sábado frente a Uruguay… pero las caras no mienten; las expresiones de tristeza se han hecho fuertes en todo Múnich, afirmo sin riesgo que en todo el país. Y, a pesar de todo y de estar en el lado de los que ganaron, no puedo evitar sentirme en parte identificado con ellos. Lo que yo vi y viví aquella noche contradice de raíz ese dicho que afirma que la victoria tiene mil padres, pero la derrota es huérfana. Cuando la Mannschaft pierde, la derrota la comparten entre todos, y todos recogen fuerzas para buscar de nuevo la victoria. El carácter alemán se dibuja con nitidez en sucesos como estos, por frívolos que parezcan. Y el fútbol refleja también, en muchos sentidos (no necesariamente malos) ese carácter de un pueblo.

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