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Todología con bigote
Suba el volumen, por favor

Bajo la iluminación amarillenta del café, junto a unos enormes ventanales por los que nunca entraba luz alguna, el escritor observa el río de personas que suben y bajan por la calle del puente, tras haber intercambiado miradas y palabras con la inmensa plaza del mercado. Gente cargada de bolsas y mochilas, con la boca abierta los que afrontan la cuesta, por el calor que hace, cerrada los que la descienden pensando en el dinero gastado; donde una tarjeta de crédito provoca más inquietud que alivio ante la perspectiva de retrasar la condena durante unos días.

Envuelto por la música del local el escritor trata de concentrarse en su historia, pero hoy el barman no le está ayudando y ha decidido poner sabor latino en lugar del chill-out de los últimos días. Que no es que éste le fascine, pero al menos no le provoca ese irritante movimiento de pies que hace que le tiemble la pluma mientras consigue terminar una frase. Se puede saber el día en que la música no acompaña por la cantidad de borrones malintencionados que salpican el cuaderno. Por contra, en los días de auténtica inspiración podrían incluso milimetrarse los márgenes de las páginas sin encontrar apenas desviaciones. Claro que en esos casos la música ambiental no tiene nada que ver; ocurre en realidad que el escritor ha sabido inspirarse con ganas, pero él desconoce este hecho y piensa que todo se debe a la música. Cree que sus mejores obras las ha escrito movido por melodías más o menos conmovedoras, tal que si las palabras se escribiesen sobre pentagramas o, por contarlo de manera más moderna, con los latidos de un ecualizador electrónico. Sostiene ante su editor que no puede entregar las páginas a tiempo porque no consigue ajustar el momento adecuado en el que el barman pondrá la música que decide sus textos. No se le ocurre siquiera acercarse al bazar y hacerse con un par de compacts para tarareársela cuando desee, o vencer sus principios de autor y utilizar a la terca mula. Está convencido de que esa música, con esa combinación concreta e inmutable de agudos y graves, dentro de la acústica de ese local en particular y reproducida en el momento justo merced a la pulsación del botón adecuado por parte de esa persona y de ninguna otra, es la auténtica causante de sus prestigiosos textos.

Entre tubos fluorescentes y destellos de impacientes flashes, junto a gente que sonríe sin alegría y frente a gente que se emociona por su presencia, el escritor firma ejemplares de su última novela, un texto del que sale particularmente satisfecho. No firma con su nombre, nadie conoce su nombre porque para sus lectores él se llama de otra manera, un nombre aparentemente anodino y sin sustancia, pero que gracias a los favores de crítica y público se instala en las bocas de todos los suplementos literarios del país. Sin embargo, el nombre de su barman es tan corriente que duda mucho de que éste le vaya a reclamar alguna vez derechos de autor. Por si acaso, nunca menciona en sus libros las canciones que se oyen bajo la iluminación amarillenta del café.

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