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Todología con bigote
Recuperando notas antiguas: "Más que a un tonto un lápiz"

La teoría de la molonidad, por el momento sólo hilvanada por SuperSantiEgo, pero que pronto desarrollará en un tratado de varios tomos (púdrete, César Vidal), me recordó una nota que colgué en la antigua versión del blog, hoy desaparecida, hace seis años nada menos.

La he recuperado aquí, puliéndole apenas un par de detalles y acojonado porque sigue siendo perfectamente válida hoy. Les ruego que disculpen los defectazos de estilo que mi por entonces insultante juventud me hiciera cometer.


Más que a un tonto un lápiz (27 de Febrero de 2004)

Al hilo de la última anotación, voy y me topo con esta noticia, que me da que pensar: la publicidad funciona mejor si se asocia a una novedad. Resulta que, según previsiones, la próxima versión de Windows (Longhorn o algo asín) no saldrá hasta dentro de un par de años, lo que querría decir que entre dicha versión y la actual (XP) habrán pasado aproximadamente cuatro. Claro, si la mayor parte del negocio está en vender el mismo sistema operativo una y otra vez a los incautos consumidores, cuatro años en medio sin rascar bola es demasiado tiempo, así que se nos van a inventar, al parecer, una “actualización” del XP la cuál, vista la trayectoria de Microchof, me temo que ofrecerá pocas novedades aparte de tres o cuatro mariconaditas más en el escritorio y alguna “ideílla” para que los nuevos programas sólo puedan funcionar bajo la plataforma actualizada. Es decir, algo parecido a lo que hicieron con Windows 95 y Windows 98; en esencia la misma cosa pero con ciertos problemas de compatibilidad hacia atrás y, desde luego, bastante más petarda resultó la versión “nueva” que la antigua, aunque acabara haciéndose imprescindible.

Pero no es de Windows de lo que quiero hablar, sino de las estrategias publicitarias que las empresas usan para hacernos “picar” en el consumismo compulsivo. En el caso que comento, imagino que emplearán una agresiva campaña para convencernos de las bondades del producto, y probablemente se acaben vendiendo millones de unidades del “actualizado” sistema operativo, al igual que se vendieron “sienes y sienes” de la versión 98. ¿Por qué? Porque al consumidor lo que le gusta, por encima de todo, es la novedad, aunque esta no sea tal.

Como les comentaba el otro día, la cosa esta de los teléfonos PTT (Push-To-Talk) no es sino la reinvención de un aparato tan antiguo como es el Walkie-Talkie; con mucha filigrana, eso sí, posiblemente con pantallitas a colores, tonos polifónicos donde poder escuchar el festival de Eurovisión completo, teclas de carbón activado para que no te hiedan las yemas de los dedos, marcación por voz y manos libres para que parezca que vas hablando solo… pero en realidad es un invento antiguo al que se le llena de florituras, se le hace una campaña brutal en televisión, se le dan ínfulas de “lo ultimísimo” y ¡zas! a vender “paratos” como rosquillas glaseadas. ¿Por qué? Porque brilla como si fuera nuevo. O porque los demás lo tienen y yo no, principio básico de toda publicidad que se precie (y para quien no lo vea claro, recomiendo los cómics de Asterix “La Residencia de los Dioses” y “Obélix y Compañía”, mucho más directos y reales que cualquier tratado sobre la materia).

¿Quieren otro ejemplo? Hace apenas veinte años los japoneses, reyes del consumismo electrónico, trataron de introducir en el mercado europeo el televisor en miniatura: portátil, ligero, a color o en blanco y negro… para llevarlo a cualquier parte, vamos. No funcionó: la TV es un invento esencialmente apático para quien la consume. A diferencia de internet, no requiere más que pulsar un botón y recibir, recibir, recibir. Y cuando las imágenes son tan pequeñitas, tan incómodas de ver que hay que estar ajustando la antena constantemente (como de hecho ocurría) y el espectador ha de estar más pendiente del cacharro que de lo que ofrece… pues hagan ustedes la cuenta. El resultado fue un sonoro fracaso, pero ahora resulta que van a ofrecer una opción similar en los teléfonos móviles, es decir, en dispositivos que tienen una pantalla de tamaño una cuarta parte (más o menos) de la que esos televisores tenían. Según tengo entendido, ya hay tortas para hacerse con uno de esos aparatejos… de nuevo, la novedad, con el agravante de que en este caso ni siquiera la “novedad” (que no hay tal) supera al original, al menos en el tamaño de la pantallita. Será más incómodo, más complicado y posiblemente menos práctico… pero se venderá mucho más.

Esto lo hemos visto no hace tanto y sin meternos en el terreno ultratecnológico: hablemos del clásico patinete, el de tres ruedas de toda la vida. ¿Anticuado? Nein! Hágalo usted de aluminio en vez de madera, póngale una pegatina molona, cámbiele el nombre a otro más sonoro como “scooter” y sature los intermedios de los programas más vistos con imágenes del susodicho artilugio… éxito seguro. Tan rápida fue su (re-)explosión como su desaparición del imaginario público. Y que me perdonen los que picaron y ahora lo tienen, pero no he visto un invento más absurdo para moverse… prefiero caminar, al menos no he de cargar con el cacharrito de marras. Y además es independiente de la época: por si no se lo creen, ¿recuerdan cómo se ponían de moda los yo-yós cada vez que salían en el “Un, dos, tres” un par de histéricos haciendo piruetas? El viernes, en la tele; el lunes, en cada colegio, centenares de infantes abriéndose la cabeza con el yo-yó cuando intentaban hacer la grulla. Tres semanas después no se veía un yo-yó en los patios.

Puede parecer que esto que cuento se circunscribe sólo al mundo infantil o adolescente, pero en modo alguno es así. ¿Alguien sabe realmente para qué sirven un “spoiler trasero”, las barras de protección laterales, el oxígeno activo, el detergente en megaperls, el DSP de 1 bit, los liposomas o el goretés? La mayoría responderá a todo esto (o a parte) “de que no”. Pero los ponemos, sin embargo, como condición imprescindible, o al menos como una razón de peso, para comprarnos un coche, una crema hidratante, un reproductor de DVDs o un paquete de garbanzos, ¡y además convencidísimos, oigan! Como vemos, la obsesión por la novedad no distingue de edades o sexos (y hablando de sexo… jejejeje, mejor no sigo por ahí).

Y se extiende a todos los campos que impliquen un consumo de algún tipo, no sólo bienes materiales: una película con efectos especiales superhipermegaultramodernos, aunque la historia sea una basura y aburrida de la muedte… lleno hasta la bandera. Un centro comercial con dosientarmí tiendas y cincuenta salas de cine, aunque todas unidas no lleguen a juntar las butacas de los antiguos cines de barrio y en la mitad de ellas te pongan la misma película (sí, justamente la que menciono arriba). Una revista insulsa y que trae lo mismo que todas las demás, pero con la imagen o el nombre de un/una famosillo/famosilla en la portada. Una obra de teatro experimental y que en circunstancias normales sería considerada un ladrillo. Un programa musical que pretende descubrir a cantantes de dudoso talento, haciéndoles vender millones de copias. Incluso un museo con ínfulas rompedoras y que al recorrerlo no evita uno la sensación de que le están timando (sí, sí, ése que ustedes están pensando), pero que se atorra de gente día sí y día también. Internet, mismamente, es una fuente de novedades inagotable a cuyas garras nos lanzamos sin paracaídas, y cuyo tiempo de vida efectivo es incluso más efímero que en el mundo de tres dimensiones.

Y conste que no me estoy refiriendo a los “geeks”, o piraos tecnológicos, entrañables seres sin solución a los que debemos agradecer, por lo menos, que nos separen el grano de la paja, sino de personas normales y corrientes (USTED mismo, por poner un ejemplo cercano) que ante el anuncio de “el último grito” nos lanzamos a corear las segundas voces con tal de no quedarnos atrás y, ya que nunca seremos los primeros (¿se dan cuenta de que nunca lo somos?), podamos tener, al menos, el placer de decirle al vecino: “¡Yo ya lo tengo!”, dejando implícito nuestro callado “¡… y tú no, ñañañañañaña!”. Posiblemente mañana o pasado ya arrumbaremos el elemento de discordia en la esquina que tengamos menos a mano, o lo coloquemos en el estante más alto del armario, o sobre la nevera, haciéndole compañía a la yogurtera, el cuchillo eléctrico y el palomitero que en su día arrancamos de las estanterías del Continglé. Posiblemente la semana que viene sea nuestro vecino el que venga ufano mostrándonos la última sensación publicitaria, aparecida en el enésimo intermedio del “Gran Hermano”. Posiblemente dentro de tres semanas ya nos la hayamos comprado para restregársela en la cara a los compañeros del trabajo. Y así, “ad eternum”.

Y es que somos seres humanos. Somos occidentales. Somos consumistas. Y nos gusta más una novedad que a un tonto un lápiz.

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